domingo, 20 de noviembre de 2016

SOMOS EL UNIVERSO


VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA

Si estudiamos las leyes del universo y vivimos de acuerdo con ellas, aprenderemos de sus procesos y mediante nuestra experiencia adquirida viviremos en íntima relación con este infinito espacio y con la naturaleza. Así seremos uno con el cosmos y adquiriremos conciencia de nosotros mismos, gracias a que en el cuerpo físico crece nuestro cuerpo energético, y en éste último  evoluciona nuestro cuerpo espiritual, es decir el cuerpo de luz. En este proceso de transformaciones energéticas continuas, regresamos a nuestros orígenes y realizamos nuestra naturaleza intrínseca original, de la que la paz y la libertad son frutos naturales.

Un elemento esencial de este crecimiento espiritual es cultivar el sentimiento de pureza, de alegría de vivir y de asombro, recuperando y perfeccionando la emoción de la inocencia  de un niño pequeño. Ese niño virginal significa  la pureza, la inmortalidad y nuestro propio sentido de verdad interior como reflejo de nuestro origen espiritual.

La mala calidad de nuestras vidas y de la sociedad en su conjunto, se debe a la percepción de lo que somos o lo de tenemos, del sitio donde nos originamos y de lo que hacemos en la tierra. La calidad de nuestra vida, tal como lo vivimos, no refleja toda nuestra potencialidad. Hemos quedado atrapados en una forma de vida racional y material mediante la represión y la desconexión tendiendo siempre a perdernos en la culpabilidad y proyectando nuestras emociones negativas y queriendo buscar la verdad fuera de nuestro interior.

El estado de desconexión espiritual se ha agravado aún más por nuestras formas antinaturales de vivir, de movernos y de alimentarnos. La desconexión espiritual y la obsesión materialista están arraigadas en las bases de la sociedad moderna. Dado que nos hemos alejado de la inteligencia del universo, que es nuestra única fuente de verdadero conocimiento, nos hemos convertido en una nave espacial sin información externa, dependiendo de nuestra buena suerte y esperanzados en ella. Por lo tanto la mayoría de quienes habitamos la Tierra vivimos en un estado de hibernación, sin ser conscientes de que estamos atrapados en el pasado, temerosos de vernos a nosotros mismos y de percibir el lugar que ocupamos aquí y ahora.

Siendo este el estado predominante de la energía social, no es fácil escapar a él. Dado que la mayoría de las personas están resignadas a permanecer en este estado. Si se les preguntaría como se sienten  y como están, dirían –estamos bien- Sus vidas básicamente giran en torno a la alimentación, el sueño, el apareamiento, la seguridad y el poder. Si vieses un poco más allá y fuesen honestas consigo mismas, verían que son bastante infelices y sentirían el vacío en su interior. El profundo temor de ver este dolor y este vacío les impide darse cuenta de que han truncado gravemente su naturaleza divina.

Todos somos hijos del universo y por ende creados por la misma inteligencia, la misma sustancia sutil y las mismas leyes físicas y químicas que a cada instante transforma y expande el universo, convirtiéndonos espontáneamente en coautores de su proceso evolutivo. No somos hijos del universo y de su amor que nos dio la vida, sino que también somos sus padres y madres, y nuestro amor es correspondido de la forma en que se evoluciona.

Una vez que asumimos verdaderamente la responsabilidad de nosotros mismos, de nuestro origen espiritual y de nuestra misión en la vida, podemos comenzar a despertar de este estado de semiinconsciencia. Entonces adquiriremos conciencia de los miedos y de los mecanismos que hemos cultivado para evitar entrar en contacto con nuestro verdadero yo. Solo cuando tengamos el valor de mirar más allá de la superficie de nuestra conciencia ordinaria, seremos capaces de abrirnos y de transitar por la senda de la libertad y de la independencia espiritual.

Haciendo historia el período hippie y el New Age o Nueva Era podrían ser vistos como reacciones contra el materialismo. No obstante, mucho de sus seguidores de estos movimientos han caído en objetivos mundanos y materiales, es decir a un espiritualismo sin raíces, padeciendo los mismos miedos y usando una nueva salida de emergencia, en la que existe la misma dualidad entre el cielo y la tierra que ha caracterizado a la mayoría de las tradiciones religiosas y filosóficas dominantes.

