miércoles, 17 de marzo de 2010

INTELIGENCIA VERSUS CONFORMIDAD


 VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA

Si nos acostumbramos a ser inconformistas con las palabras, acabaremos siendo inconformistas con los hechos. Ambas actitudes son formas de libertad. Y la libertad no admite conformismo alguno. Vivir, para los humanos, sobre todo en nuestros tiempos, ha sido siempre una sucesión de conformismos, de aceptaciones y sumisiones y rutinas. Aceptamos los significantes y significados del lenguaje: aceptamos con él, sentidos, referencias y todo ese monótono universo de ecos que los medios de transmisión de imágenes, sonidos y letras codifican y propagan para que el humano no se desvíe del camino impuesto por la sociedad, donde se convierte en un objeto mecánico carentes de análisis y reflexión y decisión hacia nuevos cambios. 
La persona reflexiva en cambio aprovecha la abundancia que las comunicaciones ofrece, abriendo una extraordinaria posibilidad de enriquecimiento, de amplitud, fortalecimiento y libertad a través de nuevas sensaciones de satisfacción, eliminando los modelos preconcebidos e introduciendo nuevas relaciones de vida que nos den satisfacciones profundas. Puede suceder que por los intereses políticos, económicos, religiosos dominantes, pueden hacer que la inteligencia resbale por significaciones y perspectivas para embotarse y enajenarse y correr el riesgo de perder el equilibrio en sus acciones. Por ende el humano debe tener un estabilizador que impida los altibajos en su potencia creadora, y se transforme en un flujo constante por el gusto por la vida, en la satisfacción por la felicidad como un estado mental y así siempre emergerá de nosotros un sentimiento positivo, diferente al que nos tratan de asimilar o encasillar. 

Ser conformista es conformarse con lo que le dan, con lo que recibe, aceptando el enfoque ideológico que recibe tanto en la escuela, en el hogar, en el trabajo, en la calle, a través de los medios de comunicación, en la práctica de su religiosidad, donde el mensaje es la única norma común de su existencia, sin saber que más allá puede encontrar otro mundo diferente y en constante cambio y transformación que puede llevarlo a nuevos senderos de alegría. Conformarse es perder su propia forma de querer ser, para sumirse, liquidarse, sufrir en busca de alcanzar solo el bienestar material que le hace perder el bienestar de la felicidad, porque para este tipo de mentes el valor de los objetos está por encima del valor mental, por ende siempre aflorará y vivirán sumido en un sentimiento de descontento y por ende de desesperación y sufrimiento. Para no perder la sustancia más poderosa que tiene el humano que es la inteligencia y que hay que cultivarla todos los días, el mejor ejercicio de reflexión, de creatividad, de crear sueños y realidades que proporcione tanto placer y tantos valores es la lectura. 

La lectura puede ayudarnos a desenmascarar no sólo las verdades aparentes que un autor expone, sino también a descubrir la naturaleza secreta de la verdad. Esta última nunca se entrega ya lista al buscador, sino que él tiene que construirla con paciencia, perseverancia e imaginación. Escuchar a un maestro, aunque sea un maestro excelente, no habitúa a nuestra mente a trabajar por sí misma. El arte de pensar con independencia se nutre mejor que todo de la lectura, cuando estamos a solos con la intención del autor y nuestra interpretación. El lenguaje fue, como es sabido, lo que empezó a distinguir al animal humano de todos los otros animales próximos a él. Un lenguaje que, además de comunicación y comprensión, creó también sensibilidad, emociones, pasiones, desde el complejo de la realidad corporal. Pero las palabras fuente de abstracción y solidaridad, se fueron ciñéndola territorio de las primeras e inmediatas experiencias a lo que los ojos veían y las manos tocaban, condicionadas a la dureza de vivir, a la necesidad de sobrevivir. En un momento, sin embargo, de esa cultura de la realidad alguien pronunció con ritmo pausado. Y no eras las musas las que cataban sino el humano que decía esos versos, que nos harían emocionar con ellos y pensar, de paso, que las palabras solas no eran el origen de la emoción. 

Al no podernos conformar a ninguna experiencia pragmática, ese lenguaje nos enseñaba que escuchar, leer, interpretar se desplazaban ya a un dominio donde la naturaleza del “animal que habla” construía y afianzaba su posibilidad, su liberación, y en definitiva su humanidad. Basta haber sentido alguna vez, a través de la escritura, a nuestros clásicos, a los clásicos universales y al de todos los tiempos para entender que quiere decir tan sorprendente y extraña palabra. Suponemos que su clasicismo tiene que ver con una llamada de atención para que despertemos de las oscuras pesadillas diarias. En la etimología de clásico está tanto el significado “como el modelo”. Hay libros que superado al tiempo y de sobrenadar a todas las interpretaciones que sobre ellos se hagan, consisten, precisamente en hacer vivir, en incorporarse, desde la inalterable página de la escritura que la sostiene, al latido que es efímero, que es tiempo, pero un tiempo que, desde la aparente frialdad de páginas que superaron los siglos o los años adquirieron, por ello, una cierta forma de supervivencia que se encarna, de nuevo, en el cuerpo y en el aire que respira el lector. 
Tendríamos que agradecer a todos esos escritores que nos acompañan, en el siempre breve espacio de nuestra vida, el que nos hayan entregado sus palabras que construyen una humana manifestación de eternidad. Una eternidad que no promete otra existencia más allá de las fronteras de cada vida y que, en el gozo de leer, en las horas de lectura, nos deja esquivar las paredes del tiempo y acariciar en los silenciosos murmullos de las letras, las espaldas de una especie de inacabada amistad. En las letras de la literatura entra en nosotros un mundo que, sin su compañía jamás habríamos llegado a descubrir. Uno de los prodigios más asombrosos de la vida humana, de la vida de la cultura, lo constituye esa posibilidad de vivir otros mundos, de sentir otros sentimientos, de pensar otros pensares. La educación escolar es muy importante, desde luego, pero es principalmente un método de abrir el camino hacia la verdadera educación que adquirimos cuando estamos solos con un libro o una revista. Esto se ve con más claridad todavía cuando terminan nuestros escolares. En la época en que vivimos, cuando la ciencia hace a diario nuevos avances, cuando la comunicación tiene la capacidad potencial de ponernos al instante con todo el mundo, cuando los sucesos más distantes afectan a nuestro destino inmediato, nadie puede considerarse una persona realmente cultivada a menos que su aprendizaje continúe mucho más allá de las puertas de las aulas. 

Una de las grandes necesidades de nuestro tiempo es conservar la flexibilidad mental. La lectura nos ofrece una gran solución para esta gran necesidad. Hoy se escribe en varios elementos, el libro, el periódico o electrónicamente, hay unos que no tienen ningún valor, que distorsionan, y otros importantes con atinadas observaciones e ideas estimulantes, que nos anima a revaluar nuestro concepto y fortalecer nuestra imaginación. Las ciencias, la naturaleza, la aventura, el pensamiento interno, el arte, la cultura, la biografía son campos en los cuales nos ayuda a mantener nuestro estado de ánimo y nuestra concepción de la vida atenta y flexible.

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