domingo, 20 de noviembre de 2011

LA MEMORIA DEL AMOR


VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA

El amor es un suceso temporal, porque el amor pasa. Se suceden las etapas más o menos apasionadas, las rupturas, los encuentros… Pero el amor supone también un desafío a la eternidad, porque quiere ser vivido al margen del tiempo, esperando que sea absoluto, definitivo, completo. Así, cada vez que amamos, nos escabullimos del tiempo para adentrarnos en una eternidad posible. El amor y la pasión ignoran el tiempo. El que ama vive conjugando un rabioso presente y una inconsciente eternidad. Si hablamos de la pasión, todas estas características se agudizan. El amor perdido crea una eternidad que tiende al pasado. Manifiesta su existencia en cuanto que esa eternidad tienda a desdibujarse. Se provoca, en ese momento, una fuga del fluir temporal, donde los acontecimientos que pasan a reposar en el pasado, se desvinculan de la actualidad y tienden a la desintegración, al olvido. La memoria humana lucha por evitar esa opacidad de lo vivido que ya no está.

Rescatar el pasado para prestar su intensidad al presente ha sido una empresa constante de los humanos. Si esta idea se circunscribe a un ámbito personal, reconozcamos que la mera actualidad puede ser vivida de manera desinteresada y ajena. El futuro, indescifrable, no nos penetra. El pasado, en cambio, es una región conocida pero todavía fecunda y, por la propia naturaleza indagatoria del humano, nunca abandonada.

Para que fuese posible vivir del amor, hay que provocar lo que puede llamarse una fuga del tiempo. Aislado de su contexto, cristalizado por el poderoso flujo del suceso que ya no forma parte sólo del pasado. Éste se constituye como un germen de lo que sucede contemporáneamente y da sentido completo a la vida. Así, el pasado ya no es "lo pasado", porque pierde su apariencia fantasmal y reivindica su actualidad. Extraído de ese panorama olvidado, siempre pendiente de ser enajenado por la memoria que le insufla una realidad extratemporal.

La vía de la memoria se convierte en el instrumento para crear una erótica del tiempo, una recuperación de sensaciones pasadas, que no pretende sólo una recreación, sino que trata de hacer que placer y memoria se igualen. Un ejemplo de ello es la invocación de una sensación pasada, que debe despertar la memoria del cuerpo, los labios, la piel… que son los que podemos recordar. El cuerpo parece tener capacidad cognoscitiva, al menos en la esfera sensual, indeleble. El cuerpo siente, pero también piensa, recuerda… el cuerpo sabe. Equivalencias similares las hallamos donde la memoria acapara la erótica más espléndida de nuestro ser, y así estamos dando un nuevo giro en la elucubración por el tiempo y la memoria o para la vida, memoria y placer se aúnan en un todo. El placer es la memoria y la memoria la auténtica vida de todos.


A veces, la memoria no necesita un catálogo completo de experiencias. Lo pasajero, lo fugaz, crea todo un universo de sensaciones. Basta un instante mínimo, quizá furtivo y veloz para quedar patentado en nuestras vidas. La atracción no necesita ningún otro estímulo. La mirada sólo necesita la confrontación con lo bello, pese a la parquedad temporal del encuentro. En cierta forma, podríamos hablar de una erótica esencialista, donde la intensidad priva sobre cualquier otro aspecto. Las fórmulas de los antiguos magos greco-sirios, nos piden volver a la dorada juventud junto a su amante, la a belleza, al amor, aunque sólo fuese durante una hora. Yo pido la eternidad que dura lo que la pasión. Esta eternidad es creada con los estímulos de la memoria y la riqueza de las sensaciones que su renovación nunca agota.

Señalemos que ante los embates y desazones del tiempo nos queda sólo la memoria. El dolor y la vejez desaparecen, aunque sólo sea por un instante, pero el agotamiento que es la vida que sólo puede soportarse si nos acercamos a lo que nos supera. Les invito a rebasar los límites del conocimiento, estableciendo nuevos órdenes entre palabras y cosas, utilizando la múltiple variedad de herramientas que proporciona la experiencia humana, como son vivir de momentos pequeños, miradas, divagaciones solitarias. 

Así conseguiremos que pasado y presente, excluidos del tiempo, se confundan en nuestros cuerpos y se fundan. Hay que templar al ser amado en la memoria, consiguiendo su renovación, mediante una elocuencia de los cuerpos que sobrepasa el tiempo.

domingo, 9 de octubre de 2011

SIMPLES ACCIONES PARA LIBERARNOS


VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA

Ha visto usted lector en las entregas anteriores como de las acciones más sencillas de contemplación podemos construir nuestro camino interior que nos conducirá hacia la quietud interior, hacia la libertad respeto del ego. Es decir a la liberación del hechizo del yo que todavía se esfuerza por alcanzar un relativo éxito que propicie la dependencia del aplauso para estimular su vanidad.

Nuestra vida se compone de la cotidianidad que nos impone la sociedad. El ir a comprar a la tienda más cercana puede significar una pérdida de tiempo por su repetición y por su forma mecánica de ejecutarse. Pero si en ese camino lo encuentra como personal, lleno del sentido de lo humano, donde pone su interior en orden y se renueva desde su esencia, ha cumplido su objetivo de cambio, porque su actitud y la perspectiva s fueron las adecuadas.

Los múltiples caminos que atravesamos y que se enfila en la vida diaria, como es ir hacer las compras, ir al trabajo, ir hacer los pagos, retirar a sus familias, o cualquier otra acción cotidiana, hoy se recorre a toda prisa y mecánicamente, por eso nos llega a hostigar todo lo que hacemos, es como una carga y comenzamos a caernos tedioso a nosotros mismo de lo que estamos haciendo, porque nos sentimos obligamos a ejecutar de esa forma. Por el contrario, realizamos lo mismo con recogimiento interior lo que de todas formas vamos hacer, allí tendremos la capacidad de percibir toda nuestra quietud interior. Así mismo es cierto que, cuando caminamos conscientemente, los numerosos paseos de la vida diaria nos conducen al orden y la calma interior.


Por eso es recomendable utilizar a modo de ejercicio sencillas tareas cotidianas como, por ejemplo, barrer, planchar, lavar, cortas el césped del jardín, cocinar, cuidar de nuestras mascotas, sacar a pasear al perro. Precisamente esas tareas que para algunas personas pueden ser desagradables pueden convertirse de este modo en un camino hacia la serenidad interior. Cuando limpiamos y arreglamos nuestro dormitorio, nuestro rincón predilecto en la casa, nos olvidamos por completo de nosotros mismo. Entonces, no sólo ordenamos la parte externa, sino que también la interna de nuestra propia existencia. Sin embargo, lo importante en todo ello es la actitud interior que asumamos.

Cuando nos abandonamos del todo a la actividad que estamos realizando, sin pensar mucho, la simple repetición nos llevará a la quietud. Con todo, al considerar lo cotidiano como ejercicio, el objetivo no es sólo encontrar sosiego.Lo que interesa es, en último término, la liberación respecto al ego. Tal es el verdadero camino hacia la quietud, pues el ego siempre está reclamando algo. El objetivo del camino es aproximarse a la esencia interior. La característica como “poner la vida al servicio del ser”. La esencia, el ser, debe salir en nosotros la luz. El yo, que fanfarronea sin cesar, no debe seguir cerrando el paso a dicha esencia: El ejercicio es el camino interior, es por encima de todo, un ejercicio de abrirse a la esencia experimentable de la interioridad, esencia desde la que habla y nos llama el ser.

Para algunas personas, correr es un buen camino hacia la quietud. Sin embargo, lo importante es cómo corremos. Si cada día nos proponemos correr más y más rápido, estamos todo el tiempo corriendo bajo presión. Pero si nos abandonamos sencillamente a correr, la carrera puede liberarnos de todo lo que nos intranquiliza. Podemos combinar el movimiento uniforme con una palabra meditativa o abandonarnos sin más al movimiento. Eso suscita en el interior de nosotros una cadencia interior que nos sosiega. Olvidarse de uno mismo nos libera de cavilaciones. En vez de preocuparnos de los kilómetros que corremos, nos sumergimos en el hecho de correr, y así disfrutamos de la naturaleza que nos rodea, del sol que despunta, del viento, de la fresca fragancia que emite la naturaleza, del olor del bosque, de las praderas, de los campos cultivados. Fundimos la naturaleza con nuestra carrera, con nosotros mismo.