Igualmente las personas que tienen este arraigo deficiente y una relación negativa con su cuerpo suelen enfrentarse a una cantidad de problemas relacionados con el sexo, el dinero, la salud, la autoestima y las relaciones interpersonales. Es común que padezcan inseguridad y que su relación con las realidades de la vida sea débil. Tienden a buscar maneras de eludir estas realidades, incluso su propia existencia física, de manera que experimentan una creciente desconexión entre su cuerpo, su mente y su espíritu. Estas personas comprenden que necesitan buscar la verdad dentro de sí mismas, ya que poseen el impulso interno. Sin embargo, esto les resulta difícil debido a la separación que han creado en su interior entre lo que está arriba y abajo, entre el cielo la tierra.

La búsqueda de la libertad muchas veces les vuelve prisioneros de su propia indagación, por ende están destinados a acabar tan desequilibrados como sus contrapartes materialistas. El intenso dolor que experimentan los empuja a seguir una ruta espiritual, libre de todo obstáculo. En estos casos el mismo ego se oculta tras una máscara espiritual. Cuando desviamos nuestra atención lejos de nuestro cuerpo, separamos la inteligencia de la materia. De esta forma el cuerpo se vuelve ignorante, dependiente y egoísta. Esto deshonra al Templo más sagrado del mundo.

Todos podemos contribuir a mejorar la calidad de vida de cada uno de nosotros y del  planeta, disolviendo la densidad y la separación entre nuestra mente y nuestra mentalidad social. El problema no solo se halla en el cuerpo sino también en la ausencia y en la negación de la comprensión del espíritu verdadero, infinito e insondable, y de la mente universal. La verdad se encuentra en una vida espiritual armoniosa, feliz y llena de luminosidad por nuestros actos en el que se incluye al cuerpo físico. Al fundir conscientemente el espíritu con el centro de la existencia espiritual, surge automáticamente una nueva calidad de vida.


martes, 25 de octubre de 2016

DECRETAR ES ENERGIA EN ACCION


VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA



Decretar es usar el poder de tu palabra para obtener los resultados que deseas. Es una afirmación verbal o mental que es emitida por una persona con la autoridad de saber que se cumplirá. Un decreto es una orden para el universo para que se cumpla de manera positiva y armoniosa o también puede ser negativa en contra de determinada persona o cosa.


El poder de la palabra es tan grande que muchas cosas que nos suceden se deben al uso de ella. Quienes se la pasan diciendo cosas negativas crean situaciones negativas, lo contrario de aquellos que hablan positivamente. Hay quienes dicen cosas como "La situación del país cada día está peor", "Este tráfico está terrible", "A mí nadie me quiere", “soy fea, por eso nadie se enamora de mí”, "Es que yo si soy de malas", "No hay que confiar", "La clase política es corrupta", etc. Al estar usando nuestra palabra para afirmar estas cosas les estamos dando mayor fuerza y estamos permitiendo que ellas existan y cada vez se manifiesten con mayor fuerza en forma negativa negando la posibilidad que sea favorable a la persona y a su entorno. Estas  formas de pensar y actuar se heredan anteriores generaciones, o por el sistema cultural en que se vive, donde el pesimismo era y es la regla por múltiples causas. La repetición de frases negativas va formando una fuerte creencia en nuestro subconsciente y hace que eso se convierta en realidad. Estas son las llamadas cristalizaciones, o convicciones negativas que hemos creado y sostenido con la palabra. Por ejemplo, a un niño se le puede decir continuamente "No salgas descalzo porque te enfermas". Si el niño, algún día llega a salir descalzo es seguro que se va a enfermar, entonces el papá y la mamá le van a decir "Si ves que era cierto, por salir descalzo te enfermaste." Sin embargo, ¿cuántos niños hay descalzos, sucios, que hasta comen tierra y viven sanos? Ellos han estado libres de esa repetición verbal. Todo lo que nos repitan se va cristalizando hasta que se convierte, para nosotros, en una realidad difícil de rechazar.


