jueves, 2 de mayo de 2013

SOMOS UN RIO FUGITIVO Y ETERNO


VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA

Tao Sté se había desilusionado porque sus  congéneres no sabían vivir en armonía con la naturaleza. Deseando pasar sus últimos de su vida en soledad, se subió al lomo de un búfalo de agua y se dirigió al oeste, el lugar que hoy es Tíbet. Cuando llegó al paso de Hankao, un guardián al enterarse de sus intenciones de apartarse de la sociedad, intentó persuadirle para que volviera atrás. Pero  aunque no consiguió, logró convencerle de que al menos escribiera la esencia de sus enseñanzas para que los demás pudieran aprovechar la sabiduría. Al cabo de tres días Lao Tsé volvió con un conciso volumen compuesto de ocho y un aforismos  titulado Tao Te Ching, que significa  “El camino y su poder”. Una de las principales percepciones descritas en el libro es que si observamos la naturaleza que expresa y nos conectamos con la sabiduría intuitiva que hay en nuestro interior y ésta nos guiará en cualquier situación.

Para ello hay que estudiar y fomentar como hábito diario los principios del tai chi chuan, que se lo realiza en lugares abiertos, es una meditación dinámica realizada con movimientos lentos, que se practica para gozar de salud, equilibrio y longevidad; el chi gong, un antiguo sistema chino de respiración y movimientos concebido para mejorar la salud y el bienestar y para prevenir las enfermedades; el  feng shui, el arte chino de crear un entorno basado en patrones yin y yang y en la circulación energética; y la acupuntura, una medicina complementaria que equilibra la polaridad de las energías del cuerpo insertado unas finas agujas en puntos de los meridianos para que el chi vuelva a circular adecuadamente y el paciente recupere la salud. Este flujo energético que podemos controlar se llama  Tao, que viene hacer la esencia primordial o el aspecto fundamental del universo; es el orden natural de toda la existencia, mediante el abandono de nuestro propio camino para seguir en su lugar el gran camino 
PRINCIPIOS

El tao es un principio cósmico que infunde vitalidad a todos los aspectos de la vida. Cosmológicamente, que al moverse se convierte en dos polos opuestos que fluyen entre sí, conocidos como el yin y el yang y de los que surge a su vez el mundo material, que aparece ser lo opuesto a la unidad.

El taoísmo se practica viviendo en armonía con la sabiduría. Es decir el no ir en contra de la acción de la naturaleza. El agua es un símbolo común en los textos taoístas que nos recuerda que la adaptabilidad es también un signo de fuerza. No hay nada que sea más adaptable que el agua y, sin embargo, el agua puede erosionar una piedra. Esta filosofía de vida nos enseña a fluir con los procesos y los cambios naturales en lugar de ir en contra de ellos. Practicar es valorar la flexibilidad y la humildad.
La vida y la muerte son partes de un ciclo que se van alternando y que no se debe desear ni temer. Nuestro destino es participar en la coagulación y la dispersión de la vida. Por lo que siempre debemos tener presente en preservar y cuidar la vida  para gozar de longevidad e incluso de inmortalidad mediante prácticas de alquimia interna y externa: meditación, ejercicios de visualización y prácticas físicas.

FLUYENDO COMO EL AGUA
Con esta introducción es más asequible entender el Tao, y así podremos reconocer fácilmente el símbolo del yin y el yang, que consiste en un círculo dividido en el centro por una línea serpenteante que semeja a un río fluyendo de la parte superior a la inferior.

Una mitad del círculo es negro y la otra blanco. Dentro de cada mitad hay un pequeño círculo de color opuesto: en la parte negra es blanca, y en la parte blanca es negro. Simboliza la energía que fluye de un polo a otro en la continua danza de los opuestos. El día se convierte en la noche y la noche se convierte en el día. Las mareas suben y bajan. La temperatura cambia de caliente a fría. A veces estamos sanos y otras enfermos; a veces estamos alegres y otras tristes. Todos experimentamos en la vida cotidiana esta danza a través de este fluir que se da entre las polaridades.
De la misma forma que el invierno se convierte en primavera y que los nuevos retoños reemplazan a las ramas desnudas del invierno, nuestra vida tiene una inteligencia y un misterio que la guían como un río invisible que sabe cómo volver a su fuente. Esta inteligencia entrelazada en el paso de las estaciones fluye a lo largo de nuestra vida.