Ahora que estamos en la etapa de transportarnos en forma limpia, el ciclismo viene a ser el mejor modo de dejar en nuestras casas los vehículos motorizados que contaminan e impulsar la bicicleta como parte integral de la movilidad urbana, y de mejoramiento de la salud a través de esta actividad física, es un buen camino para serenarse. Aquí se trata una y otra vez de los mismos movimientos, que acontecen de manera casi mecánica. Abandonarnos a estos movimientos regulares nos infunde calma. Montar en bicicleta puede convertirse, en verdad, en símbolo de la vida plena. Precisamente cuando el camino se empina y he de pedalear con esfuerzo, puedo ver ahí una imagen de todas las montañas interiores y exteriores que debo superar en mi vida diaria. Es necesaria la perseverancia para seguir adelante cuando entro en crisis, cuando todo se me pone cuesta arriba. Este trayecto diario que podemos hacer en este vehículo puede ser una metáfora de nuestra vida, ya que vamos superándonos a nosotros mismos haciendo frente a las dificultades, fortaleciéndonos, luchando y triunfando al llegar a nuestra meta impuesta.

 
La jardinería es otra forma de tranquilizarnos. Remover en forma rítmica la tierra del jardín tranquiliza. Precisamente cuando entramos en contacto con la tierra podemos dejar a un lado nuestros pensamientos, siempre inquietos, en vez de ello, me percibo a mí mismo en mi interior. Trabajar la tierra me pone en contacto conmigo mismo, con mi cuerpo. Percibirme a mí mismo me transmite calma y quietud. Muchas personas buscan calma en los monasterios, en las oraciones, en largos paseos, pero muchos eligen de propósito el trabajo en el jardín o la huerta. El sencillo trabajo de jardinería, les ayuda a serenarse, el contacto con la tierra les hace bien. Para quienes padecen desasosiego neurótico o estados de depresión, el trabajo con la tierra es saludable. La tierra ayuda a mantener los pies en el suelo. Por esta expectativa de trabajar con la tierra, tengo mucho cariño por la figura del campesino, del labrador del campo como figura de nuestra vida, que en sus tareas suelta la semilla. Una parte de la semilla cae en el camino estéril que puede significar nuestros fracasos, y otra parte cae el suelo fértil, donde da el fruto de la abundancia de nuestros logros. El cultivo también es otra metáfora de la vida humana. El humano es como reino de las plantas: de noche se acuesta, de día se levanta, y la semilla germina y crece sin que él sepa cómo. La tierra por sí misma produce el fruto: primero la semilla, luego crece el tallo, después explota la flor, luego aparece fruto. Es un símil de nuestros días. En el campo del alma, crece sin que nos demos cuenta el fruto de nuestro cambio.

Otras optan por una actividad más enérgica, como, por ejemplo, partir leña o serrar madera con ritmo regular. Así, pueden descargar tensiones internas y agresividad. Estas actividades fatigan, pero cuando se siente exhausto, cansado allí ahuyenta el desasosiego y produce en su interior un efecto relajante y tranquilizador derivado de la regularidad del trabajo hecho. Otro ejemplo es barrer cuidadosamente con movimientos que se repiten una y otra vez hace bien al alma. Ese quehacer exterior es símbolo del quehacer interno. Barro toda la suciedad fuera de mí, me limpio de todo el polvo que se ha acumulado en mí y se ha posado sobre mi alma. Así toda la tarea exterior, cuando la realizo con esmero y atención puede convertirse en un camino hacia la quietud.

Allí les ofrezco la puerta y al atravesarlo descubrirán un nuevo camino hacía sí mismos y encontrarán la llave de sus corazones. Así todo lo que hacemos y observemos puede convertirse en figura de nuestro camino interior, del de la transformación, como una imagen que se fije en nuestro espíritu hasta que penetre el cambio cada vez más profundamente en el núcleo más íntimo de nuestro ser. Tengamos el valor de enfrentarnos con nuestra propia verdad para recorrer el camino hacia la quietud. Sólo así podremos encontrar ese camino a la serenidad interior.

domingo, 4 de septiembre de 2011

LA MUSICA Y LOS ESTADOS SUPERIORES DE CONCIENCIA


VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA
el colibri dorado



Cada mañana el pianista rumano Dinu Lipatti tocaba la coral de Bach, Y cada día ejecutaba esta pieza con mayor claridad y sencillez. Enfermo de leucemia dio su último concierto, en plena ejecución le fallaron las fuerzas y no pudo interpretar hasta el final el programa previsto. Se despidió con la coral, sin fuerza ya, tocó la pieza hasta la línea que dice: “Él es la fuerza de mi vida”. Los espectadores quedaron profundamente impresionados pero experimentaron una profunda calma interior, era como abrirse el cielo y todos se volvieron uno que partían junto con el Maestro que acaba de morir.

Si aprendemos a escuchar de vez en cuando una cantata de Bach, nos sumergimos en la música: dejamos que la música penetre en nuestros oídos, en nuestro corazón, en todo nuestro cuerpo renovándonos. Y esto nos ayudará a recogernos, y con frecuencia cada vez que escuchemos a Bach sentiremos una profunda quietud, más intensa y larga. Allí nos sentiremos protegidos por el misterio de la música penetrando con amor. La música nos sume en una profundidad que no siempre alcanzamos a través del silencio, ya que la música nos recoge y nos lleva a lo profundo, de esta suerte se eleva nuestros corazones y almas.

Para mí y para muchas personas la música es una importante senda hacia la quietud; nadie debería privarse de este camino, Otras personas pueden vincular la senda de la meditación en silencio con la música. La meditación en silencio las abre para la música; y, cuando después de meditar, escuchan música, la perciben con intensidad aún mayor.

Al final del día, muchas personas carecen de energía para leer algo o simplemente no les gusta. Tampoco son capaces de concentrarse cuando quieren calma: están demasiado cansadas para ello. Por lo que a menudo lo que hacen en sentarse frente al televisor con la esperanza de sosegarse. Pero ocurre lo contrario, la televisión produce stress con tantas imágenes que ni siquiera durante el sueño nocturno pueden desprenderse de ellas y más bien producen una sobrecarga de tensión que repercute en el organismo y provoca la aparición de enfermedades y anomalías patológicas que impiden el normal desarrollo y funcionamiento del cuerpo humano. Por ello es importante configurar una situación consciente para aprovechar con alegría las últimas horas del día. Esa posibilidad es elegir música con criterio y exponerse a ella. Cada cual tiene su música preferida e intuirá qué es lo que le conviene. Al elegir la música escuchamos nuestro interior para reconocer qué es lo que en este preciso momento puede hacernos bien.

Con frecuencia podemos escuchar una cantata de Bach, a veces un concierto de violín o piano de Mozart, una sinfonía de Beethoven, el vals de Strauss o la música de cámara de Vivaldi, para citar unos pocos. Así que aunque estemos molestos o enfadados, al escuchar la música, iremos cediendo y dando paso a un profundo anhelo de amor, tal como es la infinita belleza de la música clásica. En ocasiones, también es bueno poner a propósito música más difícil, como es la new age, cuyos efectos nos absorbe y nos lleva con sus ritmos a una profunda quietud. Con este tipo de música nos libera de todo lo demás y nos abandonamos por completo a escuchar. Entonces, la música pone orden en nuestra alma, serenándola.

MEDITACION CON MUSICA

Consiste en penetrar en lo audible, atravesarlo hasta alcanzar la realidad que se esconde tras los tonos y que, pese a ser en sí misma quietud, hace resonar todo y todo lo ordena con arreglo a criterios que en la música percibimos como intervalo y armonía. A todo esto, hay que procurar no interpretar la música o reflexionar sobre ella. Lo suyo es, más bien, prestarle una atención exenta de objetivos. La música exhorta al oyente a abandonarse por completo. No es válido que la gente ame la música sólo por los pensamientos que ésta le suscita mientras escucha. Se imaginan escenas maravillosas, bosques con árboles susurrantes o se ven a sí mismos cualquiera situación romántica. Esto puede resultar placentero, pero entonces no es la música de lo que disfrutan, sino de las asociaciones que ésta sugiere. El provecho y la alegría de escuchar música radica mucho más hondo: está en el amor a las melodías que por sí mismas producen un efecto, los estimulantes ritmos, la fascinación de la armonía da una abrumadora satisfacción. Por consiguiente no se trata de interpretar la música, sino de vivirla en razón de sí misma. Esto es lo que significa “Escuchar exenta de objetivos”. Y sólo esa clase de escucha nos permite alcanzar una profunda serenidad interior. En esta calma, las melodías o las palabras nos conmueven tan intensamente que podemos penetrar hasta el núcleo más íntimo de nuestra alma.