Recordemos nuevamente que el poder de las afirmaciones está íntimamente ligado al poder de las palabras, entonces los decretos son todas aquellas ideas que decimos y que producen efectos positivos o negativos en nuestro mundo. Son declaraciones que se escriben o repiten verbalmente en forma regular para ayudar a provocar un cambio en distintas áreas del individuo, por lo que tenemos que tener mucho cuidado en pensar algún suceso que queremos que se cumpla, por lo que es recomendable decreta siempre en positivo, ya que la palabra pronunciada o idealizada está creando situaciones.


ENERGIA


Las palabras tienen una energía propia. Hay palabras que son afirmaciones que construyen y otras que destruyen o nos mantienen indefinidamente en el estado o condición que deseamos cambiar o modificar, por lo que debemos concentrarnos en lo que genuinamente queremos que nos suceda. Es un trabajo al principio concreto y difícil, ya que debemos abandonar viejos hábitos y nos puede servir de herramienta para cambiar hábitos negativos y dar lugar a lo nuevo en nuestras vidas. Hay momentos en que sentimos que debemos dejar una afirmación o modificarla porque esa área ha cambiado, se ha transformado por pedido nuestro, ya que cuando hablamos, evocamos un pensamiento y le damos vida, haciendo audible lo que está oculto dentro de nosotros. 


PENSAR PARA HABLAR


Tenemos que saber utilizar el poder maravilloso de la Palabra, para que ella pueda alcanzar un objetivo cósmico, comunicando el orden y el equilibrio del Universo. El lenguaje revela lo que somos ya que encierra un propósito, que puede tener dos intenciones: benéfico, así como el lenguaje incorrecto puede crear una forma que tenga un objetivo maligno. Sin darnos cuenta, hablamos incesante e irresponsablemente día tras día, empleamos palabras; multiplicamos sonidos, y nos rodeamos de mundos de formas creadas por nosotros mismos. La palabra puesta en nuestra boca es un arma poderosa, por lo que es indispensable hacer buen uso de la palabra y tener un propósito positivo y lleno de valores.


LEY DE CAUSA Y EFECTO


El decretar pone en movimiento una causa y ésta trae una consecuencia, positiva o negativa, que dependerá de la causa puesta en movimiento. Por cada acción, existe una consecuencia, es decir entra a funcionar una de las siete leyes del universo que se denomina la ley de la causa y efecto: “Toda Causa tiene su efecto, todo efecto tiene su causa”, y también se conoce como Acción- Reacción. Esta ley funciona en todos los planos y trae a la realización todo lo que sembramos, tanto en pensamiento, palabra y acciones. Esto quiere decir que todo lo que hacemos pone en movimiento una causa y ésta trae una consecuencia, positiva o negativa, que marcará en muchas ocasiones nuestras vidas. No existe el azar, la buena suerte o la mala suerte, sólo resultados.


En conclusión siendo nuestras vidas un conjunto de consecuencias de nuestras acciones, del mismo modo, nuestro futuro dependerá de los caminos que elegimos recorrer hoy. Así, mantener una mentalidad optimista nos facilitará la elección de senderos de felicidad y paz, en pro de alcanzar nuestros sueños, ya que tenemos el control de nuestras vidas.





sábado, 1 de octubre de 2016

LA FUERZA Y PODER DE LOS RITOS


                                            VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA

Las religiones, sociedades y órdenes secretas e iniciáticas tienen base y apoyo sobre tres columnas fundamentales: la fe, que es la confianza en lo que cree o hace; los ritos que son ceremonias o costumbres que siempre se repiten de la misma forma, tienen un valor simbólico; y los símbolos sirven para representar, de alguna manera, una idea que puede percibirse a partir de los sentidos y que presenta rasgos vinculados a una convención aceptada. Como todo elemento de la vida social, estas instituciones evolucionan, pero los ritos y las ceremonias se mantienen inalterables, dando fijeza, permanencia, por lo cual no pueden pasar por alto ni abolirle, ya que gracias a su acción continua la creencia incorporándose al inconsciente. Por tanto de su simple adhesión momentánea, llega a convertirse en convicción sólida capaz de orientar la conducta. Por tanto, si se lo privara de los ritos, símbolos y reducida únicamente a la fe, ninguna de estas agrupaciones podrían ser duraderas y se disolverían con el transcurrir del tiempo. Por ello sus ritos deben ser rigurosamente observados y los símbolos bien definidos y concretos, y para efectuar estas ceremonias se necesitan de templos, donde el rito y el símbolo se vuelve visible y constituye elementos de adhesión a la causa.
 