Podemos ver este río fluyendo en nuestra vida, cuando conocemos a las personas que necesitamos conocer, o cuando nos encontramos con las oportunidades que nos permiten prosperar, y con los retos que nos ayudan a cultivar nuestros recursos interiores.
Para lograrlo hay que ser receptivos, observar la vida  en la simplicidad de la naturaleza y cultivando la sensación intuitiva que nos permite ceder en la contraposición de la vida. Ninguno de los dos se considera bueno o malo, ambos son complementarios, necesarios para mantener nuestro equilibrio. El equilibrio se da en la circulación de la energía entre opuestos, lo oscuro, húmedo y femenino como la tierra y lo luminoso, seco y masculino como el cielo.

NO RESISTIR
En el desarrollo de nuestro camino espiritual, del progreso material, de una vida correcta, de una relación afectiva, comprendemos que el camino siempre está fluyendo. Que seguimos un proceso para llegar a la felicidad plena.

Pero también hay ocasiones en las que nos resistimos a dejarnos llevar por la corriente de nuestra vida. No queremos aceptar las realidades, y por más que nos opongamos a ellas seguimos bajando por el río de nuestra vida. Pero al verlo en retrospectiva puede que comprendamos lo estúpido que es resistirnos, no sólo porque es inútil, sino además porque aquello que tanto temíamos nos ofrece unos regalos inesperados. Incluso en estados intermedios en los que nos sentimos impotentes, afligidos y desolados, advertimos que al aceptar estas emociones en lugar de rechazarlas experimentamos una profunda y extraña paz. Por tanto podemos sentir que es más sensato fluir con el río de nuestra vida.

ALCANZAR
Fluir con el curso de la vida implica aceptar los procesos relajados. Aceptar las situaciones, en lugar de intentar cambiarlas o controlarlas. Tenemos que aprender a ser como el agua. El agua sortea cualquier obstáculo y se adapta a aquello que lo contiene, busca los lugares más bajos. El agua vence lo duro y lo quebradizo. Excava los cañones de roca y desmorona las montañas. El agua es infinitamente dúctil y adaptable y, al mismo tiempo, infinitamente fuerte. Es absurdo resistirse a la corriente. El agua se escurre por nuestros dedos, no podemos retener ni rechazar esta escurridiza corriente. Y sin embargo, en otros contextos intentamos oponernos a ella todo el tiempo y ello nos impide avanzar en armonía y explotamos.

SIGAMOS EL CURSO DE LA VIDA

Saborear una dulce naranja, aspirar el perfume de una flor  o embelesarnos con las formas de un atardecer es maravillarnos de la perfección de la naturaleza, de sus actos creativos de la naturaleza que se llevan a cabo a través de un misterioso proceso más allá de nuestro control y que nos enseña a ser humildes ¿Por qué interferir o intentar controlar aquello que ya es magnífico en su fluir natural? sin embargo, nos cuesta mucho intentar hacerlo. Queremos controlar y cambiar las cosas y a veces incluso forzarlas a que salgan como nosotros queremos. ¿Qué podemos hacer para vivir dejando que la corriente siga su curso?
Quizás hayamos observado una práctica de tai chi en la que los participantes se mueven de manera lenta y concentrada, siendo conscientes de la respiración. Este proceso meditativo nos da una idea de lo que es estar presente. Hay que bajar el ritmo habitual de pensar y actuar para ser conscientes de lo que está ocurriendo en el momento presente. Si aprendemos a observar con armonía y tranquilidad podremos reaccionar de la forma más adecuada.

NO LUCHEMOS CONTRA CORRIENTE
Posiblemente una de las cosas que más nos cuesta es dejar que las situaciones ocurran, en lugar de intentar que sucedan como nosotros queremos. Tenemos un ego tan fuerte que estamos convencidos de que tener el control, o las riendas, significa ser responsables, decididos. Pero esta postura no es la mejor.

Veamos algunas de las implicaciones que tiene. Muchos de nosotros tal vez creamos que para hacer mejor un trabajo por importante que éste sea difícil o lleno de dificultades, porque así nos enseñaron desde la escuela o a través de la  religión, que el sufrimiento es el camino para tener una mejor vida. Nos hacen empujar una gran roca hacia la cima de la colina. Lo que tenemos que lograr convencer a nuestra mente es que los logros más importantes no son difíciles de alcanzar y que es inútil  seguir luchando contra la corriente. Dejemos de intentar controlar una situación, y eso no significa que no debamos esforzarnos por solucionar pero sin preocupación, porque el tiempo se encarga de ello si nosotros no podemos. Y muchas veces hacer un esfuerzo adicional es necesario. Al igual que el río fluye con fuerza al ir colina abajo, también hay momentos en los que es adecuado que reforzar más. Hay muchas situaciones personales, familiares, laborales, que nos van a exigir un esfuerzo adicional, pero esto no significa que es ir contracorriente, sino que al contrario significar responder  a la situación que se requiere, es más bien es ir con la corriente.
NUEVAS FORMAS DE MANIFESTARNOS