A primera vista parece contradictorio querer sosegarse escuchando música. Pero la música y la calma forman una unidad, pues en la música ya no oigo los distintos tonos, sino aquel que se expresa a través de ellos. Para mí, en último término, no se trata sólo del compositor, sino del universo mismo, ya que todos los tonos remiten a lo inaudible, al vínculo entre la música y la quietud de la siguiente manera: . Todo tono brota de la quietud y regresa a ella. Por medio de la serenidad interior que desencadena, el sonido armónico puede facilitarnos acceso a estados superiores del ser. En la antigüedad se entendía la música como el medio más propicio para entrar en relación con los dioses. 

Cuando escuchemos buena música y nos abandonemos a ella y a su mensaje, los tonos y las palabras nos introducen a nuestro propio ser. No se trata de juzgar la interpretación, sino sencillamente escuchar con todo el cuerpo y dejar que la música haga resonar todas las fibras de nuestro cuerpo y alma. Entonces escucharemos lo inaudible en los tonos musicales. Y cuando éste deje de sonar permaneceremos a la escucha de lo que experimentamos nosotros mismos en nuestra quietud, ya que la música nos ha conducido a esta indescriptible calma.



martes, 2 de agosto de 2011

LA LECTURA Y SU PODER SANADOR



VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA


Comenzaré por una reflexión del gran Maestro de las letras Jorge Luis Borges que dijo: “De los diversos instrumentos inventados por el hombre, el más asombroso es el libro; todos los demás son extensiones de su cuerpo… Sólo el libro es una extensión de la imaginación y la memoria”. Por ello cuando pensamos en la lectura, lo primero que, por regla general, asociamos con ella es el estudio, la reflexión o la consideración del sentido de las palabras. Pero leer es mucho más. Al leer, nos sumergimos en otro mundo, Cuando leemos un texto, participamos de su visión del mundo, de su ambiente, de su fuerza. Al leer un texto hasta ahora desconocido, entramos en contacto con facetas de nuestra personalidad que, de otra forma no percibiríamos, estamos en las páginas representados muchas veces como actores.

Muchas personas experimentan la inmersión en otro mundo como saludable y sienten que la lectura les hace bien. Aunque no puedan realizar todo lo que leen, consideran positivo abandonarse a otros pensamientos. Este mundo de ideas relativiza el mundo en el que viven y les liberan de la presión a la que a menudo se ven sometidos en el mundo real. En el mundo de la lectura, las personas se experimentan a sí mismas de manera distinta y no es raro que se sientan protegidas, acogidas, interpeladas, conmovidas, valiosas y únicas. 

Desde hace algún tiempo se ha vuelto a cobrar conciencia del efecto sanador de la lectura. Es una ocasión Franz Kafka expresó de la siguiente manera la virtud terapéutica de los libros: “Un libro es el hacha para el mar congelado que hay en nosotros”. El texto nos pone en contacto con los sentimientos que ni siquiera percibimos porque se hallan sepultados bajo la capa de hielo del entumecimiento interior. Un texto puede abrir a base de golpes, cual hacha, agujeros en esa capa de hielo, a fin de que los sentimientos se descongelen y vuelvan a aflorar.

Ya en el antiguo Egipto se conocía la fuerza curativa de los libros: Los faraones escribían sobre la puerta de entrada a su biblioteca: “Psyches latreion, (sanatorio del alma)”. Esta inscripción puede encontrarse también en muchas bibliotecas conventuales, donde uno de los primeros pioneros de la biblioterapia fue el monje Benjamín Rush, quien en 1802 comenzó a reformar los hospitales estadounidenses por medio de la creación de bibliotecas. A sus ojos, la lectura era una importante ayuda para la psicoterapia. Ya que en muchos libros  veía una farmacia que contenía una importante medicina para cada enfermo anímico. Actualmente los más renombrados  psicoterapeuta eligen el texto más adecuado para cada paciente y luego comenta con éste las experiencias a las que da lugar dicho texto.

Leer puede fomentar las fuerzas de auto-ayuda de la persona y reactivar procesos de maduración interrumpidos. También se puede utilizar los libros con fines terapéuticos: El libro oportuno en el momento oportuno ha salvado a muchas personas de la depresión, la angustia y hasta del suicidio. En este sentido, el libro presta una auténtica ayuda para la vida y para la muerte.

Para mí la lectura, desde mi niñez,  fue siempre un camino hacia mí mismo. Teníamos en nuestro hogar la costumbre,  luego  de la cena, hacer una  sobremesa donde mi padre nos leía y nos hacía leer por capítulos a todos los hermanos las novelas de los grandes escritores como: Los viajes de Gulliver de  Jonathan Swift;  La isla del Tesoro de  Robert L.Stevensons;  Robinson Crusoe de Daniel Defoe; las aventuras de Tom Sawyer de Marck Twain; las novelas de Emilio Salgari; Querabán el Testarudo, Cinco semanas en el Globo, Viajes al centro de la tierra  de Julio Verne;  y muchos escritores más. Luego de la lectura,  comentábamos  entre todos lo que habíamos comprendido. Eran momentos de encanto que nunca nos perdíamos, y luego al acostarme soñaba con los relatos. Me convertía en el personaje, mi  mente fantaseaba, volaba y creaba imágenes, situaciones de magia , que luego en mi juventud  fueron un camino para  encontrarme conmigo mismo y con lo que me gustaba,  y con el paso de los años la lectura me transformo en un ser lleno de conocimiento, porque aprendí a reflexionar con quietud, equilibrio, en cada palabra encuentro la armonía del mensaje para aceptarlo o rechazarlo. Las lecturas para mí son el contrapunto a la retumbante realidad,  y desde  mi rincón preferido de lectura hallo la reflexión sobre los acontecimientos que vive el  mundo, en su constante transformación, vibración, cambios  en todos los géneros  de la vida, donde el humano interviene para bien o para mal. Así fue como adquirí la destreza de escribir con suma facilidad, y desde la edad de 17 años y por mucho tiempo mantuve una columna de opinión en el diario La Verdad de mi ciudad natal -Ibarra- Ecuador-. Luego en Quito en el diario La Hora, para después expandirme como colaborador en muchos periódicos y revistas del mundo.

Pero volviendo a la fascinación que ejerce el libro puedo afirmar  que cuando estamos con un libro estamos completamente solos, inmersos en la calma absoluta. Son instantes llenos de gracia que, al mismo tiempo, son actos de olvido y deslizamiento, una inmersión en las profundidades originarias de la psique.

Analizando el arte medieval, los pintores supieron descubrir el secreto del arte sanador y liberador de la lectura cuando representaban a María como mujer lectora. En muchas obras aparece María leyendo mientras el arcángel Gabriel le anuncia el nacimiento de su hijo. También en su huída a Egipto, montada en el burro, va leyendo un libro. Leyendo se sumerge en el mundo de su dios. Salta a la vista que la lectura, amén de capacitarla para entender lo que está ocurriendo con ella, priva de su poder al mundo hostil y amenazador, como cuando huía a Egipto. En medio de una atmósfera de violencia y odio, María lee para descubrir su centro y sentirse protegida y sostenida en el mundo de la lectura que, en último término, es el mundo de dios.

La lectura persigue mucho más que ahondar en el conocimiento. El lector debe descubrir el corazón de la palabra. En la palabra puede encontrarse a sí mismo. Hemos perdido la práctica de comprender la índole imaginativa de las palabras y ver como cada palabra tiene una referencia, un misterio de nuestra propia vida y las relaciones con otras y así las palabras se interpretan mutuamente.

También a través de la lectura meditamos, dejamos caer las palabras de la cabeza al corazón. Allí todos los sentidos están involucrados y las palabras experimentan resonancia emocional que nos hace degustar su sabor agradable, dulce.

En la meditación las palabras adheridas a nuestro corazón penetra cada vez más dentro de nuestro ser y percibimos la realidad de ¿cómo nos sentimos? ¿Quién soy yo en tal o cual caso? ¿Cómo experimento los conflictos que estallan a mi alrededor? Es importante entender las palabras ya que experimentamos la huella que el escritor ha impreso en nuestro corazón como lección a la vida.

