martes, 7 de septiembre de 2010

EL PODER DEL ESPIRITU


VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA

El mundo está sujeto a su visión. Observa con detenimiento lo que sienten los habitantes de la tierra, y de que modo se pueden ayudar a satisfacer sus deseos y necesidades. Al escuchar los miles de sonidos que nos rodean y que normalmente son audibles, como el canto del colibrí, los sonidos de los gorriones recién nacidos, el cantar del gallo anunciando el nuevo día, las notas del grillo que cantan para atraer a la hembra, así como otros miles de sonidos musicales que están muy por encima del alcance del oído humano, notaremos que estas criaturas son capaces de sentir, controlar y emitir sonidos que pueden producir diversos tipos de sensaciones emocionales como amor, paz, armonía y perfección que benefician a todo el mundo.Además pueden amplificar y emitir las vibraciones de las sensación de abundancia y gran alegría, de un modo que rodean y penetran a toda la humanidad hasta un nivel de quererlo, toda unidad de la familia humana puede disfrutarlas.

Cuando se reconoce la existencia de esta condición, toda unidad humana coopera amplificando y emitiendo esas vibraciones, entonces lo que necesita la humanidad toma forma entre sus miembros. Sus deseos son satisfechos cuando se activa las vibraciones necesarias, y no podemos escapar a su presencia. Así vamos tomando forma todos los deseos perfectos del humano. El vasto océano del espacio creativo, ilimitado y móvil, es muy claro; no obstante, está lleno de energía vibratoria y emanante. A esa energía emanada se la reconoce como una sustancia acuosa en la que todas las sustancias se hallan en estado soluble o en suspensión, con las que éstas mantienen una relación armoniosa, dispuesta a responder a la llamada del ritmo vibratorio que le permitirá combinarse para dar lugar a las formas. Cuando se establece la correcta influencia vibratoria a través del pensamiento de la unidad humana, en cooperación con el todo, los elementos carecen de otra opción y por ello se aprestan a ocupar el molde dispuesto por el deseo. Ésta es una ley absoluta y nadie puede apartarse de su curso.

Al escuchar un instrumento musical que toca en un tono muy bajo, que poco a poco baje hasta que deje de resultarnos audibles. Las sensaciones o emociones del sonido que hemos experimentado persisten dentro de nuestro cerebro. Con las vibraciones ocurre lo mismo, aunque es inaudible. Ahora elevemos esas notas a través de la escala hasta que sean tan agudas que vuelvan a resultar inaudibles. La sensación o emoción persiste; lo mismo ocurre con la vibración más elevada. Sabemos que ninguna de esas influencias cesa aunque se hallen fuera del alcance del oído físico.

Eso es lo que denominamos espíritu. Cuando lo físico pierde el control, lo toma el espíritu; y ese control es mucho más definido, lo meramente físico y resulta más susceptible al control de las influencias mentales o vibracionales, pues el pensamiento es un aliado muy cercano al espíritu. Lo físico se limita al cuerpo y no se extiende más allá de él. Lo físico está limitado a las acciones del cuerpo, pero no a sus reacciones. Cuando se trata de reacciones corporales somos espíritu; así podemos ver lo limitado que es el cuerpo físico.

El espíritu no sólo inunda todos los átomos de lo denominado físico, sino que también penetra la parte más diminuta de toda sustancia, tanto si es sólida como gaseosa. De hecho, la sustancia toma sus diversas formas a partir del impulso que forja su molde. El ser humano es el único proyector y coordinador de las diversas pautas que adopta esa sustancia. Existe un vínculo invisible, como el impulso del pensamiento o del corazón amplificado en miles de millones de ciclos, a través del que discurren órdenes espirituales que controlan todo el universo. Esos grandes impulsos palpitantes o latidos cardíacos circulan a través de la inteligencia que inunda todo lo acuoso que rodea el cosmos, su contrapartida espiritual. Esos gigantescos latidos corrientes vitales a cada átomo de todo el cosmos y los mantiene moviéndose en un orden y ritmo perfectos. En esta infinita vastedad cósmica no pueden existir células enfermas o discordantes, ya que, con tan sólo una de ellas podría desbaratarse todo. El resultado sería el caos durante un tiempo. Eso es lo que le sucede al organismo humano cuando se ve perturbado por el pensamiento discordante. Por eso el término “Divinidad” surgió de este control central. El latido de la unidad humana se corresponde con este latido, aunque en pequeña escala.

El ser humano, la unidad de la humanidad, es un universo bien organizado. No obstante, es necesario que como unidad asuma esa divinidad y se haga cargo de ella, ya que es parte de una gran inteligencia que dirige el vasto cosmos en perfecta armonía. Son las fuerzas físicas las que actúan en este control perfecto, ya que está presente en todas las emanaciones, en lo acuoso y hasta en las formas físicas más inferiores. Si ocurriera una catástrofe, el ser humano no sólo tendría ese poder, sino que es su propio poder el que se transforma en inteligencia primigenia en la que no existe destrucción. Ya que cuando la calma reina de nuevo y la armonía se ha restaurado, al ser humano que ha regresado a recomenzar, a mantener la unidad con el infinito y a permitirse esperar a que las condiciones maduren para la manifestación de los universos. Entonces, con la conciencia de anteriores experiencias, está mejor equipado para asistir a la inducción de una condición más perfeccionada y duradera. El señor humano no puede fracasar en este sentido, ya que es más preciso que cualquier otra forma; y el fracaso no está escrito en su horizonte ni en su conciencia. 
Cuando el sabio dice: "Soy inmortal, eterno, atemporal; no hay nada en la vida o en la luz que yo no sea” está contemplando este paisaje. Ésa es la verdadera divinidad. Suya verdaderamente es la ascensión.

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