sábado, 1 de diciembre de 2007

LIBRE ALBENDRIO



El respeto por las diferencias de alguna manera conduce a que cada quien pueda actuar en lo que de verdad le interesa, en la construcción y consolidación del mundo o mundos que le son necesarios, suficientes y satisfactorios

VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA


El hombre de la modernidad recibió a manera de herencia de la Revolución Francesa, sin beneficio de inventario, el concepto de igualdad permanente entre los seres humanos. Identificado como paradigma excelso, todo se pensó alrededor de esa necesaria igualdad, en ánimo de que fuese posible la confraternidad en los mejores términos entre todos los seres racionales. Ser parte de esa igualdad, como algo irrefutable, desde la esencia misma del ser social. Si todos somos iguales, así se deben pensar las reglas sociales para que todos reclamen en las mismas condiciones, asuman iguales derechos y se comprometan a iguales deberes. Desde la libertad y pensando como elemento esencial de ella la igualdad, incluso, se consolidó el pensamiento de la democracia porque se trataba de tener gobiernos en que todos pudiesen participar en su conformación y manejo en condiciones que denominaron iguales. Las posibilidades censatarias que eran limitaciones reales al acceso al sufragio universal y al manejo del poder, se fueron desmontando poco a poco hasta alcanzar participaciones casi universales, desde lo teórico porque la realidad ha mostrado que ese ideal igualitario no pasa de allí y que a pesar de sus formulaciones como panacea de entendimiento y comprensión entre los hombres, pueden ser mucho mayores las dificultades que generen esos mismos comportamientos, porque una cosa es decir, filosofar y sostener que los seres humanos son iguales y otra bien diferente la factibilidad que bien puede hacer entender que para muchos el ser considerados iguales no es ningún favor. Una igualdad casi decretada, para quien todo es carencia, se convierte más en un atropello que en una consideración, porque no se trata solamente de nivelar por derechos, sino que eso conlleva indispensablemente la presencia de iguales obligaciones y todos pueden estar en condiciones de recibir igual, pero muy pocos pueden estar en orden a dar, a entregar lo mismo. Se puede hasta recibir por igual, pero no se puede cumplir con deberes en las mismas condiciones, porque cuando no se tiene, nada se puede dar. Han pasado más de doscientos años en el acatamiento por el criterio de igualdad, como esencia de lo que se debe ser al respeto por los demás, se ha consolidado y con su fundamento se han intentado muchos desarrollos del ser humano que, en varias ocasiones no han podido ofrecer los resultados esperados. Se ha tomado ello como axioma y por tanto, casi hasta discutir la certeza o no de dicho principio ha sido proscrito. Cada cual lo toma como algo que nace de todos. Algo que va pegado a su propia condición de ser humano y en lo que no debe haber concesiones de ninguna naturaleza, porque se estaría atentando contra un elemento fundamental del ser humano. Se ha consagrado la igualdad como derecho fundamental del hombre y en ese principio se tuvo el fundamento de batallas políticas, económicas y sociales de todo el siglo XIX y XX y seguimos en el siglo XXI. Sin detenerse en el análisis de su contenido universal, que en la medida en que se particularice se hace necesario entenderlo como una manera de afrontar el derecho de cada quien, sin que todos sean pares en medidas exactas. Era así, porque así se había dicho y hasta tomado como demostrado en esa gran fiesta del pensamiento y la acción que fue la Revolución Francesa, en la que se comenzaron modificando altas situaciones y se terminó en las nuevas concepciones de lo pequeño, pasando por guillotinar desde las más nobles cabezas hasta de quienes comenzaron siendo apenas el Tercer Estado. 
 
