viernes, 30 de noviembre de 2007

LA VIDA Y SUS CAMBIOS


VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA


En los actuales tiempos del avance tecnológico, científico y una búsqueda incesante de nuevas formas de vida nos hace imprescindible servirnos de los instrumentos del aprendizaje y la educación para producir cambios positivos en nuestras vidas, y esta convicción ha de cultivarse para convertirla en determinación. 
A continuación, la determinación se transforma en acción; una determinación firme nos permite realizar un esfuerzo continuado para poner en marcha los verdaderos cambios. Este factor es el decisivo. Así por ejemplo, si se quiere dejar de fumar, lo primero es ser consciente de que fumar es nocivo para el cuerpo. Por tanto, se tiene que educarse. Pero, a menudo, ese aprendizaje por sí solo no es suficiente. Se tiene que incrementar esa consciencia hasta que se lleve a una firme convicción sobre los efectos nocivos del tabaco. Eso fortalece a su vez la determinación de cambiar. Finalmente, se tiene que realizar un esfuerzo para establecer nuevos hábitos. Ese es el proceso de cambio. 

Al margen del comportamiento que se intente cambiar, del objetivo hacia el que se dirija los esfuerzos, se necesita desarrollar una fuerte voluntad o deseo de hacerlo. Se necesita gran entusiasmo. En este aspecto el sentido de urgencia es un factor clave que ayuda a superar los problemas. Por ejemplo, el conocimiento que se tiene sobre los graves efectos del sida ha creado en muchas personas la necesidad perentoria de modificar su comportamiento sexual. Con frecuencia, una vez que se ha obtenido la información adecuada, surge la seriedad y el compromiso. El sentido de lo perentorio no sólo ayuda a superar los problemas personales, sino también los comunitarios. Existen varias técnicas para generar este entusiasmo. Hay que descubrir el potencial que tenemos dentro de nuestro cuerpo, de los buenos propósitos a los que puede servir, de los beneficios y ventajas de tener una forma humana, etc. Esas discusiones nos instilan confianza, nos incita a utilizar nuestro cuerpo de forma positiva y surge la necesidad de utilizar provechosamente todos los preciosos momentos de nuestra vida. Por tanto debemos dejar la apatía que tanto nos afecta, la misma que obedece a factores biológicos, por tanto hay que cambiar el estilo de vida. Así, por ejemplo, dormir lo suficiente, seguir una dieta saludable, desviarse de los vicios, y esto nos ayuda a mantener una mente más alerta. Pero también hay otra clase de apatía o pereza, la que surge de la debilidad de la mente. Para superar esta apatía y generar compromiso y entusiasmo que permitan cambiar comportamientos o estados mentales negativos, creo que el método más efectivo y quizá la única solución es ser siempre consciente de los efectos destructivos del comportamiento negativo. Quizá haya que recordar repetidas veces dichos efectos. Pero a menudo la gente desea introducir cambios positivos en su vida, tener comportamientos sanos, pero en ocasiones parece producirse una especie de inercia o resistencia. 

Aquí hay que utilizar el hábito en beneficio propio. Al familiarizarnos constantemente con nuevas pautas de comportamiento, podemos establecerlas de modo definitivo. Por ejemplo, si una persona esta acostumbra a levantarse a determinada hora y luego por necesidad tiene que dormir una hora menos. Al principio necesitará esfuerzo para acostumbrarse, con el transcurrir tiempo lo hará sin ningún esfuerzo, ello se debe al poder de la costumbre. Del mismo modo, podemos superar cualquier condicionamiento negativo y efectuar cambios positivos en nuestra vida. Pero hay que tener en cuenta que el cambio genuino no se produce de la noche a la mañana. En mi caso si comparo el estado mental actual con el de hace veinte años, observo una gran diferencia. Pero a eso he llegado, paso a paso, desarrollando profundo aprecio por los principios filosóficos, y espirituales, que al principio me habían parecido casi antinaturales. Todo me vino a través de la familiarización gradual. Como ve, en lo más profundo, el desarrollo mental requiere tiempo. 

He mencionado la necesidad de un alto nivel de entusiasmo y determinación para transformar la mente, para efectuar cambios positivos. Al mismo tiempo, sin embargo, reconocemos que el verdadero cambio sólo se produce con lentitud y puede exigir mucho tiempo, aquí empleados la virtud de la templanza para lograr los objetivos y nos abandonarlos. Y reafirmo que la educación es el primer paso para producir transformación interna. Aunque casi todo el mundo reconoce, menos los políticos, la importancia de la educación, solemos pasar por alto su papel como factor vital para alcanzar la felicidad. Investigaciones demuestran que hasta la educación puramente académica contribuyen a la felicidad. y se ha puesto de manifiesto que los niveles superiores de educación tienen eco beneficiosos en la salud y hasta protege la depresión. Al tratar de determinar las razones de estos efectos, los científicos han sugerido que las personas mejor educadas son más conscientes de los factores de riesgo para la salud; están mejor capacitadas para adoptar medidas que favorezcan e incrementen la autoestima, tienen mayores posibilidades para solucionar problemas y también disponen de estrategias más efectivas para afrontar las situaciones. 

El siguiente paso es generar decisión y entusiasmo. El psicólogo educativo Benjamín Bloom estudió la vida de algunos artistas, atletas y científicos de los Estados Unidos más destacados y descubrió que el impulso y la decisión y no el talento natural, fue lo que les permitió triunfar. Por tanto, cabe concluir que también son factores determinantes.

 Otro paso es la motivación humana, y se identifica tres clases principales. La primera es la motivación primaria, impulso basado en las necesidades de sobrevivir. Incluye las necesidades de alimento, agua, aire, etc. La segunda agrupa necesidades de estímulo e información, que para algunos investigadores son innatas e intervienen en la maduración y el funcionamiento del sistema nervioso. 

Por último, tenemos las motivaciones secundarias, derivadas de necesidades e impulsos adquiridos. Muchas de ellas están relacionadas con la necesidad de éxito y poder, influidas por fuerzas sociales y configuradas por el aprendizaje. Pero el impulso y la decisión no se deben utilizar únicamente para buscar el éxito en el mundo profano, sino que se desarrollan a medida que se obtiene una comprensión más clara de los factores que conducen a la verdadera felicidad y se utilizan en la búsqueda de objetivos superiores, como la compasión y el crecimiento espiritual. El esfuerzo, es el último factor de cambio, y constituye un elemento necesario para establecer un nuevo condicionamiento. 

La idea de que podemos cambiar nuestros comportamientos y pensamientos negativos mediante un nuevo condicionamiento no sólo es compartida por psicólogos, sino que constituye el fundamento de la psicología conductista: las personas han aprendido a ser como son, de modo que adoptando nuevos condicionamientos se puede resolver una amplia gama de problemas. Aunque la ciencia ha revelado que la predisposición genética de la persona tiene un papel muy claro en las respuestas del individuo ante el mundo, muchos creen que buena parte de nuestra forma de comportarnos, de pensar y de sentir viene determinado por el aprendizaje y el condicionamiento, es decir, por la educación y las fuerzas sociales y culturales.

Y puesto que los comportamientos son reforzados por el hábito, se nos abre la posibilidad de erradicar el condicionamiento nocivo y sustituirlo por uno útil, la vida. Realizar un esfuerzo continuado para cambiar el comportamiento no sólo es útil para superar los malos hábitos, sino también para cambiar nuestros sentimientos fundamentales. Los experimentos han demostrado que así como nuestras actitudes determinan nuestro comportamiento, idea comúnmente aceptada, el comportamiento también puede cambiar nuestras actitudes.


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