La vida nos dice cuándo hemos perdido el equilibrio. La corriente de nuestra vida nos indica que estamos intentando manipular una situación en lugar de dejar que siga su curso natural. Si somos sensibles al fluir de la corriente de la vida, podremos adaptar el esfuerzo que aplicamos y ver si es más adecuado ceder a ella o actuar. Ignorar las señales y seguir empecinadamente por el mismo camino o quitarles importancia a cualquier precio, implica que estás intentando controlar la situación en lugar de rendirte a la sabiduría del fluir de la vida que nos ofrece a cada instante.
Hay que aprender a confiar en el fluir de nuestro río de la vida para dejarnos llegar. No se trata de renunciar temerariamente a tener el control. Al contrario, ceder al curso que sigue la inteligencia de la naturaleza, es una decisión muy sagaz, aunque a veces parezca no exigir esfuerzo. Por tanto hay que confiar en el fluir que nos lleva el río. Si confiamos en su sabiduría nos sentiremos más seguros mientras nos aventuramos hacia lo desconocido. A veces cuando tenemos miedo, buscamos alguna certeza. Queremos conocer el lugar al que nos estamos dirigiendo. Podemos incluso crearnos una vida pobre y previsible para evitar la desazón que nos produce lo desconocido. Sin embargo, la vida nos obliga a entregarnos a ella. Quizá de pronto nos quedamos sin trabajo, enfermamos, romperos una relación sentimental,  o nos encontramos en medio de un desastre natural. Y sin embargo de estas situaciones inesperadas nos enseñan a afrontar la vida de una nueva forma, a manifestarnos en nuevos recursos interiores.

Si aún nos hemos aprendido la actitud de no ir en contra de la acción de la naturaleza, no perdamos la oportunidad de hacerlo. Pero para ello hay que cultivar la paciencia, como la nieve que cae de la hoja en el momento exacto en que la fuerza de la gravedad la impulsa a hacer. El sauce se dobla bajo la fuerza del viento. Nuestras vidas también están sometidas a la presión y al empuje de los ritmos de la naturaleza. Para estar en armonía con este fluir, debemos cultivar la paciencia que nos permite esperar el momento adecuado para actuar o ceder.
Al esperar, la situación se aclara. Para estar atento al momento oportuno hay que ser paciente. En algunas ocasiones, es más prudente esperar a que nuestro amante se acerque y nos diga un cumplido o nos dé un beso antes de preguntarle si nos quiere. En otras ocasiones, es mejor quedar con la persona que nos atrae en lugar de dejar que siga con su vida sin hacerle saber que la amamos. En la espera hay que descubrir el momento idóneo guiándote por tu intuición para sentir cuándo debes actuar o ceder. Las cosas suelen ir más lentas de lo que nuestro ego desea, hay una parte nuestra que es impaciente y quiere la respuesta ahora y al observar esta parte podemos reconocerla. Para ello hay que llevar una vida armoniosa con el misterio invisible que está tejido en la matriz de la naturaleza que nos invita a mantener una actitud abierta ante la vida, para fluir intuitivamente con sus siempre cambiantes corrientes. Esta forma espontánea de actuar y fluir nos da una nueva libertad. Al practicar esta danza de la vida aprendemos a cultivar la paciencia, a esperar el momento oportuno para actuar o para ceder, y a fluir con el ritmo de las energías mientras éstas se mueven entre los polos opuestos y complementarios de la vida.

Cambiemos la prisa por la espera como cultura y veremos como mejoramos nuestro estado de ánimo y por ende nuestra salud. Hay que saber afrontar la espera el momento oportuno en el que actuar, necesitamos tener paciencia. Cuando estamos en una sala de espera de un médico, en la parada de autobuses o detenidos en el vehículo en un semáforo esperando que cambie a verde, muchas veces advertimos impaciencia y así la espera se hace todavía más larga. Pero esos momentos podemos cambiar, en vez de impacientarnos nos vamos a sumergir con más profundidad en el momento presente, respiramos hondo varias veces para calmarnos y armonizarnos con el fluir de los acontecimientos, disfrutamos de ese momento con la tranquilidad que nos produce nuestra quietud interior, que es uno de los regalos de la paciencia. Así hemos aprendido a mantener la calma y a esperar pacientemente y fluirás en la corriente de la vida con más destreza.

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