martes, 2 de agosto de 2011

LA LECTURA Y SU PODER SANADOR



VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA


Comenzaré por una reflexión del gran Maestro de las letras Jorge Luis Borges que dijo: “De los diversos instrumentos inventados por el hombre, el más asombroso es el libro; todos los demás son extensiones de su cuerpo… Sólo el libro es una extensión de la imaginación y la memoria”. Por ello cuando pensamos en la lectura, lo primero que, por regla general, asociamos con ella es el estudio, la reflexión o la consideración del sentido de las palabras. Pero leer es mucho más. Al leer, nos sumergimos en otro mundo, Cuando leemos un texto, participamos de su visión del mundo, de su ambiente, de su fuerza. Al leer un texto hasta ahora desconocido, entramos en contacto con facetas de nuestra personalidad que, de otra forma no percibiríamos, estamos en las páginas representados muchas veces como actores.

Muchas personas experimentan la inmersión en otro mundo como saludable y sienten que la lectura les hace bien. Aunque no puedan realizar todo lo que leen, consideran positivo abandonarse a otros pensamientos. Este mundo de ideas relativiza el mundo en el que viven y les liberan de la presión a la que a menudo se ven sometidos en el mundo real. En el mundo de la lectura, las personas se experimentan a sí mismas de manera distinta y no es raro que se sientan protegidas, acogidas, interpeladas, conmovidas, valiosas y únicas. 

Desde hace algún tiempo se ha vuelto a cobrar conciencia del efecto sanador de la lectura. Es una ocasión Franz Kafka expresó de la siguiente manera la virtud terapéutica de los libros: “Un libro es el hacha para el mar congelado que hay en nosotros”. El texto nos pone en contacto con los sentimientos que ni siquiera percibimos porque se hallan sepultados bajo la capa de hielo del entumecimiento interior. Un texto puede abrir a base de golpes, cual hacha, agujeros en esa capa de hielo, a fin de que los sentimientos se descongelen y vuelvan a aflorar.

Ya en el antiguo Egipto se conocía la fuerza curativa de los libros: Los faraones escribían sobre la puerta de entrada a su biblioteca: “Psyches latreion, (sanatorio del alma)”. Esta inscripción puede encontrarse también en muchas bibliotecas conventuales, donde uno de los primeros pioneros de la biblioterapia fue el monje Benjamín Rush, quien en 1802 comenzó a reformar los hospitales estadounidenses por medio de la creación de bibliotecas. A sus ojos, la lectura era una importante ayuda para la psicoterapia. Ya que en muchos libros  veía una farmacia que contenía una importante medicina para cada enfermo anímico. Actualmente los más renombrados  psicoterapeuta eligen el texto más adecuado para cada paciente y luego comenta con éste las experiencias a las que da lugar dicho texto.

Leer puede fomentar las fuerzas de auto-ayuda de la persona y reactivar procesos de maduración interrumpidos. También se puede utilizar los libros con fines terapéuticos: El libro oportuno en el momento oportuno ha salvado a muchas personas de la depresión, la angustia y hasta del suicidio. En este sentido, el libro presta una auténtica ayuda para la vida y para la muerte.

Para mí la lectura, desde mi niñez,  fue siempre un camino hacia mí mismo. Teníamos en nuestro hogar la costumbre,  luego  de la cena, hacer una  sobremesa donde mi padre nos leía y nos hacía leer por capítulos a todos los hermanos las novelas de los grandes escritores como: Los viajes de Gulliver de  Jonathan Swift;  La isla del Tesoro de  Robert L.Stevensons;  Robinson Crusoe de Daniel Defoe; las aventuras de Tom Sawyer de Marck Twain; las novelas de Emilio Salgari; Querabán el Testarudo, Cinco semanas en el Globo, Viajes al centro de la tierra  de Julio Verne;  y muchos escritores más. Luego de la lectura,  comentábamos  entre todos lo que habíamos comprendido. Eran momentos de encanto que nunca nos perdíamos, y luego al acostarme soñaba con los relatos. Me convertía en el personaje, mi  mente fantaseaba, volaba y creaba imágenes, situaciones de magia , que luego en mi juventud  fueron un camino para  encontrarme conmigo mismo y con lo que me gustaba,  y con el paso de los años la lectura me transformo en un ser lleno de conocimiento, porque aprendí a reflexionar con quietud, equilibrio, en cada palabra encuentro la armonía del mensaje para aceptarlo o rechazarlo. Las lecturas para mí son el contrapunto a la retumbante realidad,  y desde  mi rincón preferido de lectura hallo la reflexión sobre los acontecimientos que vive el  mundo, en su constante transformación, vibración, cambios  en todos los géneros  de la vida, donde el humano interviene para bien o para mal. Así fue como adquirí la destreza de escribir con suma facilidad, y desde la edad de 17 años y por mucho tiempo mantuve una columna de opinión en el diario La Verdad de mi ciudad natal -Ibarra- Ecuador-. Luego en Quito en el diario La Hora, para después expandirme como colaborador en muchos periódicos y revistas del mundo.