El leer es una contemplación en el más puro silencio, donde lo leído se traduce en meditación, en que las palabras nos conducen al misterio silente, para descubrir el fondo oculto de las cosas y sentirnos unidos a todo lo existente, ya que la luz de la visión se abre en el fondo del corazón, dilatándose y elevándose por encima del universo. Y así podemos describir las imágenes que nos produzca el deleite que se convierta en divino, ya que posee poderes, fuerzas, energías, leyes o verdades que son universales y que trascienden las capacidades humanas.

Queridos lectores me gustaría invitarte a probar una vez este método, aun cuando sea un tanto insólito. No te dejes disuadir por el hecho de que, al leer, normalmente empezamos de inmediato a reflexionar y a hacer intervenir a la razón. Escoge un libro. Toma asiento con calma e imagínate que el personaje central de la trama de la obra está sentado junto a ti, se dirige a ti de una manera personal, te conectas con sus palabras y se disparará automáticamente tu razón crítica, preguntando si estas palabras proceden de la realidad o si han sido compuestas por la imaginación del escritor. Ahora, en este instante, me limito a escoger las palabras tal como son. Hago como si fueran ciertas. Sigue con la lectura y cuando una frase o una palabra te llame la atención, detente y deja que te llegue al corazón. Repítela serenamente, intenta sentir y gustar su misterio, pregúntate que significará esa palabra o frase. Permítelo que esa palabra o frase entre a tu corazón hasta que la atención te relaje. Sigue leyendo con parsimonia, dejando que las palabras te lleguen al corazón. Confía en el ritmo de tu corazón. No tienes porque avanzar mucho en el texto. Proponte tan sólo confrontarte con él veinte minutos. Luego, puedes poner a un lado el libro y limitarte a escuchar a tu interior. Ya no necesitas repetir las palabras. Permanece quieto sencillamente en presencia del contenido del texto. Quizá vislumbres algo de lo que supone la contemplación. Leer te ha serenado. Las palabras te han abierto la puerta al misterio silente, ahora estás contigo mismo, sin palabras, sin imágenes, sin ideas. Estás ahí sin más, totalmente contigo mismo, lleno de ti mismo. Te has identificado con el potencial  de las palabras que llevas dentro de ti. Es suficiente. Eso te transforma a ti y transforma tu discurso y tu acción, por eso estoy de acuerdo con lo que dice André Maurois: “La lectura de un buen libro es un diálogo incesante en que el libro habla y el alma contesta”. 


miércoles, 15 de junio de 2011

LOS EFECTOS DE CONTEMPLAR LA NATURALEZA (Parte Final)


VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA


LAS MONTAÑAS

Cuando después de una esforzada caminata accedemos a una cima, experimentamos una sensación de libertad y satisfacción muy grande. Nos limitamos a mirar a lo lejos, y esa satisfacción va transformándose en conquista, donde vamos percibiendo la sublimidad del paisaje montañoso. Por eso cada montaña, por grande o pequeña que sea, posee su fascinación distintiva, ya que desde cada montaña contemplamos un paisaje distinto. Pero cada montaña también tiene una irradiación del todo singular
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La tradición conoce, no sin razón, montañas o montes sagrados. No hay nación y pueblo que posea una montaña que brilla ante nuestros ojos y representa el poder de la naturaleza. Así, toda montaña o monte es una promesa de que también es nuestra vida que está por encima del valle de la vida diaria. Es un camino para lograr que la vida prospere, ya que hay que hacer de la conquista la verdadera libertad, libertad respecto de nosotros mismos. La montaña, desde la que podemos contemplar el paisaje nos comunica ya algo de esa libertad, y la montaña nos permite experimentar con mayor intensidad la cercanía con el cosmos, allí nos invade una quietud que ella nos podemos darnos a sí mismos. Nos viene de afuera, y para poder experimentar este sosiego de las montañas, no necesitamos más que sosegarnos en ellas mismas y nuestro corazón se serena. Rodearnos de la sublimidad del mundo de las montañas, es hoy el camino más importante para encontrar el sosiego y desasirse de la carga del día a día.

Ya Juan de la cruz, el místico español nos habla de las montañas o montes sagrados y de los montes amados. Nos fascinan no sólo cuando podemos coronarlo, sino también cuando asombrados los contemplamos a lo lejos. La mirada dirigida hacia arriba, hacia las maravillosas cimas, abre nuestros sentidos al expandirnos en el universo como fundamento de la continua transformación a la que está sujeta la naturaleza. Lastimosamente el hombre se ha encargado de ir destruyndoles y así todas las culturas que veneran y aman las montañas están siendo impedidas de conocer sus metas y experimentar con intensidad las cercanías con el universo donde sus cimas se pierden envueltas en la quietud y majestuosidad.

EL DESIERTO

Oh! ¡La dulce sensación de dejarse vivir, de dejar de pensar, de dejar de obrar, de no forzarse a nada, de no añorar nada, de no desear, salvo la duración indefinida de lo que es! ¡Oh! ¡La bienaventurada aniquilación del yo, en esta vida contemplativa del desierto!...
Isabelle Eberhardt


Este mar de arenas con su infinita extensión y aparentemente vacío es uno de los lugares donde la quietud ronda a cada paso. No se trata tan sólo de una calma agradable, ya que a menudo llega a atemorizar. Cuando nadie nos distrae, nos vemos confrontados tanto más intensamente con nosotros mismos. La tranquilidad del desierto nos incita a desasirnos del ruido que llevamos en nuestro interior, a no aferrarnos ya a nada, ni a las palabras, ni a la música, ni al ruido. Sólo quien se abre a la quietud puede soportar el desierto. Entonces, éste se convierte en bienaventuranza, que supone la posesión de un bien perfecto que llene y sacie todo el apetito racional del hombre, que ha de ser poseído con toda plenitud y según toda la capacidad del hombre por el disfrute de un modo permanente de la recta razón.

Desde los primeros tiempos el hombre se fue a vivir al desierto. Esto respondía a distintas razones; entre otras, allí no les perturbaban ni distraían los esparcimientos de la vida. En la actualidad, el desierto ejerce una nueva fascinación sobre las personas. Hoy hay agencias de viajes que se han especializado en las rutas por los desiertos del mundo. En la historia hay muchos casos de importancia. Israel atravesó el desierto tras la tierra prometida, hacia la tierra de la libertad. Para el pueblo, el desierto era el lugar de la especial proximidad de dios. El profeta Oseas habla del tiempo del desierto como de la época del primer amor entre Israel y su dios. Pero también el desierto es lugar de tentación, el lugar en el que el pueblo murmuró contra dios y sintió nostalgia de las ollas de carne de Egipto. Para Jesús fue el desierto el lugar de tentación, allí le asalto la tentación básica de toda persona, pero él la venció. la experiencia del desierto le dio la capacidad de hablar con sabiduría y dedicarse a la tarea de liberar a los espíritus esclavos enseñando las verdades más indiscutibles que hay que confrontar y así liberarse aplicando la vida simple y elegir las prioridades de acuerdo al momento. Es decir es un maestro que murió por liberar, por transformar por revolucionar las mentes y espíritus a que despierten y se revelen contra el orden impuesto.
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En la actualidad, la naturaleza se ha convertido para muchas personas en un lugar para vivir la experiencia de quietud; y ello, fundamentalmente por dos razones. En primer lugar, la naturaleza es algo que nos viene dado, y al mismo tiempo nos fascina. La naturaleza es, por esencia, serena, por muy intenso que sea el murmullo del arroyo de la montaña. No tenemos más que entregarnos a lo que nos rodea. Si nos dejamos conmover por la belleza de la creación, nos hacemos partícipes de su calma. Pero hay una segunda razón por la que las personas buscan tranquilidad en la naturaleza: la naturaleza no hace valoraciones. En la naturaleza puedo ser como soy en realidad. La naturaleza me sostiene, pertenezco a ella. La vida que percibo en la naturaleza late también en mí. Lo que impide sosegarse a tantas y tantas personas es su juez interior. Dondequiera que estén, ese juez interior pide la palabra. Valora y juzga todo lo que pensamos y hacemos. La naturaleza no hace valoraciones. Cuando nos entreguemos a ella, el juez que llevamos dentro es destituido. Podemos ser sin más y esto nos libera y nos proporciona quietud.

sábado, 14 de mayo de 2011

LOS EFECTOS DE CONTEMPLAR LA NATURALEZA (I parte)



VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA

Pasear por la creación con los sentidos despiertos es una manera de experimentar quietud en la naturaleza dice Anselm Grun, enseñándonos que hay otras formas de encontrar sosiego en ella. Muchas personas ya tienen su rincón preferido en la naturaleza, en el parque o debajo de un árbol con el cual se identifican para contemplar el paisaje.