Los ritos derivados de los dogmas adquieren poder, un poder superior a la misma doctrina, llegando incluso a ignorarse, pero los ritos se respetan siempre, y bajo la influencia de los ritos y símbolos que dominan las imaginaciones individuales, manteniendo la unidad de fe del grupo social. El rito crea imperiosas obligaciones como consecuencia del poder místico que se le atribuye.

La inmensa fuerza de los ritos les hacen sobrevivir largo tiempo a la creencia, ejemplo en la religión católica el bautismo, la primera comunión, el casamiento, el entierro, son observados todavía aun por personas desapegadas de toda creencia. Igual sucede con las fraternidades, el rito es inalterable lo que le da consistencia en su accionar, funciona a través de jerarquías y tiene su propia precedencia.

Ritos y símbolos presentan además grandes analogías en todos sus cultos. Esta semejanza es, sin duda, consecuencia de la inclinación del espíritu humano a emplazar concepciones dentro de los cuadros mentales, poco numerosos a los que los filósofos dan el nombre de categorías de entendimiento. Estos moldes del pensamiento condicionan la expresión de las cosas, limitan las posibilidades de las concepciones innovadoras del pensamiento y sobre todo de los ritos que las mantienen.

En todas las religiones los ritos coinciden, las semejanza en su funcionamiento y en sus ceremonias se parecen extraordinariamente a las que se efectuaban en los templos egipcios hace cuatro mil años. El lenguaje del espíritu místico no ha sido nunca variado. Y no solo sucede con las religiones sino con las fraternidades iniciáticas donde el rito y el símbolo toman un papel relevante de estabilidad y prestigio en las sociedades, llegan a adquirir poder y una reserva moral en la política de los pueblos.

Es común observar como en las fiestas nacionales, grandes conmemoraciones, las banderas, estandartes, estatuas, las pompas oficiales, las togas de los magistrados, el aparato de la justicia con sus simbólicas balanzas, son los más seguros sostenes de las tradiciones y de la comunidad, y de ese sentimiento constituye la fuerza de las naciones. Por ende tienen gran influencia en la conducta de todos sus habitantes.

De lo expuesto muestro sobre qué elementos psicológicos se edifican las concepciones dogmáticas y filosóficas que permiten presentir por qué se presentan ellas, bajo diversos aspectos de profundas analogías. 
     

lunes, 29 de agosto de 2016

LOS DIOSES Y LA PERPETUIDAD DEL HUMANO


VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA


La perpetuidad de los dioses en la historia bastaría para probar que ellos corresponden a necesidades del espíritu. Si la humanidad cambió algunas veces de divinidades, jamás vivió sin ellas. Antes de edificar palacios a los reyes y gobernantes, los humanos edificaron para sus dioses. La necesidad de la religión presenta el mismo carácter de permanencia que las otras aspiraciones fundamentales de su propia naturaleza.

Uno de los elementos esenciales de las religiones es el espíritu místico. Su papel en la génesis de las creencias religiosas  y políticas y aparece preponderante. Constituye la base de las creencias, porque todas poseen, entre sus caracteres  más  comunes,  el temor, la esperanza y la adoración a lo misterioso.

Sin duda el espíritu místico no podía proporcionar más que ilusorias respuestas a los problemas de la vida y del universo, pero condujo al humano hacia un camino nuevo que, después de muchos siglos de esfuerzos, les condujo al conocimiento que hoy vivimos.

