domingo, 4 de septiembre de 2011

LA MUSICA Y LOS ESTADOS SUPERIORES DE CONCIENCIA


VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA
el colibri dorado



Cada mañana el pianista rumano Dinu Lipatti tocaba la coral de Bach, Y cada día ejecutaba esta pieza con mayor claridad y sencillez. Enfermo de leucemia dio su último concierto, en plena ejecución le fallaron las fuerzas y no pudo interpretar hasta el final el programa previsto. Se despidió con la coral, sin fuerza ya, tocó la pieza hasta la línea que dice: “Él es la fuerza de mi vida”. Los espectadores quedaron profundamente impresionados pero experimentaron una profunda calma interior, era como abrirse el cielo y todos se volvieron uno que partían junto con el Maestro que acaba de morir.

Si aprendemos a escuchar de vez en cuando una cantata de Bach, nos sumergimos en la música: dejamos que la música penetre en nuestros oídos, en nuestro corazón, en todo nuestro cuerpo renovándonos. Y esto nos ayudará a recogernos, y con frecuencia cada vez que escuchemos a Bach sentiremos una profunda quietud, más intensa y larga. Allí nos sentiremos protegidos por el misterio de la música penetrando con amor. La música nos sume en una profundidad que no siempre alcanzamos a través del silencio, ya que la música nos recoge y nos lleva a lo profundo, de esta suerte se eleva nuestros corazones y almas.

Para mí y para muchas personas la música es una importante senda hacia la quietud; nadie debería privarse de este camino, Otras personas pueden vincular la senda de la meditación en silencio con la música. La meditación en silencio las abre para la música; y, cuando después de meditar, escuchan música, la perciben con intensidad aún mayor.

Al final del día, muchas personas carecen de energía para leer algo o simplemente no les gusta. Tampoco son capaces de concentrarse cuando quieren calma: están demasiado cansadas para ello. Por lo que a menudo lo que hacen en sentarse frente al televisor con la esperanza de sosegarse. Pero ocurre lo contrario, la televisión produce stress con tantas imágenes que ni siquiera durante el sueño nocturno pueden desprenderse de ellas y más bien producen una sobrecarga de tensión que repercute en el organismo y provoca la aparición de enfermedades y anomalías patológicas que impiden el normal desarrollo y funcionamiento del cuerpo humano. Por ello es importante configurar una situación consciente para aprovechar con alegría las últimas horas del día. Esa posibilidad es elegir música con criterio y exponerse a ella. Cada cual tiene su música preferida e intuirá qué es lo que le conviene. Al elegir la música escuchamos nuestro interior para reconocer qué es lo que en este preciso momento puede hacernos bien.

Con frecuencia podemos escuchar una cantata de Bach, a veces un concierto de violín o piano de Mozart, una sinfonía de Beethoven, el vals de Strauss o la música de cámara de Vivaldi, para citar unos pocos. Así que aunque estemos molestos o enfadados, al escuchar la música, iremos cediendo y dando paso a un profundo anhelo de amor, tal como es la infinita belleza de la música clásica. En ocasiones, también es bueno poner a propósito música más difícil, como es la new age, cuyos efectos nos absorbe y nos lleva con sus ritmos a una profunda quietud. Con este tipo de música nos libera de todo lo demás y nos abandonamos por completo a escuchar. Entonces, la música pone orden en nuestra alma, serenándola.

MEDITACION CON MUSICA

Consiste en penetrar en lo audible, atravesarlo hasta alcanzar la realidad que se esconde tras los tonos y que, pese a ser en sí misma quietud, hace resonar todo y todo lo ordena con arreglo a criterios que en la música percibimos como intervalo y armonía. A todo esto, hay que procurar no interpretar la música o reflexionar sobre ella. Lo suyo es, más bien, prestarle una atención exenta de objetivos. La música exhorta al oyente a abandonarse por completo. No es válido que la gente ame la música sólo por los pensamientos que ésta le suscita mientras escucha. Se imaginan escenas maravillosas, bosques con árboles susurrantes o se ven a sí mismos cualquiera situación romántica. Esto puede resultar placentero, pero entonces no es la música de lo que disfrutan, sino de las asociaciones que ésta sugiere. El provecho y la alegría de escuchar música radica mucho más hondo: está en el amor a las melodías que por sí mismas producen un efecto, los estimulantes ritmos, la fascinación de la armonía da una abrumadora satisfacción. Por consiguiente no se trata de interpretar la música, sino de vivirla en razón de sí misma. Esto es lo que significa “Escuchar exenta de objetivos”. Y sólo esa clase de escucha nos permite alcanzar una profunda serenidad interior. En esta calma, las melodías o las palabras nos conmueven tan intensamente que podemos penetrar hasta el núcleo más íntimo de nuestra alma.

A primera vista parece contradictorio querer sosegarse escuchando música. Pero la música y la calma forman una unidad, pues en la música ya no oigo los distintos tonos, sino aquel que se expresa a través de ellos. Para mí, en último término, no se trata sólo del compositor, sino del universo mismo, ya que todos los tonos remiten a lo inaudible, al vínculo entre la música y la quietud de la siguiente manera: . Todo tono brota de la quietud y regresa a ella. Por medio de la serenidad interior que desencadena, el sonido armónico puede facilitarnos acceso a estados superiores del ser. En la antigüedad se entendía la música como el medio más propicio para entrar en relación con los dioses. 

Cuando escuchemos buena música y nos abandonemos a ella y a su mensaje, los tonos y las palabras nos introducen a nuestro propio ser. No se trata de juzgar la interpretación, sino sencillamente escuchar con todo el cuerpo y dejar que la música haga resonar todas las fibras de nuestro cuerpo y alma. Entonces escucharemos lo inaudible en los tonos musicales. Y cuando éste deje de sonar permaneceremos a la escucha de lo que experimentamos nosotros mismos en nuestra quietud, ya que la música nos ha conducido a esta indescriptible calma.



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