Algunos lugares desbordan una profunda paz interior. Cuando se acude a su lugar favorito se siente una profunda paz interior que nos lleva y nos da gozo pleno de la vida. El propio paisaje es pura ternura y paz. Igual si salimos fuera de la ciudad, al campo, y solo con contemplar los cultivos, sus caseríos, surge automáticamente en nosotros una sensación de seguridad y pertenencia, de ser acogidos y sostenidos por el poder de la naturaleza y poco a poco nos vamos arraigando a respetarle y protegerlo, ya que ellos nos entregan muchas vivencias y sabidurías para nuestro bienestar.

En ocasiones son lugares energéticos que hacen bien a las personas que lo visitan. Irradian algo muy determinado. No sabemos a qué se debe, pero son lugares que nos interpelan directamente, que nos transmiten la sensación de estar rodeados de algo más poderoso que nosotros. Es interesante pasear por estos sitios que nos suscitan un sentimiento intenso, ya que pertenece al ámbito de lo inefable, es decir que no podemos explicar con palabras lo que nos sucede. Se adueña de todo nuestro ser, desencadenando una impresión sutil, misteriosa. ¿Pero de que se trata este fenómeno? Son las fuerzas abrumadoras de la naturaleza, allí está presente el alma de la naturaleza que se funde con nosotros. Es una evocación de la historia, está allí el espíritu de un lugar más elevado y tales momentos quedan grabados en el recuerdo como un estado de excepción, como percepciones no tanto de otra realidad cuanto del invisible misterio de la realidad. Son momentos de intensa plenitud.

En el bosque

Desde tiempos inmemoriales, el bosque ha influido de forma distintiva en las personas. El bosque nos infunde la sensación de estar protegidos. En los sueños, representa el inconsciente. Cuando nos hallamos dentro de un bosque entramos en contacto con ámbitos de nuestro inconsciente que, de otro modo, no percibiríamos. El tipo de bosque no carece de influencia en nuestra sensibilidad. Algunos árboles como el eucalipto nos da la sensación de una fragancia que nos penetra hasta lo más profundo, otros árboles por su corpulencia nos hacen partícipes de la fuerza que ellos poseen. Pero el bosque, sea cual sea, siempre nos lleva a sentirnos protegidos, siempre nos permiten participar en su misterio, en su quietud, pero también en su profundidad y extensión.


Lo que cada cual experimente en su lugar de quietud depende de las vivencias de la infancia. Donde de niño experimentará sosiego. Allí lo experimentará también de adulto. Cuantas veces nos viene al recuerdo las vacaciones escolares cuando nos llevaban a pasar en el campo, recogiendo frutas silvestres, bañándonos de los ríos, gozando de la calma que nos brindaban los bosques, nos sentíamos protegidos y volvíamos más fuertes con esa calma veraniega que nos envolvía y nos fortalecía para continuar los estudios. Y así los que hemos tenido la suerte de experimentar el sosiego de los bosques siempre surge al interior de nosotros ese gran anhelo de volver a sentir, a experimentar esas quietudes, a percibir la serenidad en nuestro yo interno en medio de las turbulencias de la vida. Todo ello nos deja marcado para siempre y muchas veces hallándonos lejos de los bosques de nuestra infancia, podemos retornar a ellos, tumbándonos en dondequiera que estuviésemos, cerramos los ojos y dirigimos nuestro espíritu a aquel bosque con el que estábamos familiarizado por las experiencias de antaño. Así volveremos a experimentar los sonidos, los olores, el misterio que encierra y veremos como ningún ruido nos molestará sintiendo en calma y envolviéndonos de felicidad y fascinación por la vida.

El agua

Para otros, lo relajante es sentarse a la orilla de un lago, de un río, en la playa del mar. Allí podemos pasar horas sentados escuchando la sinfonía del agua que fluye serenamente. ¿Que tiene el agua que le hace tan sedante? Es tranquilizador por una parte, el fluir de un río, el murmullo de un pequeño arroyo interpela a los estratos más profundos del alma. Cuando nos sentamos a la orilla de un lago y lo contemplamos, entramos en contacto con nuestra alma. Por eso en los sueños, el agua suele ser la imagen del inconsciente. Al mirar el agua, al sentirlo con nuestros sentidos nos profundizamos en nuestra inconsciente y simbolizamos que nuestra vida no se ha secado.

Contemplar el movimiento del agua, el sonido que provoca, enseguida nos viene esa virtud sedante, nos produce fascinación de contemplar y establecemos asociaciones de promesas con la vida y de los frutos que daremos a la humanidad. Todo lo entumecido cobra vida, lo endurecido se ablanda y el agua, que oscila de aquí a allá nos transmite una sensación de protección. Nos invita a dejarnos sostener y acunar en ella. Tal vez nos recuerde el estado originario en el seno materno, donde también estábamos abrigados por el agua.

El agua es fascinante porque es blanda, flexible y tolerante. No tiene aristas pronunciadas. Por eso es un elemento de reconciliación. Aquí deviene literalmente tangible, al menos como sueño, lo que con tanta vehemencia se desea: la destrucción de los muros que nos separan de los demás. Una mirada al lago, al mar es una mirada a los lejanos horizontes de una fraternidad sin reservas. También podemos asociar con un sentimiento de buscar la profunda soledad. Eso podemos experimentar al ir a un solitario lago enclavado en las altas montañas, cuyos caminos de acceso sean difíciles para llegar. Así solos con el lago nos vendrán pensamientos en el que estamos siendo observados por un inquietante ojo de la naturaleza. Así viviremos junto a ese lago solitario nuestras propias experiencias y entraremos en contacto con la propia alma. El lago nos mira y nos hace abrir los ojos para que nos asomemos a la profundidad de nuestro ser y descubrir allí la esencia de nuestra alma. Es un idilio entre el lago y nosotros. Igualmente el mar ejerce en las personas una fascinación singular.

Podemos permanecer horas y horas sentados a la orilla sin cansarnos de contemplar la extensión y la fuerza del mar, en especial cuando hay tormentas las olas se levantan y luego rompen, produciéndose un espectáculo sublime al ver como el agua se agita, transmitiéndonos energías fabulosas. También al caminar por la playa y exponernos a los bramidos del mar, nos resulta relajante y sanador ya que somos participes de la infinitud.

Pero no solo el lago o el mar tienen un distintivo poder de fascinación, sino también el río. Cuando contemplamos el fluir del río, nos vienen a la mente ideas diversas, todo se relativiza, todo fluye, no podemos retener nada e igualmente los problemas se relativizan. Ante nuestros ojos continúa fluyendo y desvaneciéndose y cobramos conciencia de que el río que estamos contemplando lleva milenios fluyendo. Vemos su historia y como ha sobrevivido a ella. Fluye y fluye, sin embargo mantiene su misma personalidad, es el mismo, aunque sus aguas están en constante cambio, y eso nos deja una lección mostrándonos el misterio de nuestras vidas, de mi historia, ya que seguirá existiendo cuando muramos. Pero también es una promesa de que él nos impulsa hacia la meta, ya que pese a todos los obstáculos que encuentra llega a su meta, que es entregar generosamente su agua al mar. El fluir del río tiene en sí algo tranquilizador. Sosiega los sentimientos agitados. Alcanzamos la quietud y el flujo de las aguas que arrastran todo el lastre nos hace pensar que debemos arrancar de nosotros todos los problemas, pesares, inquietudes y sufrimientos para que el agua del olvido se lleve y así quedar purificados y ser amados incondicionalmente y así poder regresar a casa refrescados, depurados, renovados como el agua que fluye sin receso. En la próxima entrega continuaremos con contemplación en la montaña, en los desiertos y el vivir la experiencia de la quietud…



jueves, 28 de abril de 2011

SABIDURIA



VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA

Confucio enseña que hay dos clases de sabios, siéndolo unos de nacimiento, mientras que los otros lo hacen mediante su esfuerzo. Debe recordarse aquí que el sabio tal como él lo entendía, representa el grado más elevado de la jerarquía confucionista y constituye al mismo tiempo el primer escalafón de la jerarquía taoísta, situándose así en cierto modo en el punto límite donde se reúnen los dominios exotérico y esotérico.