No es el misticismo el único fundamento de las creencias religiosas, sino que éstas tienen también por sostenes elementos de orden afectivo. Entre ellos es preciso mencionar, sobre todo, el miedo, la esperanza y la necesidad de explicación. De todos estos sentimientos, es quizás el miedo el más influyente y creo que es el que produce el nacimiento de los dioses.
El temor del humano ante las fuerzas temibles de que se sentía envuelto, era tan natural como la esperanza de conciliar su protección por medio de plegarias y ofrendas. El miedo a las fuerzas naturales transformadas en divinidades más o menos semejantes a él y la esperanza de recibir sus favores fueron sentimientos universales en los pueblos. Todos se comportaron como más tarde los antiguos habitantes de América  que no conocían el caballo, al ver a los invasores españoles montados en ellos cargados con sus armas de fuego , los comenzaron a adorar como seres misteriosos y poderosos que vomitaban fuego.
La acción del miedo y de la esperanza no se observa solamente en las religiones sino también en las manifestaciones del pueblo como es la política como ente organizador de la sociedad. Sin el temor en el infierno y la esperanza de un paraíso, no hubieran podido establecerse las creencias en seres superiores que la masa los ha parido y elevado  a escaños superiores.

Como nacieron Júpiter, Apolo, Venus, Diana, Zeus, Dionisio  y toda la génesis de las leyendas mitológicas, y los otros dioses que subsisten hasta la actualidad? Ninguna ciencia podrá responder a esto, porque en estas ficciones ha intervenido un factor importante: la imaginación, independientemente de toda lógica intelectual. Unida a los sueños y visiones que son su cortejo, alteran completamente los hechos  y forman las creencias. Los relatos mitológicos se han formado como la mayor parte de las epopeyas, de las leyendas de todos los tiempos.

Tardaron varios siglos en constituirse por medio de adiciones, interpolaciones y alteraciones mentales,  perpetuadas por las tradiciones populares. Adquirieron una estabilidad muy grande y fueron el origen de complicados ritos rigurosamente observados por todas las civilizaciones que han poblado la tierra. Todas están llenas de leyendas fascinantes, de grandes epopeyas, producto de la imaginación y de la necesidad de explicar el papel que debe jugar los dioses en la vida y en la voluntad de las personas. No hay efecto sin causa y así fueron encadenándose a las leyes naturales y arrastrándose a suponer que detrás de cada fenómeno hay seres sobrenaturales invisibles bastante poderosos para manejar las situaciones y poder controlar de acuerdo a las prerrogativas y ofrendas. Fue así como todos los fenómenos de la naturaleza tuvieron sus deidades, los dioses conducían al sol para madurar las cosechas, lanzaban truenos para la lluvia y de esa manera fertilizar la tierra, o absorbían el viento de las tormentas en los mares para tranquilidad de los navegantes. Tales interpretaciones, no obstante han sido  de inmensa utilidad para la vida de la humanidad, que pese al desarrollo de la ciencia y tecnología, no se ha podido concebir otras formas, sino esperar los milagros para superar los obstáculos y continuar la vida.

Entre los factores  psicológicos que han alimentado la creencia en las religiones, precisa mencionar el deseo de revivir en otro mundo. Esta aspiración a la inmortalidad se manifiesta por todas partes a la sombra de los muertos sobrevivientes. Pero la existencia después de la muerte nos parecía envidiable. Cuenta Homero en la Odisea, que habiendo descendido Ulises a los infiernos para consultar a Tiresias se encontró con Aquiles, y trató de consolarle por su muerte “Tus consejos son vanos -respondió la sombra del guerrero-; mejor quisiera ser en la tierra esclavo del labrador más pobre, que reinar sobre el mundo entero de las sombras”.

Es el cristianismo la religión que más ha insistido sobre la vida futura. El paraíso y el infierno fueron los dos grandes elementos de su éxito. En nuestros días, esas concepciones han perdido consistencia y ya son consideradas como imaginarias. Pero el deseo de sobrevivir permanece intenso en el corazón de los humanos. En eso estriba la fuerza del espiritismo, que hace concebir a sus adeptos la esperanza de una nueva vida.

Al escarbar la inmortalidad y remontarnos a nuestros últimos orígenes, casi no encontramos  más que una serie de recuerdos, de ideas, por otra parte confusas y variables, relacionadas con el instinto mismo de vivir, solo tenemos un conjunto de hábitos, producto de nuestra sensibilidad y de reacciones conscientes e inconscientes de los fenómenos que nos rodean. En suma, el punto más fijo  de esa nebulosa es nuestra memoria.

