sábado, 28 de abril de 2012

SEMBREMOS FELICIDAD

    
VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA
Se dice que mientras haya a mi lado quien sufra, yo no tengo derecho a pensar en mi felicidad. Estas palabras suenan bien, pero son falaces. Tienen una apariencia de verdad; pero en el fondo, son erróneas. A la primera observación del misterio humano, saltarán a nuestros ojos una serie de evidencias como éstas: los amados aman, Sólo los amados aman. Los amados no pueden dejar de amar.

En cambio, los que sufren hacen sufrir. Los fracasados necesitan molestar y lanzar sus dardos contra los que triunfan. Los resentidos inundan de resentimiento su entorno vital. Sólo se sienten felices cuando pueden constatar que todo anda mal, que todos fracasaron. El fracaso de los demás es su alivio para su propios fracasos; y se compensan de sus frustraciones alegrándose de los fracasos ajenos, y esparciendo a los cuatro vientos noticias negativas, muchas veces tergiversadas y siempre magnificadas. Una persona frustrada es verdaderamente temible.

Los sembradores de conflictos en la familia o en el trabajo, siendo perpetuamente espina y fuego para los demás, lo son porque están en eterno conflicto consigo mismo. No aceptan a nadie porque no se aceptan a sí mismos. Siembran divisiones y odio a su alrededor porque se odian a sí mismos. Sólo haremos felices a los demás en la medida en que nosotros lo seamos. La única manera de amar realmente al prójimo es reconciliándonos con nosotros mismos, aceptándonos y amándonos serenamente. El precepto “Amar al prójimo como a sí mismo” La medida es, pues, uno mismo; y cronológicamente es uno mismo antes que el prójimo. Ya constituye un alto ideal el llegar a preocuparse por el otro tanto como uno se preocupa por sí mismo. Hay que comenzar, pues, por uno mismo.

Al respecto no faltarán quienes arguyan alegremente que eso es egoísmo. Afirmar esto, sin mayores matizaciones, no deja de ser una superficialidad. Efectivamente buscarse a sí mismo, sin otro objetivo que el de ser feliz, equivaldría a encerrarse en un estrecho círculo de un seno materno. Si alguien busca exclusiva y desordenadamente su propia felicidad, haciendo de ella la finalidad última de su existencia, está fatalmente destinado a la muerte, como Narciso; y muerte significa soledad, esterilidad, vacío, tristeza. En sus últimas instancias, el egoísmo avanza siempre acompañado e iluminado por resplandores trágicos; egoísmo es igual a muerte, es decir, el egoísmo acaba siempre en vacío y desolación.

Ser feliz quiere decir, concretamente sufrir menos. En la medida en que se secan las fuentes de sufrimiento, el corazón comienza a llenarse de gozo y libertad. Y sentirse vivo ya constituye, sin más, una pequeña embriaguez; pero el sufrimiento acaba bloqueando esa embriaguez.    

Después de todo, no queda otra disyuntiva sino ésta: agonizar o vivir. El sufrimiento hace agonizar al humano. Eliminando el sufrimiento, el humano, automáticamente recomienza a vivir, a gozar de aquella dicha que llamamos vida. En la medida en que consigamos arrancar las raíces de las penas y dolores, sube el termómetro de la embriaguez y del gozo vital. Vivir, sin más, ya es ser feliz.

Y si conseguimos que la gente viva, la fuerza expansiva de ese gozo vital lanzará al hombre hacía sus semejantes con resplandores de primavera y compromisos concretos, y así estamos logrando el hombre nuevo, reconciliando con el sufrimiento, hermanado con el dolor, peregrino hacia la libertad y el amor.


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