En estas condiciones, uno puede preguntarse si, al hablar del sabio de nacimiento, Confucio había querido designar con ello solamente al humano que por naturaleza posee todas las cualificaciones requeridas para acceder efectivamente y sin ninguna otra preparación a la jerarquía de conocimiento, y que, en consecuencia, no tenía ninguna necesidad de esforzarse en escalar poco a poco, mediante estudios más o menos largos y penosos, los grados de jerarquía exterior. Ello es efecto muy posible e incluso constituye la interpretación más verosímil; tal sentido es, por cierto, tanto más legítimo cuanto que implica al menos el reconocimiento de que hay seres que están destinados, por sus propias posibilidades, a pasar inmediatamente más allá de ese dominio exotérico.

Todo conocimiento efectivo constituye una adquisición permanente, obtenida por el ser de una vez por todas, y nada podría jamás hacerla perder. Por consiguiente, si un ser que ha alcanzado un determinado grado de realización en un estado de existencia, pasa a otro estado, deberá necesariamente llevar en él lo que ha adquirido, que aparecerá entonces como “innato” en ese nuevo estado; está claro, por otra parte, que no puede tratarse en ello más que de una realización que permanece incompleta, sin lo cual el paso a otro estado no tendría ningún sentido concebible, y, en el caso del ser que pasa al estado humano, pues es éste el que nos interesa particularmente aquí, ésta realización no ha llegado todavía a la superación de las condiciones de la existencia individual; ésta puede extenderse desde los grados más elementales hasta el punto más cercano a aquel que, en el estado humano, corresponde a la perfección. 


Decimos solamente el punto más cercano, porque, si la perfección de un estado individual hubiera sido efectivamente alcanzada, el ser no tendría ya que pasar por otro estado individual. También se puede hablar de un ser que habiendo ya alcanzado un grado determinado de realización antes de nacer al estado humano, poseerá de nacimiento el grado correspondiente a esta realización en el mundo humano, grado que puede ir desde el de sabio hasta el del “hombre verdadero”. 


Sin embargo no debería creerse que en las condiciones actuales del mundo terrestre, esta sabiduría innata pueda manifestarse espontáneamente, como ocurría en la época primordial, pues evidentemente es preciso tener en cuenta los obstáculos que opone el medio. El ser de que se trata deberá entonces recurrir a los medios que de hecho existen para superar estos obstáculos, lo que significa que no está en absoluto eximido, como se podría suponer erróneamente, de la vinculación a una “cadena iniciática”, a falta de la cual, en tanto esté en el estado humano, permanecería simplemente igual a como estaba al entrar, y como inmerso en una especie de “sueño” espiritual que no le permite ir más lejos en la vía de su realización.

Podría aún concebirse, con rigor, que manifieste exteriormente, sin tener necesidad de desarrollarlo de una forma gradual, el estado del sabio, porque éste no está aún sino en el límite superior del dominio exotérico; pero, para todo lo que está más allá, la iniciación propiamente dicha constituye siempre, por el momento, una condición indispensable, y, por lo demás, suficiente; en el único caso en que esta condición no existe es aquel en que se trata de la realización descendente, ya que ésta presupone que la realización ascendente ha sido cumplida hasta su último término; este caso es entonces evidentemente distinto al que ahora consideramos. Este ser podrá entonces pasar en apariencia por los mismos grados que el iniciado que simplemente ha partido del estado del hombre ordinario, pero la realidad será no obstante muy diferente; en efecto, no solamente la iniciación, en lugar de no ser en principio sino virtual como lo es habitualmente, será para él inmediatamente efectiva, sino que también “reconocerá” estos grados, de una forma que pueda ser comparada a la “reminiscencia platónica” y que incluso es sin duda, en el fondo, uno de los significados de ésta.

Este caso es comparable también a lo que sería, en el orden del conocimiento teórico, el de alguien que posee ya interiormente la conciencia de ciertas verdades doctrinales, pero que es incapaz de expresarlas porque no tiene a su disposición los términos apropiados, y que, desde el momento en que está resuelto a anunciarlas, las reconoce en su sentido sin experimentar ninguna dificultad para asimilárselas. Puede incluso ocurrir que, cuando se encuentre en presencia de los ritos y símbolos iniciáticos, éstos se le aparezcan como si siempre los hubiera conocido, de una manera en cierto modo “intemporal”, porque posee efectivamente en él todo lo que, más allá e independientemente de las formas particulares, constituye su esencia misma.

Otra consecuencia de lo que acabamos de decir es que, para recorrer la vía iniciática, un ser tal como éste que hablamos no tiene ninguna necesidad de ayuda de un Gurú exterior y humano, puesto que en realidad la acción del verdadero Gurú interior opera en él desde el principio, haciendo evidentemente inútil la intervención de todo “sustituto” provisional. Lo que es indispensable que se comprenda es que el ser que posee por derecho desde su nacimiento la cualidad de “hombre verdadero”, o la que le corresponde en un menor grado de realización, no puede ya desarrollarla de hecho de una forma completamente espontánea independiente de toda circunstancia contingente. Por supuesto, el papel de las contingencias no deja de estar reducido para él al mínimo, ya que no se trata en suma sino de una vinculación iniciática pura y simple, que evidentemente siempre le es posible obtener, tanto más cuanto que será como inevitablemente conducido a ella por las afinidades que son un efecto de su propia naturaleza.

Pero lo que ante todo debe ser evitado, pues algunos puedan imaginar que tal caso es el suyo, sea porque se sienten llevados a buscar la iniciación, lo que indica solamente que están prestos a entrar en esta vía y no que ya la hayan recorrido en parte en otro estado, sea porque, antes de toda iniciación, han visto algunos “resplandores” más o menos vagos, de orden probablemente más bien psíquicos que espiritual, que en suma no tienen nada de extraordinario y no prueban más que cualquier “premonición” que pueda ocasionalmente tener todo hombre cuyas facultades estén un poco menos estrechamente limitadas de lo que comúnmente lo están las de la humanidad actual, y que, por ello, se encuentra menos encerrado en la modalidad corporal de su individualidad, lo que por otra parte, de manera general, ni siquiera implica necesariamente que esté verdaderamente cualificado para la iniciación.

Todo esto no representa con seguridad más que razones totalmente insuficientes para pretender poder prescindir de un Maestro espiritual y llegar sin embargo a la iniciación efectiva, no menos que para eximirse de todo esfuerzo personal en vistas a este resultado; la verdad obliga a decir que ésta es una posibilidad que existe, pero también que no puede pertenecer sino a una ínfima minoría, si bien, en suma, ni siquiera hay que tenerla prácticamente en cuenta. Quienes poseen realmente esta posibilidad tomarán siempre conciencia de ella en el momento oportuno, de una manera cierta e indudable, y esto es, en el fondo, lo único que importa; en cuanto a los demás, si se dejan arrastrar por sus vanas imaginaciones y les dan crédito, comportándose en consecuencia, serán llevados a las más molestas decepciones.

sábado, 23 de abril de 2011

VIVIR CON LOS SENTIDOS


VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA

Al hablar del silencio es necesario remitirnos a la quietud y vivir con todos los sentidos. Por ello voy a transcribir algunos ejercicios de meditación que nos narra Anselm Grün. No se trata de proponernos grandes objetivos. Más bien, el ejercicio consiste precisamente en permanecer recogidos sin más en uno mismo, en estar presente en los propios sentidos y en experimentar el mundo con ellos.

Es necesario buscar un espacio tranquilo, fuera de la ciudad –si se lo puede hacer en una campiña- o sino en una sector tranquilo de la ciudad. Este primer ejercicio es fácil, en los primeros diez minutos de paseo diario, limitarse a mirar ¿Qué veo?, percatarse del paisaje, de los jardines, de las flores, del campo si lo hay, de las formas de los árboles. Observar el cielo y cómo juega las nubes en él. No se trata de una mirada curiosa: los ojos no vagan de continuo de un lado para otro. Antes bien, es estar completamente inmerso en el ver. En este ver asombrarse de la belleza de la creación, en ella percibir la fuerza de la naturaleza. Por eso para los griegos, la vista es el sentido más importante para el encuentro con el poder del universo. No mirar como espectador, sino como si fuera a fundirse con aquello en lo que se fija la mirada.

