miércoles, 28 de noviembre de 2007

SOMOS SERES COSMICOS


VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA 
 
La idea del hombre cósmico es recogida por la ciencia contemporánea en el concepto del heliograma que demuestra que cada fragmento de un todo contiene los componentes de la estructura global del todo. En la ciencia antigua, la aplicación metafórica de la noción de antropocosmos era la base de la filosofía astrológica y que se puede encontrar también en la alquimia como búsqueda de la piedra filosofal: esa parte que se puede encontrar el “todo”. El principio primero de esta teoría es que el hombre no es un simple componente del universo, sino que es más bien a la vez el producto final recapitulado de la evolución y la potencial semilla original a partir del cual germinó el universo. Podemos utilizar la analogía de la semilla y el árbol: el árbol del universo es la realización del potencial de la semilla que es el hombre cósmico. Utilizo aquí la palabra hombre (man en inglés) en relación a su raíz sánscrita manas, que significa “mente”, o la conciencia que puede reflexionar sobre sí misma. La misma imagen de la identidad entre la semilla y el árbol o entre el hombre cósmico y el hombre transitorio en el árbol de la evolución aparece en el libro de Génesis.
En el capítulo 1º, Adán es situado en el jardín con todos los animales y plantas ya creados. Adán es la recapitulación o etapa final del proceso evolutivo. Esto coincide con el paradigma del hombre como contenedor y recapitulador de todo el despliegue evolutivo que le ha precedido. En el capítulo 2º, Adán es lo primero que nace. En este capítulo, que al parecer contradice al primero, Yahvé-Dios crea los animales y se los enseña a Adán, y Adán es sometido a la prueba de tener que nombrarlos a todos uno por uno. En esta prueba, Adán reconoce cada especie como un ramal de su propia trayectoria central. Puede nombrarlos porque sabe que forman parte de él. Adán es el tronco central del árbol evolutivo. Las especies animales son las ramas laterales relativamente fijas y especializadas del agitado centro. Adán al nombrar las diferentes especies, reconoce, o diremos, recuerda su propio pasado embrionario. Pero también se reconoce a sí mismo como a la semilla ardiente, el modelo primero de todo el proceso orgánico de la vida universal. Adán, en ese momento de la creación puede declarar: “No veo nada que no sea yo; no veo nada que sea del todo como yo”. Así pues, Adán pasa la prueba. Va más allá de su identificación con las sucesivas fases -mineral, vegetal y animal- de la evolución, y al mismo tiempo se identifica con el más alto poder en la organización de la energía cósmica. Mediante su identificación con su original naturaleza universal Adán está listo para encarnarse en Adán Cadmón, la encarnación del hombre cósmico o divino.
La tradición védica transmite la misma visión antropocósmica desde un punto de vista más metafísico. Nos dice que Dios creó el universo movido por el deseo de verse y adorarse a sí mismo. El ser de este dios inconcebible puede considerarse como una expansión omniconsciente, todopoderosa, homogénea e infinita del espíritu puro y sin forma. Su deseo de verse a sí mismo creó una idea de sí mismo, llamada en el pensamiento hindú la “real idea”. Esta divina percepción mental de sí mismo, la “palabra creadora” del pensamiento judeocristiano, ese acontecimiento en sí mismo es el hombre cósmico. Y este hombre cósmico es lo que el hombre actual llama el universo. La filosofía antropocósmica representa la evolución como un intercambio, una inversión continúa entre el eterno hombre cósmico y la humanidad en evolución. El ser universal involuciona hasta la densa forma-semilla de sí mismo. En principio esto está representado por el reino mineral, la forma extrema de la densificación inconsciente y fija. Esta semilla en involución provoca luego un movimiento opuesto de evolución. Le sigue entonces el reino vegetal que se eleva hacia arriba y hacia afuera; anima, libera y encarna las cualidades divinas que estaban encerradas o envueltas en lo mineral. Estas cualidades divinas se manifiestan y clarifican como principios funcionales y etapas de crecimiento en el reino vegetal -es decir, raíz, tallo, hoja, flor, fruto, semilla- que podemos interpretar como símbolos-analogías de todo el proceso universal del devenir. El reino animal aparece entonces como una inversión del proceso vegetal y podemos detectar aquí un ritmo de alternancia entre la involución y la
evolución que da lugar a la sucesión de los reinos. El animal vuelve a “involucionar”. Los principios, actividades y funciones vitales que la planta había “evolucionado” o abierto, clarificado y sustentado. El animal consigue a través de su involución la facultad de movilidad individual que necesariamente precede a la voluntad individual. La involución puede ser considerada como la materialización del espíritu, y la evolución como la espiritualización de la materia. Rudolf Steiner propone una imagen efectiva de este proceso observando que el hombre en su cuerpo animal no es en realidad otra cosa que una planta vuelta del revés. La función respiratoria de la planta es la hoja. Esta función se realiza abierta al sol, al extremo externo del principio de ramificación. En el hombre, la función respiratoria es el pulmón: sus ramificaciones están en el interior. Prosiguiendo la analogía observamos que la flor, que es el órgano sexual de la planta, crece hacia arriba y empuja la energía de la planta hacia arriba, hacia la luz, mientras que en el hombre y en los animales los órganos sexuales están dirigidos hacia abajo y empujan las energías del cuerpo hacia abajo. La planta se enraíza en la tierra; en el hombre, la función característica de la raíz se encuentra en las circunvoluciones del cerebro, que se enraíza en el cielo del pensamiento y de las energías mentales.
El proceso mental es un proceso de digestión, asimilación y transmutación que funciona en una frecuencia más alta que la del proceso intestinal y digestivo, aunque los intestinos también forman circunvoluciones. De esta manera, la sucesión de los reinos mineral,
vegetal y animal en el mundo físico se convierte en un símbolo del movimiento constante de involución y evolución de un ser que se ha dividido en las cualidades complementarias del espíritu y la materia. Dentro de la lógica de esta visión de la evolución, el propósito del hombre físico es transformar esa encarnación involucionada y animal en un cuerpo de luz, al igual que lo hizo la evolución de la planta respecto al involucionado reino mineral. A través de la visión del hombre como cosmos, el antropocosmos, la geometría se vuelve un cosmograma que describe el drama de este nacimiento divino. Y en el transcurso de todas las épocas de edificación de templos, la arquitectura basada en la geometría ha sido un libro abierto que revelaba ese eterno drama. En la India sigue viva la Vastupurushamandala, la tradición del diseño de los templos basado en el hombre cósmico. También existe en el modelo arquitectónico de las grandes catedrales góticas era el Cristo-Hombre universal en la cruz de la creación. En Egipto hay un gran templo cuyo modelo es la figura humana. Es el templo de Luxor que reproduce al hombre cósmico en su arquitectura, así como en el diseño de sus bajorrelieves rituales, en el proceso de nacimiento. El sutra arquitectónico hindú dice: “El universo está presente en el templo por medio de la proporción”.


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