sábado, 23 de abril de 2011

VIVIR CON LOS SENTIDOS


VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA

Al hablar del silencio es necesario remitirnos a la quietud y vivir con todos los sentidos. Por ello voy a transcribir algunos ejercicios de meditación que nos narra Anselm Grün. No se trata de proponernos grandes objetivos. Más bien, el ejercicio consiste precisamente en permanecer recogidos sin más en uno mismo, en estar presente en los propios sentidos y en experimentar el mundo con ellos.

Es necesario buscar un espacio tranquilo, fuera de la ciudad –si se lo puede hacer en una campiña- o sino en una sector tranquilo de la ciudad. Este primer ejercicio es fácil, en los primeros diez minutos de paseo diario, limitarse a mirar ¿Qué veo?, percatarse del paisaje, de los jardines, de las flores, del campo si lo hay, de las formas de los árboles. Observar el cielo y cómo juega las nubes en él. No se trata de una mirada curiosa: los ojos no vagan de continuo de un lado para otro. Antes bien, es estar completamente inmerso en el ver. En este ver asombrarse de la belleza de la creación, en ella percibir la fuerza de la naturaleza. Por eso para los griegos, la vista es el sentido más importante para el encuentro con el poder del universo. No mirar como espectador, sino como si fuera a fundirse con aquello en lo que se fija la mirada.

Es también lo que significa “contemplación”: mirando se puede descubrir el fondo de las cosas y allí, en su profundidad, descubrir la sabiduría de la naturaleza. “Contemplar” significa también: mirar hacia dentro, visualizar la propia luz. La luz del sol que guía nuestra mirada hacia la luz interior del alma. Allí descubrir el poder que genera el universo no como una imagen determinada sino como fundamento de todas las imágenes.

Luego, durante otros diez minutos tratar de limitarse a escuchar. ¿Qué oigo cuando paseo por el paisaje escuchando atentamente? Oigo el susurro del viento, del campo, de los pájaros, el ladrido de los perros, el ruido de la ciudad. Y oigo mis propios pasos. Cuando se está todo inmerso en la escucha, en último término también escuchar en todos los ruidos la quietud, de no perturbar la paz, la hace perceptible. Y a veces, en medio del mucho ruido no oír nada, sino solo el sosiego, allí son instantes maravillosos, ya que no escucharemos autos que circulen por sitio alguno, ni ruido de ninguna clase, aquí reina la absoluta calma. Y entonces volvemos a oír un ligero susurro. Es algo delicado que hace audible para nosotros la tranquilidad que nos envuelve. Escuchar tiene siempre un halo de misterio. En lo que estamos oyendo percibimos, en el fondo, lo audible.

Los diez minutos siguientes, dedicarnos sólo a oler. Huelo el paisaje, la fragancia de las flores, de los arboles, del campo, de los arbustos que se alzan al borde del camino. Si nos concentramos por completo en oler, constataremos que cada paisaje tiene su propio olor y que un paisaje huele de forma distinta por la mañana que por la tarde, de forma distinta después de llover que mientras llueve o que cuando luce el sol, de forma distinta en invierno que en primavera, verano u otoño. Olemos la diversidad.

El olfato es un sentido cargado de emociones. Al olor, nos viene el recuerdo de los olores de nuestra infancia que eran importantes para nosotros, que transmitían una sensación de seguridad. Pero también las ofensas que experimentamos de niños están asociadas a menudo a determinados olores. Cuando olemos, los pensamientos cesan de revolotear en nosotros. Entonces, estamos por completo en uno de nuestros sentidos, en nuestro cuerpo, no en la mente. Oler nos pone en contacto con experiencias intensas de nuestra infancia, adolescencia y también madurez. recordamos nuestras vacaciones y lo asociamos enseguida el olor con nuestras aventuras, con los buenos momentos que pasamos en determinados sitios y el olor suscita en nosotros un sentimiento de libertad así como una sensación de seguridad, y al mismo tiempo, hay en esa fragancia un atisbo de trascendencia, de misterio. Es evidente que, en ella que la armonía del cosmos mismo nos tocó.

A continuación, procuramos estar sólo en nuestra piel. Notamos el viento, que a veces nos acaricia tiernamente y luego vuelve a metérsenos hasta nuestros huesos. Sentimos el calor del sol en nuestro rostro. Nos detenemos para advertir el misterio de la creación. Extendemos los brazos y percibimos su energía poderosa que nos envuelve y nos alienta. Sentimos el sol, el viento y eso nos hace bien. O tocamos la hierba, las flores, las hojas, la corteza de un árbol. Allí podemos concentrarnos por entero en el acto de tocar, de experimentar la tranquilidad. Ahora tan sólo percibimos. Estamos inmersos en palpar y eso nos apacigua.

Cuando estamos volcados en el tacto, tocamos algo que es mayor que nosotros. No nos contentamos con comparar las distintas experiencias de palpación, ni con evaluarlas desde un punto de vista científico. Tocamos en las cosas lo intocable, el misterio por excelencia. Luego, por medio del tacto, cuanto nos rodea se aquieta. Todo se acalla y no habla más que de lo inefable.

Cuando paseamos por la naturaleza con todos los sentidos abiertos, cesa el estrépito de los numerosos pensamientos. Más bien, estamos inmersos en mirar, escuchar, oler y palpar. Los pensamientos permanecen del todo despiertos, por ejemplo, cuando olemos nos nieve a la mente determinada fragancia de la infancia, de la juventud, del primer beso o abrazo, pero no nos quedamos reinando sobre ello. Nuestros pensamientos no deambulan por doquier. Estamos en el instante, estamos en nuestros sentidos y así nos sosegamos. Los sentidos amarran al espíritu y lo sumen en la quietud.

Para muchas personas pasear por la naturaleza es una importante senda hacia la quietud y el encuentro consigo mismo que es el microcosmos y nos deslizamos al macrocosmos para sentir su grandeza y poder que sale a nuestro encuentro visible, audible, odorable y palpable.



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