Es también lo que significa “contemplación”: mirando se puede descubrir el fondo de las cosas y allí, en su profundidad, descubrir la sabiduría de la naturaleza. “Contemplar” significa también: mirar hacia dentro, visualizar la propia luz. La luz del sol que guía nuestra mirada hacia la luz interior del alma. Allí descubrir el poder que genera el universo no como una imagen determinada sino como fundamento de todas las imágenes.

Luego, durante otros diez minutos tratar de limitarse a escuchar. ¿Qué oigo cuando paseo por el paisaje escuchando atentamente? Oigo el susurro del viento, del campo, de los pájaros, el ladrido de los perros, el ruido de la ciudad. Y oigo mis propios pasos. Cuando se está todo inmerso en la escucha, en último término también escuchar en todos los ruidos la quietud, de no perturbar la paz, la hace perceptible. Y a veces, en medio del mucho ruido no oír nada, sino solo el sosiego, allí son instantes maravillosos, ya que no escucharemos autos que circulen por sitio alguno, ni ruido de ninguna clase, aquí reina la absoluta calma. Y entonces volvemos a oír un ligero susurro. Es algo delicado que hace audible para nosotros la tranquilidad que nos envuelve. Escuchar tiene siempre un halo de misterio. En lo que estamos oyendo percibimos, en el fondo, lo audible.

Los diez minutos siguientes, dedicarnos sólo a oler. Huelo el paisaje, la fragancia de las flores, de los arboles, del campo, de los arbustos que se alzan al borde del camino. Si nos concentramos por completo en oler, constataremos que cada paisaje tiene su propio olor y que un paisaje huele de forma distinta por la mañana que por la tarde, de forma distinta después de llover que mientras llueve o que cuando luce el sol, de forma distinta en invierno que en primavera, verano u otoño. Olemos la diversidad.

El olfato es un sentido cargado de emociones. Al olor, nos viene el recuerdo de los olores de nuestra infancia que eran importantes para nosotros, que transmitían una sensación de seguridad. Pero también las ofensas que experimentamos de niños están asociadas a menudo a determinados olores. Cuando olemos, los pensamientos cesan de revolotear en nosotros. Entonces, estamos por completo en uno de nuestros sentidos, en nuestro cuerpo, no en la mente. Oler nos pone en contacto con experiencias intensas de nuestra infancia, adolescencia y también madurez. recordamos nuestras vacaciones y lo asociamos enseguida el olor con nuestras aventuras, con los buenos momentos que pasamos en determinados sitios y el olor suscita en nosotros un sentimiento de libertad así como una sensación de seguridad, y al mismo tiempo, hay en esa fragancia un atisbo de trascendencia, de misterio. Es evidente que, en ella que la armonía del cosmos mismo nos tocó.

A continuación, procuramos estar sólo en nuestra piel. Notamos el viento, que a veces nos acaricia tiernamente y luego vuelve a metérsenos hasta nuestros huesos. Sentimos el calor del sol en nuestro rostro. Nos detenemos para advertir el misterio de la creación. Extendemos los brazos y percibimos su energía poderosa que nos envuelve y nos alienta. Sentimos el sol, el viento y eso nos hace bien. O tocamos la hierba, las flores, las hojas, la corteza de un árbol. Allí podemos concentrarnos por entero en el acto de tocar, de experimentar la tranquilidad. Ahora tan sólo percibimos. Estamos inmersos en palpar y eso nos apacigua.

Cuando estamos volcados en el tacto, tocamos algo que es mayor que nosotros. No nos contentamos con comparar las distintas experiencias de palpación, ni con evaluarlas desde un punto de vista científico. Tocamos en las cosas lo intocable, el misterio por excelencia. Luego, por medio del tacto, cuanto nos rodea se aquieta. Todo se acalla y no habla más que de lo inefable.

Cuando paseamos por la naturaleza con todos los sentidos abiertos, cesa el estrépito de los numerosos pensamientos. Más bien, estamos inmersos en mirar, escuchar, oler y palpar. Los pensamientos permanecen del todo despiertos, por ejemplo, cuando olemos nos nieve a la mente determinada fragancia de la infancia, de la juventud, del primer beso o abrazo, pero no nos quedamos reinando sobre ello. Nuestros pensamientos no deambulan por doquier. Estamos en el instante, estamos en nuestros sentidos y así nos sosegamos. Los sentidos amarran al espíritu y lo sumen en la quietud.

Para muchas personas pasear por la naturaleza es una importante senda hacia la quietud y el encuentro consigo mismo que es el microcosmos y nos deslizamos al macrocosmos para sentir su grandeza y poder que sale a nuestro encuentro visible, audible, odorable y palpable.



sábado, 19 de marzo de 2011

LA SABIDURIA DEL SILENCIO


VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA

He escrito este tema el del silencio. De la necesidad del silencio. De las virtudes del silencio. Es indispensable aprender a silenciarnos en la sociedad del ruido. Vivimos dominados y atemorizados por él, lo que nos provoca un estilo de vida agobiante, lleno de neurosis y stress. El ruido está instalado en nuestras vidas. Ante este panorama se hace preciso, reivindicar el papel del silencio. Del silencio creador, del silencio de la paz interior, del silencio que nos humaniza, que nos permita descubrirnos en profundidad, que nos ponga en contacto con la experiencia espiritual y nos proporcione la apertura a la trascendencia.

Para aprender a escuchar el silencio, debemos pasar primero por un examen de conciencia y detenernos a reflexionar sobre nosotros y qué papel desempeñamos. Si pertenecemos a la masa, donde somos inconscientes por las reglas que nos impone la sociedad. Aquí en este segmento está impedida la reflexión, porque actúan mecánicamente sin meditar en lo que se hace. Están condicionados a decir sí porque es la única canción que le han enseñado; a creer todo lo que le es dado; asimilar, digerir, a no tener problemas, no querer que suceda nada nuevo en el mundo, sino que siga la tradición, el pasado, rechazando la transformación y peor aún la revolución. Son memoria y nada más.

 Se sienten cómodos vegetando y sustentándose en lo que le brinda la sociedad. O si acaso se han movido y no se han quedado atascado y más bien han subido un escalón para alcanzar a mirar la belleza de la vida desde otro plano, desde otros valores descubriendo su propia luz, su creatividad interna como potencial escondido. Aquí fluye en la reacción y la rebelión al orden impuesto en su individualidad, en su espiritualidad. Es consciente de su propia creatividad, en el campo que desee desenvolverse.

 A este grupo pertenece la minoría de la intelectualidad, del artista, del poeta, del pintor, del músico, del pensador, del filósofo, del revolucionario. Aquí han aprendido a decir no. O pueda que esté ubicado en el último peldaño, la de avanzar aún más y estar listo a desarrollar grandes cosas, grandes cambios y transformaciones, claro que tendrá el odio y el rechazo de los primeros y la admiración de los segundos, pero será de aquellos que saben volar. Aquí está ubicado en una dimensión diferente, distinta. Aquí es creativo, interpendiente, es decir todos dependen de todos y todo es uno. Nace la sensación del todo, no yo, no él, no hay fijación en el sí o en el no, no hay obsesión entre decir siempre si y decir siempre no, solo hay fluidez, espontaneidad, no hay obediencia ni desobediencia sino espontaneidad. Hay responsabilidad ya que responde a la existencia misma, no reacciona desde el pasado y no reacciona desde el futuro. Está en el presente, aquí y ahora. Es inefable, un misterio, un asombro, brilla la sabiduría, el amor y la inocencia. Es un mundo donde las palabras no significan mucho.  Es el mundo del silencio a las palabras, inocencia sin pensamiento sino acción; Solo conocerá las respuestas a las preguntas que le formulen embarcándose en viajes lejanos y fabulosos del asombro, convirtiéndose en niño lleno de sorpresas, de misterio, poesía y canción. De esta persona podrán tomar tanto como quieran que nada se reduce, siempre permanecerá igual que antes. Es la semilla de donde germina la flor que contiene el perfume.  Has notado que para ascender los escalones, hay un elemento primordial de cambio, el silencio. Momentos en que te vuelves sobre ti mismo para examinar tus ideas y afirmar te más en los verdaderos y auténticos criterios.

