lunes, 4 de febrero de 2013

EL LENGUAJE SECRETO DEL UNIVERSO


VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA

Tanto la música interna como la externa pueden servir de guía al alma en su desplazamiento hacia los reinos reales de la tierra. La música nos puede poner en el camino, acompañarnos en el trayecto, y hasta puede estar allí al final del viaje. Desde el más allá de los tiempos se ha empleado en el campo de los cambios  psicológicos, ya que produce emoción. La música como medio de iniciación, conduce a actitudes de éxtasis que luego acompañada con conocimientos metafísicos nos lleva a nuevos estados de conciencia. Podríamos decir que nos puede llevar a sentir embriaguez en la que el conocimiento no  está ausente. 
La belleza de la música nos lleva a nuevas realidades cósmicas y metafísicas, en especial la de ejecución instrumental que  actúa como conductora del alma, donde se oirá y se sentirá la belleza indescriptible que existe en las  fuerzas intemporales más allá de las experiencias humanas.

Las resonancias de la ejecución musical tienen un efecto beneficioso sobre el cuerpo y la psiquis: calma, infunde solemnidad y armoniza. Pero hay más todavía: es un vehículo que puede elevarnos hasta donde seamos capaces de hacerlo, en la identificación con nuestra melodía interior, que nos permita el ingreso a transitar por el sendero que nos conducirá a nuestro templo espiritual, donde encontraremos paz, armonía y felicidad plena. Y allí dentro contemplaremos nuestra vida y si queremos podemos transformarla siguiendo el ritmo de las siete notas musicales que son la base de la composición de nuestra melodía, cual es el entendimiento, la sabiduría y el aporte hacia los demás. Esta composición sinfónica de acciones amerita ser transportada en un viaje al universo para ser  testigos visuales o auditivos de nuestras propias experiencias místicas donde  participamos, siendo estimulados a aportar a nuevos conocimientos y percepciones de esa música superior.. Allí podemos trascender, y entrar en esa totalidad, como el pleroma,  o sea la relación de cumplimiento de plenitud, elemento común a muchas doctrinas gnósticas,  que significa encontrar el verdadero universo de armonía, unidad y de luz, opuesto a la oscuridad. El canto llano, como misterio de un oficio religioso, un mantra, o un baile de un místico, ofrece a cada uno, lo que cada uno es capaz de recibir.   

Cuantas veces nos hemos estremecido al escuchar una ejecución musical donde no interviene la palabra. Es en este éxtasis donde podemos apreciar la mejor imagen de las armonías secretas y el misticismo individual y la labor de elevación colectiva. Las melodías sin palabras son eternas y errantes, alas que transportan al alma hacia los reinos superiores, en la tarea de redimir lo que destruimos; ayudando no sólo a renovar y acrecentar  la chispa interior, sino también el de todas las demás innumerables chispas aprisionadas en el mundo manifiesto. La música nos permite oír un débil eco de esas dulces modulaciones que el oído de los mortales comunes no puede captar. Nos despierta el elevado recuerdo de lo que oímos en una vida anterior. Nos puede provocar un apasionado amor y los deseos de surcar el cosmos en busca de respuesta a nuestros interrogantes,  nos sentimos libres de nuestra  envoltura de barro. De todos los instrumentos, dicen los entendidos, que la lira de siete cuerdas es el más apto para recordar a los hombres el concierto eterno de la gran sinfonía cósmica, exhorta al alma a que se eleve a realizar este ascenso y se insufle de sabiduría en la búsqueda de nuevas fuentes de experiencias.
Interpretar  en unos casos y en otros escuchar el mundo  de la música espiritual nos forza a demostrar que el cosmos tiene su propia  melodía, y que ésta existía  antes de que el humano  se dispusiera a evolucionar en la historia de la vida en la tierra. Estas interpretaciones han durado  toda la eternidad y han sido capaces de transformar el alma de quien quiere escuchar y  alcanzar el cambio en la reacción.

En el mundo de los sentidos,  la música nos induce a observar las visiones de este mundo percibido con el ojo y el oído interno, hasta conseguir Imágenes arquetípicas de un modo maravilloso, de forma tal que los ciudadanos celestes alaban a través de sus sonidos y  claman y representan la voz de una multitud llena de espiritualidad  y conectada al templo virtuoso de la música y las armonías. Estas voces al igual que las aguas, el viento, el fuego, los árboles , las flores, las piedras, sienten el  encanto de la vida plena, de la soledad y de los estados de conciencia de quienes están a su lado y nos transmiten una música que jamás cesa: es una música que uno oye por doquier pero que no está en ninguna parte; a veces es un murmullo;  otras veces el oído de un mortal cree que oye el lamento de una divina armonía,  cuyas variaciones no son terrestres y que nadan en la región media del aire. Las voces, las modulaciones brillantes, prorrumpen de repente desde lo profundo de los bosques celestiales y luego se  dispersa por el aliento de nuestros espíritus; estos sones parecen haber expirado. Sin embargo prontamente, una confusa melodía revive a lo lejos, canta en las orillas del río de la vida, sumergiéndonos en una gran fantasía del universo mágico. 
Estas regiones situadas en nuestra vida  jamás son iluminadas por nuestra  luz diurna sino que un suave resplandor que cae calladamente sobre las regiones místicas de nuestra alma nos invaden como si fuera nieve que acompaña al invierno; entonces penetra en todas las sensibilidades , las hace suavemente radiantes con luz hermosísima y proyecta una belleza perfecta a quien la mira. El éter, que es tan sutil, sería todavía demasiado material para este sitio; el aire que uno respira es el amor; aire similar a una especie de melodía visible que llena todas las blancas llanuras de las almas con igual esplendor y armonía.

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