Con hecho y con expresiones se enseñó al mundo que todos éramos iguales y el mundo pensó que se había encontrado el modo esencial de poder convivir sin las angustias que dan las necesidades insatisfechas. Por encima de las elaboraciones del pensamiento, de la ley, de los principios, de los axiomas sociales, para el hombre lo que trasciende es la vida. Es una burla para una población decir que todos los ciudadanos son iguales ante la ley, si no lo son ante la vida. De nada sirva que la ley diga que todos los ecuatorianos tenemos derecho a una educación gratuita, cuando en la realidad son más quienes se quedan sin esa posibilidad e acceso a buen nivel de capacitación y formación, que quienes lo consiguen, en no pocas ocasiones, con enormes sacrificios de otros aspectos que no dejan de ser esenciales para una existencia digna. Por encima de esa igualdad formulada en lo positivo, se tiene que trabajar en todos los campos para conseguir una igualdad ante la vida, en la que el humano sienta que se le respeta en la condición que ostenta, sin hacerle entender que son otras las posibilidades que puede conseguir, cuando se construyen con fundamento en ideales que le terminan sonando simplemente como burlas. Lo que se logra en la vida puede ser una representación mucho más sólida como manera existencial, que en aquello que se contiene en numeraciones obligadas, a manera de mandatos no discutibles. Igualmente resultaría peligroso concluir entonces que las diferencias concretas entre los seres humanos en cuanto a poder, status, títulos, cargos, etc. constituyen variables secundarias que en nada afectan el goce de nuestra dignidad. Sin duda resulta reconfortante poder creer que nuestro valor como seres humanos y nuestra libertad interior no dependen de las contingencias externas, de la riqueza y del poder. Es necesario que se reformulen las relaciones entre los seres racionales, que se piense desde lo diferente y el indispensable respeto que ello debe merecer en todo momento, porque desde esas diferencias respetadas se puede construir lo nuevo, en un marco que contenga lo que es el ser social, no lo que se ha querido que sea. Una igualdad impuesta termina siendo un irrespeto. Un irrespeto acaba por ser una agresión. Una agresión es un elemento de ausencia de principios mínimos que garanticen una posibilidad de entendimiento con todos, pero sin pretender irrealidades. Hay que construir desde el respeto permanente las diferencias que existen entre los seres humanos y es un elemento de convivencia en que se tiene como principio el desarrollo social. Ser diferentes no puede ser estigma, ni mucho menos posicionamientos que hablen de quienes se ubican en tal o cual lugar, sino que ello viene a ser, por encima de todo, el ofrecer a cada quien la oportunidad vital en lo suyo, en lo que puede, en lo que debe, en lo que es capaz de construir. En la diferencia se tiene la posibilidad de lo propio de cada cual. Del respeto por esa factibilidad basada en la diferencia que se tiene ante los otros, nace una condición de convivencia que no entiende las exigencias de comportamientos mínimos a todos por igual, como si se pudiese serlo de verdad. Si la vida de todos se tiene como posibilidades de desarrollo de las relaciones que existen entre todos, cada quien dentro de lo que puede dar, hacer u obligarse sin dejar de responder a sus compromisos, puede entenderse que seamos diferentes, que no seamos iguales, pero que de todos modos podamos convivir con respeto y en la dignidad de cada quien, sin que nadie sienta que lo atropellan cuando le llaman igual, sabiendo que no se siente, ni vive, ni puede actuar como igual en un medio en el que no es igual a los demás porque la realidad puede mucho más que la teoría. 

 Cuando la vida en su ausencia de oportunidades iguales para todos, nos ha demostrado que no podemos seguir en el intento de construir un mundo de respeto partiendo de que somos iguales, el entender que el respeto por lo diferente, por lo que no es como yo, por lo que no es como somos algunos, bien puede ser un buen comienzo de una manera de convivir. En la medida del respeto por los otros que no son lo que somos, y que a lo mejor no pretenden ser lo que somos, porque su interés está en el ser como son, se puede comenzar el repensar de la sociedad, con unos lineamientos más claros en cuanto a las posibilidades vitales que se deben tener. No ser igual no es atentar contra lo que pretende el ser humano en general, es entender que así es la realidad, que así es la vida, que así es como debemos confrontar la existencia con quienes nos rodean o de alguna manera pueden ser afectados por lo que hacemos o dejemos de hacer. 
El respeto por las diferencias de alguna manera conduce a que cada quien pueda actuar en lo que de verdad le interesa, en la construcción y consolidación del mundo o mundos que le son necesarios, suficientes y satisfactorios, pero por andar buscando la igualdad entre todos, son muchos los que han terminado por hacer lo que no les corresponde, ni les gusta, ni les atrae, ni mucho menos les interesa. Y eso se tiene que hacer mal hecho. Y hacerlo mal es atentar contra los demás, porque se piensa de tal manera que apenas es el cumplimiento de un deber no deseado. Un mundo de respeto a lo que son los otros y como son, es la posibilidad de tener a cada quien en lo que es capaz y con el gusto de hacerlo bien hecho. Hacerlo así, ya es un comienzo de respeto por los demás.

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