Nos es indiferente que durante la eternidad nuestro cuerpo o su substancia conozca todas las dichas o todas las glorias, sufra las transformaciones más deliciosas y magnificas, se transforme en flor, perfume, belleza, claridad, éter, todo ello se hace en el espacio, en la luz y la vida, nos es igualmente indiferente que nuestra inteligencia se dilate hasta mezclarnos con la existencia de los mundos para comprenderla y dominarla. Estamos persuadidos de que todo eso no nos conmoverá, no nos causará ningún placer, de que no acontecerá nunca al menos que esa memoria de algunos hechos, casi siempre insignificantes, no nos acompañe y no sea testigo de edad dichas acciones imaginables.

Parece bien, por tanto, que se deba renunciar definitivamente a la halagüeña esperanza de conservar nuestra personalidad en  otros planos. Nosotros no la conservamos, porque desde el nacimiento hasta la muerte ella cambia constantemente. El único elemento de perpetuidad con que se puede contar, es la vida de nuestros descendientes. Ellos llevarán en sí, como lo llevamos nosotros, las sombras de nuestros antepasados. Esa inmortalidad aparece, desgraciadamente demasiado impersonal para que pueda interesarnos mucho. Por eso los creyentes ávidos de esperanza obran sabiamente, conservando los dioses que les ofrecerán una reconfortable vida futura individual.


lunes, 25 de julio de 2016

VALOR DE LAS CERTEZAS


VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA

Las creencias han jugado siempre un papel fundamental en la historia de la humanidad. El destino de un pueblo depende de las certezas que le guían. Evoluciones sociales, cambios estructurales,  revoluciones son la grandeza y decadencia de las civilizaciones, que se derivan de un pequeño número de creencias sostenidas como verdades. Ellas representan la adaptación de la mentalidad hereditaria de las razas a las necesidades de cada época.

Uno de los más peligrosos errores consiste en querer rechazar el pasado, la historia que han trazado los pueblos para alcanzar su evolución y poder. Las sombras de los antepasados siguen dominando nuestras almas y constituyen la parte fundamental de nosotros mismos y tejen la trama de nuestro destino. La vida de los muertos es más duradera que la de los vivos. Se trata de la sucesión de los seres o de la de las sociedades, el pasado engendra el presente.

Hoy la evolución de las nuevas generaciones se deja sentir fuertemente en  el desarrollo de las sociedades, ya que han visto atravesar horas sombrías y acumularse día tras día las ruinas materiales y morales, comprendiendo hacia que abismos les conducen las círculos dominantes  que se han apartado de lo ético y solo miran la acumulación de la riqueza y el poder. Hoy los cambios son acelerados, los pueblos que han sido  asimilados como rebaños por la manipulación de los medios de comunicación cuyos gestores son los representantes del dinero, se van revelando y quieren ser actores de cambios para construir una futuro de bienestar e igualdad de oportunidades.

En el poder de los países dominantes hay que destacar el papel que juega la disciplina, la energía y la voluntad, se comprende que nada es duradero o eterno, pero que si puede ser a largo tiempo aplicando una estructura mental disciplinada para alcanzar grandes objetivos a través de ciertas reglas universalmente respetadas y así lo demuestran  en la realidad, los países dominantes mientras que los subdesarrollados se destacan por el caos, la indisciplinada, el  irrespeto a los preceptos que rigen su sociedad lo que trae consigo atraso.

Una nación progresa o retrocede según el valor de las concepciones que la guían. La historia muestra en cada una de sus páginas cuantos desastres pueden llevar a los pueblos la aplicación de principios erróneos. Bastó que ciertas Estados se dejaran conducir por dos o tres ideas falsas para arruinar el país y perder todo lo que conquistaron. Los más sanguinarios conquistadores  fueron menos devastadores que las falsas ideas.

Ahora nos corresponde la tarea de modificar las ideas por medio de la palabra, por la pluma y la acción. Hay que intervenir en la vida pública y no olvidar que el progreso de los pueblos es obra de cada uno de sus habitantes y no de las élites  que buscan perpetuarse en el poder y manejar a las multitudes dirigiéndoles a la decadencia y a la perdida de una memoria colectiva de reflexión.  Tenemos que construir  una nueva mentalidad de renacimiento de la esperanza en las almas, de construir un nuevo estado del espíritu de la paz, alegría y felicidad plena en la convivencia armónica de los pueblos respetando la naturaleza, la ecología y su entorno.