Pero volviendo a la fascinación que ejerce el libro puedo afirmar  que cuando estamos con un libro estamos completamente solos, inmersos en la calma absoluta. Son instantes llenos de gracia que, al mismo tiempo, son actos de olvido y deslizamiento, una inmersión en las profundidades originarias de la psique.

Analizando el arte medieval, los pintores supieron descubrir el secreto del arte sanador y liberador de la lectura cuando representaban a María como mujer lectora. En muchas obras aparece María leyendo mientras el arcángel Gabriel le anuncia el nacimiento de su hijo. También en su huída a Egipto, montada en el burro, va leyendo un libro. Leyendo se sumerge en el mundo de su dios. Salta a la vista que la lectura, amén de capacitarla para entender lo que está ocurriendo con ella, priva de su poder al mundo hostil y amenazador, como cuando huía a Egipto. En medio de una atmósfera de violencia y odio, María lee para descubrir su centro y sentirse protegida y sostenida en el mundo de la lectura que, en último término, es el mundo de dios.

La lectura persigue mucho más que ahondar en el conocimiento. El lector debe descubrir el corazón de la palabra. En la palabra puede encontrarse a sí mismo. Hemos perdido la práctica de comprender la índole imaginativa de las palabras y ver como cada palabra tiene una referencia, un misterio de nuestra propia vida y las relaciones con otras y así las palabras se interpretan mutuamente.

También a través de la lectura meditamos, dejamos caer las palabras de la cabeza al corazón. Allí todos los sentidos están involucrados y las palabras experimentan resonancia emocional que nos hace degustar su sabor agradable, dulce.

En la meditación las palabras adheridas a nuestro corazón penetra cada vez más dentro de nuestro ser y percibimos la realidad de ¿cómo nos sentimos? ¿Quién soy yo en tal o cual caso? ¿Cómo experimento los conflictos que estallan a mi alrededor? Es importante entender las palabras ya que experimentamos la huella que el escritor ha impreso en nuestro corazón como lección a la vida.

El leer es una contemplación en el más puro silencio, donde lo leído se traduce en meditación, en que las palabras nos conducen al misterio silente, para descubrir el fondo oculto de las cosas y sentirnos unidos a todo lo existente, ya que la luz de la visión se abre en el fondo del corazón, dilatándose y elevándose por encima del universo. Y así podemos describir las imágenes que nos produzca el deleite que se convierta en divino, ya que posee poderes, fuerzas, energías, leyes o verdades que son universales y que trascienden las capacidades humanas.

Queridos lectores me gustaría invitarte a probar una vez este método, aun cuando sea un tanto insólito. No te dejes disuadir por el hecho de que, al leer, normalmente empezamos de inmediato a reflexionar y a hacer intervenir a la razón. Escoge un libro. Toma asiento con calma e imagínate que el personaje central de la trama de la obra está sentado junto a ti, se dirige a ti de una manera personal, te conectas con sus palabras y se disparará automáticamente tu razón crítica, preguntando si estas palabras proceden de la realidad o si han sido compuestas por la imaginación del escritor. Ahora, en este instante, me limito a escoger las palabras tal como son. Hago como si fueran ciertas. Sigue con la lectura y cuando una frase o una palabra te llame la atención, detente y deja que te llegue al corazón. Repítela serenamente, intenta sentir y gustar su misterio, pregúntate que significará esa palabra o frase. Permítelo que esa palabra o frase entre a tu corazón hasta que la atención te relaje. Sigue leyendo con parsimonia, dejando que las palabras te lleguen al corazón. Confía en el ritmo de tu corazón. No tienes porque avanzar mucho en el texto. Proponte tan sólo confrontarte con él veinte minutos. Luego, puedes poner a un lado el libro y limitarte a escuchar a tu interior. Ya no necesitas repetir las palabras. Permanece quieto sencillamente en presencia del contenido del texto. Quizá vislumbres algo de lo que supone la contemplación. Leer te ha serenado. Las palabras te han abierto la puerta al misterio silente, ahora estás contigo mismo, sin palabras, sin imágenes, sin ideas. Estás ahí sin más, totalmente contigo mismo, lleno de ti mismo. Te has identificado con el potencial  de las palabras que llevas dentro de ti. Es suficiente. Eso te transforma a ti y transforma tu discurso y tu acción, por eso estoy de acuerdo con lo que dice André Maurois: “La lectura de un buen libro es un diálogo incesante en que el libro habla y el alma contesta”. 


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