lunes, 25 de julio de 2016

VALOR DE LAS CERTEZAS


VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA

Las creencias han jugado siempre un papel fundamental en la historia de la humanidad. El destino de un pueblo depende de las certezas que le guían. Evoluciones sociales, cambios estructurales,  revoluciones son la grandeza y decadencia de las civilizaciones, que se derivan de un pequeño número de creencias sostenidas como verdades. Ellas representan la adaptación de la mentalidad hereditaria de las razas a las necesidades de cada época.

Uno de los más peligrosos errores consiste en querer rechazar el pasado, la historia que han trazado los pueblos para alcanzar su evolución y poder. Las sombras de los antepasados siguen dominando nuestras almas y constituyen la parte fundamental de nosotros mismos y tejen la trama de nuestro destino. La vida de los muertos es más duradera que la de los vivos. Se trata de la sucesión de los seres o de la de las sociedades, el pasado engendra el presente.

Hoy la evolución de las nuevas generaciones se deja sentir fuertemente en  el desarrollo de las sociedades, ya que han visto atravesar horas sombrías y acumularse día tras día las ruinas materiales y morales, comprendiendo hacia que abismos les conducen las círculos dominantes  que se han apartado de lo ético y solo miran la acumulación de la riqueza y el poder. Hoy los cambios son acelerados, los pueblos que han sido  asimilados como rebaños por la manipulación de los medios de comunicación cuyos gestores son los representantes del dinero, se van revelando y quieren ser actores de cambios para construir una futuro de bienestar e igualdad de oportunidades.

En el poder de los países dominantes hay que destacar el papel que juega la disciplina, la energía y la voluntad, se comprende que nada es duradero o eterno, pero que si puede ser a largo tiempo aplicando una estructura mental disciplinada para alcanzar grandes objetivos a través de ciertas reglas universalmente respetadas y así lo demuestran  en la realidad, los países dominantes mientras que los subdesarrollados se destacan por el caos, la indisciplinada, el  irrespeto a los preceptos que rigen su sociedad lo que trae consigo atraso.

Una nación progresa o retrocede según el valor de las concepciones que la guían. La historia muestra en cada una de sus páginas cuantos desastres pueden llevar a los pueblos la aplicación de principios erróneos. Bastó que ciertas Estados se dejaran conducir por dos o tres ideas falsas para arruinar el país y perder todo lo que conquistaron. Los más sanguinarios conquistadores  fueron menos devastadores que las falsas ideas.

Ahora nos corresponde la tarea de modificar las ideas por medio de la palabra, por la pluma y la acción. Hay que intervenir en la vida pública y no olvidar que el progreso de los pueblos es obra de cada uno de sus habitantes y no de las élites  que buscan perpetuarse en el poder y manejar a las multitudes dirigiéndoles a la decadencia y a la perdida de una memoria colectiva de reflexión.  Tenemos que construir  una nueva mentalidad de renacimiento de la esperanza en las almas, de construir un nuevo estado del espíritu de la paz, alegría y felicidad plena en la convivencia armónica de los pueblos respetando la naturaleza, la ecología y su entorno.

Debemos construir  generaciones que no busquen dirigir la vida de los demás sino instituir reglas claras de respeto mutuo con certezas que conduzcan a las transformaciones profundas del ser humano en todos los planos, para ello hay que tomar en cuenta que el desarrollo de la humanidad posee verdades a su medida que se adaptan solamente a esa fase.

No es suficiente para progresar el deseo de obrar. Precisa ante todo, saber en qué dirección se obra. Según la orientación de sus esfuerzos el  humano  será el constructor o destructor. El papel del intelectual está precisamente en señalar el camino que hay que seguir.

Para comprender de qué modo de acción puede llegar a ser útil o nociva, precisa investigar bajo que influencias se forman las certezas que orientan y de qué manera se deshacen, eligiendo lo más importantes entre las verdades que han guiado a los pueblos  para intentar  construir su historia dramática grandiosa, llena de proezas y triunfos que vivifique a habitantes y sea ejemplo y despierte pasiones en el presente y futuro.

El ser humano moderno se encuentra desde la cuna la bienhechora ayuda de una civilización completamente constituida, con una moral con instituciones y con artes. Esta herencia no tiene más que gozar de lo que fue edificada al precio de una gigantesca labor y de eternas tentativas y comienzos. El construir ciudades, templos, monumentos, tecnología, literatura, artes, es la huella  de civilizaciones poderosas e intenta penetrar en los misterios de la vida que rigen al mundo. El humano siempre ha buscado sin tregua explicaciones a esos misterios. Jamás ha consentido ignorar la razón de las cosas. Su imaginación lo ha hecho encontrar siempre. El espíritu humano pasa fácilmente sin verdades, pero no puede vivir sin certezas.

¿Concepto de certeza?

La certeza es el conocimiento claro y seguro de algo. Quien tiene una certeza está convencido de que sabe algo sin posibilidad de equivocarse, aunque la certeza no implica veracidad o exactitud. Esto quiere decir que una persona puede afirmar que tiene una certeza y, sin embargo, la información que maneja es falsa o errónea.

Puede afirmarse que la certeza es la posesión de una verdad que se corresponde con el conocimiento perfecto. La conciencia de una certeza permite afirmar este conocimiento sin temor de duda y con confianza plena en la validez de la información.

La certeza, por lo tanto, se basa en una evidencia, o en lo que el sujeto toma como una evidencia de carácter irrefutable. Lo evidente del conocimiento posibilita la afirmación y la posesión de la verdad.

A lo largo de la Historia muchos son los estudiosos, filósofos y pensadores en general que han abordado la certeza en sí y también su similitud o su diferenciación respecto a lo que sería opinión. Entre aquellos se encuentran, por ejemplo, clásicos de la filosofía griega como Aristóteles y Platón que basaron sus ideas en pilares tales como el conocimiento, el entendimiento, la experiencia y los sentidos.

Por supuesto, tampoco habría que pasar por alto el papel que jugó el francés René Descartes, el padre de la filosofía moderna, en el análisis del término que nos ocupa. En su caso, él dio un giro a las ideas que se habían concebido al respecto hasta el momento y vino a dejar patente que la certeza no estaba basada en el conocimiento, como se había venido explicando, sino más bien en la conciencia que se tiene de que un hecho concreto es verdad.

Kant, Russell, Karl Kopper o Gödel fueron otros de los autores que también analizaron a fondo la veracidad trayendo consigo la contraposición de todo tipo de teorías acerca de la esencia, los pilares y los resultados que trae consigo aquella.

El concepto contrario a la certeza es la ignorancia: si se desconoce algo, no se puede tener ninguna certeza. El grado medio de conocimiento entre la certeza y la ignorancia es la duda (el sujeto cree que el conocimiento puede ser veraz pero no está en condiciones de afirmarlo).

La duda, por lo tanto, tiene lugar cuando existe una insuficiencia del conocimiento para tener la confianza sobre su certeza. El conocimiento, en definitiva, aparece como imperfecto y la persona no posee confianza absoluta en la verdad de sus proposiciones.


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