Debemos construir  generaciones que no busquen dirigir la vida de los demás sino instituir reglas claras de respeto mutuo con certezas que conduzcan a las transformaciones profundas del ser humano en todos los planos, para ello hay que tomar en cuenta que el desarrollo de la humanidad posee verdades a su medida que se adaptan solamente a esa fase.

No es suficiente para progresar el deseo de obrar. Precisa ante todo, saber en qué dirección se obra. Según la orientación de sus esfuerzos el  humano  será el constructor o destructor. El papel del intelectual está precisamente en señalar el camino que hay que seguir.

Para comprender de qué modo de acción puede llegar a ser útil o nociva, precisa investigar bajo que influencias se forman las certezas que orientan y de qué manera se deshacen, eligiendo lo más importantes entre las verdades que han guiado a los pueblos  para intentar  construir su historia dramática grandiosa, llena de proezas y triunfos que vivifique a habitantes y sea ejemplo y despierte pasiones en el presente y futuro.

El ser humano moderno se encuentra desde la cuna la bienhechora ayuda de una civilización completamente constituida, con una moral con instituciones y con artes. Esta herencia no tiene más que gozar de lo que fue edificada al precio de una gigantesca labor y de eternas tentativas y comienzos. El construir ciudades, templos, monumentos, tecnología, literatura, artes, es la huella  de civilizaciones poderosas e intenta penetrar en los misterios de la vida que rigen al mundo. El humano siempre ha buscado sin tregua explicaciones a esos misterios. Jamás ha consentido ignorar la razón de las cosas. Su imaginación lo ha hecho encontrar siempre. El espíritu humano pasa fácilmente sin verdades, pero no puede vivir sin certezas.

¿Concepto de certeza?

La certeza es el conocimiento claro y seguro de algo. Quien tiene una certeza está convencido de que sabe algo sin posibilidad de equivocarse, aunque la certeza no implica veracidad o exactitud. Esto quiere decir que una persona puede afirmar que tiene una certeza y, sin embargo, la información que maneja es falsa o errónea.

Puede afirmarse que la certeza es la posesión de una verdad que se corresponde con el conocimiento perfecto. La conciencia de una certeza permite afirmar este conocimiento sin temor de duda y con confianza plena en la validez de la información.

La certeza, por lo tanto, se basa en una evidencia, o en lo que el sujeto toma como una evidencia de carácter irrefutable. Lo evidente del conocimiento posibilita la afirmación y la posesión de la verdad.

A lo largo de la Historia muchos son los estudiosos, filósofos y pensadores en general que han abordado la certeza en sí y también su similitud o su diferenciación respecto a lo que sería opinión. Entre aquellos se encuentran, por ejemplo, clásicos de la filosofía griega como Aristóteles y Platón que basaron sus ideas en pilares tales como el conocimiento, el entendimiento, la experiencia y los sentidos.

Por supuesto, tampoco habría que pasar por alto el papel que jugó el francés René Descartes, el padre de la filosofía moderna, en el análisis del término que nos ocupa. En su caso, él dio un giro a las ideas que se habían concebido al respecto hasta el momento y vino a dejar patente que la certeza no estaba basada en el conocimiento, como se había venido explicando, sino más bien en la conciencia que se tiene de que un hecho concreto es verdad.

Kant, Russell, Karl Kopper o Gödel fueron otros de los autores que también analizaron a fondo la veracidad trayendo consigo la contraposición de todo tipo de teorías acerca de la esencia, los pilares y los resultados que trae consigo aquella.

El concepto contrario a la certeza es la ignorancia: si se desconoce algo, no se puede tener ninguna certeza. El grado medio de conocimiento entre la certeza y la ignorancia es la duda (el sujeto cree que el conocimiento puede ser veraz pero no está en condiciones de afirmarlo).

La duda, por lo tanto, tiene lugar cuando existe una insuficiencia del conocimiento para tener la confianza sobre su certeza. El conocimiento, en definitiva, aparece como imperfecto y la persona no posee confianza absoluta en la verdad de sus proposiciones.


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