Cuando estés lleno de ruidos y de actividad, que te impide pensar. ¡Párate un momento y enfréntate con tu yo sinceramente! y verás cómo en minutos te transformas. No tengas miedo al silencio. Verás cuanto bien va a hacer a toda tu vida. Verás cómo vas a escuchar lo que te dice en tu interior, tu conciencia, tu maestro interno. Aprenderás a mirar cómo se enciende una luz en tu interior que te iluminará para siempre. Allí comprenderás que fecundo es el silencio. Escúchate a ti mismo y se te abrirá la verdad de dentro. Escucha y pon tu corazón atento al vuelo de tu espíritu. No es preciso huir del mundo y fingir que todo a tu alrededor ha desaparecido. Contemplar es percibir el reflejo. Por lo que aprendiendo a escuchar la paz del silencio nos enseña a actuar y pensar espontáneamente, en vez de actuar por miedos basados en experiencias pasadas. Tendremos una capacidad inconfundible de gozar cada instante. Una pérdida de interés en recriminar a los demás. Una pérdida de interés en recriminarse a sí mismo. Una pérdida de interés en cualquier conflicto. Una pérdida de interés en la preocupación. Mantendremos episodios frecuentes e irrepetibles de gratitud. Una sensación de estar conectados a los otros y a la naturaleza. Aflorará en nosotros sonrisas frecuentes. Una tendencia a dejar que las cosas ocurran en vez de forzar a que ocurran de determinada manera. Una susceptibilidad al amor que viene de los demás, así como una necesidad incontrolable de extender ese amor a todo el mundo. Igualmente aprenderemos a no tener prisa; a superar la ansiedad; a superar la necesidad de quedar bien; superar la necesidad de rendimiento; superar el afán de posesión; no criticar a otros, ni siquiera con el pensamiento; pensar positivamente; superar la agresividad; fomentar el silencio; estar donde estás, con todo tu ser; pensar positivamente; fomentar la calma y la serenidad; fomentar la comprensión y la tolerancia; vivir con el corazón; poner mucho amor en todo. Haz la prueba, y verás cómo sales renovado de ese silencio.

 No será tiempo perdido esas horas en que te encuentras contigo mismo. Vas a almacenar energía para enfrentarte con las tempestades de la vida. Acude siempre a este misterio en busca de ayuda. Pregunta cuál es su mensaje en determinado momento que estás viviendo y lo recibirás acertadamente. Grandes hombres encontraron en el silencio los resortes más poderosos de su actividad. El desierto fue siempre fecundo. Busca tú un desierto en tu existencia; un lugar solitario donde puedas hacerte dueño de tu vida, donde puedas cada día encontrarlo con gozo para examinar tu conciencia.

LA SABIDURIA DEL SILENCIO


- Habla simplemente cuando sea necesario. Piensa lo que vas a decir, antes de abrir la boca. Se breve y preciso, ya que cada vez que dejes salir una palabra, dejas salir al mismo tiempo una parte de tu energía. De esta manera aprenderás a desarrollar el arte de hablar sin perder energía.

- Nunca hagas promesas que no puedas cumplir. No te quejes y no utilices en tu vocabulario palabras que proyecten imágenes negativas, porque se producirá alrededor de ti todo lo que has fabricado con tus palabras cargadas de negatividad.

- Si no tienes nada bueno, verdadero y útil que decir, es mejor quedarse callado y no decir nada. Aprende a ser como un espejo. Escucha y refleja la energía. El Universo mismo es el mejor ejemplo de un espejo que la naturaleza nos ha dado, porque el Universo acepta sin condiciones nuestros pensamientos, nuestras emociones, nuestras palabras, nuestras acciones, y nos envía de vuelta el reflejo de nuestra propia energía bajo la forma de las diferentes circunstancias que se representan en nuestra vida.

- Si te identificas con el éxito tendrás éxito. Si te identificas con el fracaso, tendrás fracaso. Así podemos observar que las circunstancias que vivimos son simplemente manifestaciones externas del contenido de nuestra habladuría interna. Aprende a ser como el Universo, escuchando y reflejando la energía sin emociones densas y sin prejuicios, porque siendo como un espejo sin emociones, aprendemos a hablar de otra manera, con el poder mental tranquilo y en silencio, sin darle oportunidad de imponerse con sus opiniones personales y evitando que tenga reacciones emocionales excesivas, simplemente permitiendo una comunicación sincera y fluida. No te des mucha importancia y sé humilde, pues cuanto más te muestres superior, inteligente y prepotente, más te vuelves prisionero de tu propia imagen y vives en un mundo de tensión e ilusiones.

- Sé discreto, preserva tu vida íntima, de esta manera te liberas de las opiniones de los otros y llevarás una vida tranquila volviéndote invisible, misterioso, indefinible, insondable.

- No compitas con los demás, vuélvete como la tierra que nos nutre, que nos da lo que necesitamos. Ayuda a los otros a percibir sus cualidades, a percibir sus virtudes, a brillar. El espíritu competitivo hace que crezca el ego y crea conflictos inevitablemente. Ten confianza en ti mismo, preserva tu paz interna evitando entrar en la provocación y en las trampas de los otros.

- No te comprometas fácilmente. Si actúas de manera precipitada sin tomar consciencia profunda de la situación, te vas a crear complicaciones. La gente no tiene confianza en aquellos que muy fácilmente dicen "si", porque saben que ese "si" no es sólido y le falta valor. Toma un momento de silencio interno para considerar todo lo que se presenta y toma tu decisión después. Así desarrollarás la confianza en ti mismo y la sabiduría.

- Si realmente hay algo que no sabes o no tienes la respuesta a la pregunta que te han hecho, acéptalo. El hecho de no saber es muy incómodo para el ego, porque le gusta saber todo, siempre tener razón y siempre dar su opinión muy personal. En realidad el ego no sabe nada, simplemente hace creer que sabe.

- Recuerda que todo lo que te molesta de los otros es una proyección de todo lo que todavía no has resuelto en ti mismo. Deja que cada quién resuelva sus propios problemas y concentra tu energía en tu propia vida. Ocúpate de ti mismo, no te defiendas. Cuando tratas de defenderte, en realidad estás dándole demasiada importancia a las palabras de los otros y le das más fuerza a su agresión. Si aceptas el no defenderte estás demostrando que las palabras de los demás no te afectan, que son simplemente opiniones y que no necesitas convencer a los otros para ser feliz.

- Tu silencio interno te vuelve impasible. Haz regularmente un ayuno de la palabra para reeducar el ego, que tiene la costumbre de hablar todo el tiempo. Practica el arte de no hablar. Toma un día a la semana para abstenerte de hablar, o por lo menos unas horas en el día, según lo permita tu organización personal. Es un ejercicio excelente para conocer y aprender el universo ilimitado. Progresivamente desarrollarás el arte de hablar sin hablar y tu verdadera naturaleza interna reemplazará tu personalidad artificial, dejando aparecer la luz de tu corazón y el poder de la sabiduría del silencio. Gracias a esta fuerza atraerás hacia ti todo lo que necesitas para realizarte y liberarte completamente. Pero hay que tener cuidado de que el ego no se inmiscuya. El poder permanece cuando el ego se queda tranquilo y en silencio. Si tu ego se impone y abusa de este poder, el mismo poder se convertirá en un veneno y todo tu ser se envenenará rápidamente, perdiendo la paz.

- Quédate en silencio, cultiva tu propio ser interno. Respeta la vida de los demás y de todo lo que existe en el mundo. No trates de forzar, manipular y controlar a los otros. Conviértete en tu propio maestro y deja a los demás ser lo que son, o lo que tienen la capacidad de ser. Así que comprometámonos a realizar momentos de silencio. Vamos a respetar el silencio de los demás. Vamos todos a escuchar el silencio.

A manera de colofón se recomienda observar cuidadosamente los primeros síntomas de nacimiento de esta paz interior. Los corazones de muchas personalidades a lo largo de la historia han sido afectados por esta condición y es posible que mucha gente, algún día, comience a ser afectada en proporciones epidémicas. Esto podría resultar una amenaza grave a lo que hasta ahora ha sido una condición estable de conflicto en el mundo contemporáneo, el ruido.

El silencio: su valor


Tres formas hay de silencio: el primero es de palabras, el segundo de deseos y el tercero de pensamientos. El primero es perfecto, más perfecto es el segundo y perfectísimo el tercero. En el primero, de palabras, se alcanza la virtud; en el segundo, de deseos, se consigue la quietud; en el tercero, de pensamientos, el interior recogimiento. No hablando, no deseando, ni pensando, se llega al verdadero y perfecto silencio místico, en el cual habla el alma, se comunica y le enseña en su más íntimo fondo la más perfecta soledad y alta sabiduría. 

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