domingo, 22 de agosto de 2010

NUESTRO CAMINO


VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA
Cerremos los ojos. Imaginemos que el borde del universo está a nuestros pies. Nos relajamos, inspiramos y lentamente nos inclinamos hacia adelante. Nuestro centro de gravedad se desplaza, rebasa la superficie de apoyo, y las leyes de la física, en su último suspiro, nos hacen perder el equilibrio y nos lanzan al vacío. Hemos invadido el territorio de la nada. Es indescriptible, tampoco tiene límites, pero está. En realidad, no podemos ni nombrarla, porque es pura indeterminada; pero nos resulta más cómodo ponerle un nombre que dejar un espacio en blanco en el papel.

Tampoco nos hacemos a la idea de reflexionar sobre un concepto vacío en sí mismo, que no es ni concepto al fin y al cabo. En fin, son formalidades. Al sentirnos parte de la eternidad y el vacío, hemos perdido nuestras vidas y todas las circunstancias que las conformaban. Ya no somos personas, porque no existe ningún otro ser con quien compararnos; no tenemos sentimientos, porque no hay nada hacia que proyectarnos; no tenemos identidad, porque no hay nadie de quien distinguirnos. Aquí no hay día ni noche, no hay forma, no hay consciencia, ni cuerpo ni mente, ni conocimiento ni ignorancia, sólo un fluir continuo de la nada. Comenzamos a fluir, nos disolvemos poco a poco y nos confundimos con ella. Al fin y al cabo, si no hay nada, tampoco somos nadie. pero no estamos solos, somos la gran soledad. Ya no estamos en el vacío, somos el vacío; fuimos con él y ya nada contingente tiene sentido para nosotros. Más bien no es indiferente. No juzgamos, no valoramos. En realidad, no hay nada que juzgar y nada que valorar. No hay nada por lo que sufrir, sólo vacío y nosotros somos él. Es la no-experiencia del ego, nuestra personalidad puramente fenoménica ha caído. Es curioso pero el vació nos ha desnudado del ropaje de nuestras vidas, de los disfraces que teníamos por verdaderas esencias. Toda y cada una de las cosas que nos determinaban, ligaba y aferraban al mundo, han ido cayendo como los pétalos de una rosa, perecedera al fin y al cabo. Todo ha desaparecido menos el vacío que ocupaba. Éste sigue allí, formando parte del gran vacío, y esperando a un nuevo huésped para darle forma y hacerle soñar. Así nos dio la nuestra. Y nosotros que hemos comprendido la irrealidad de aquella, hemos vuelto a él. Todas las cosas llevan en sí el germen del vacío, después se concretan en el mundo y así forman las cosas condicionadas de la experiencia. Darse cuenta de todo esto es iluminarse por la verdad.

Llegar a experimentarlo es despertar de la gran ilusión de lo puramente fenoménico, de lo que sólo llena el vacío. Somos nuestro propio sueño, y cuando despertamos, desaparecemos y el despertar mismo pierde su sentido. Ahora que conocemos el gran secreto, volvemos la mirada al mundo y vemos cómo las personas viven un gran sueño común. Por aferrarse al mundo, sufren, son infelices y desequilibran su espíritu. Pierden la unicidad con el Ser. Y no hacen por voluntad. Inconscientemente profundizan en su innata ignorancia, dejándose enredar por sus propias ideas sobre las cosas, ideas que les alejan más y más del camino de la verdad.


Sabemos que tienen que regresar a su sencillez elemental, a la realidad primaria...pero claro, ¿cómo vamos a decírselo nosotros? No se puede hablarle a alguien de cosas, las cuales no está preparado para comprender. Cada persona debe seguir su propio camino y en su momento. El nuestro no les valdrá; es nuestro. Más vale que guardemos silencio y esperemos a que las cosas sigan su curso y que lo grande se vaya abriendo paso a través de cada uno. Sólo podemos dar consejos y enseñar. La vida tiene su forma de hacer las cosas y cada uno debe ser capaz de percibirla. No es cuestión de aplicar nuestras reglas al camino, sino percatarnos de hacia donde nos lleva y dejarnos guiar por él. Imaginémonos que el camino es un valle, este será nuestro sendero medio. Por él discurre la vida. Mientras seguimos por el fondo del valle, permanecemos en armonía con el universo y estamos en equilibrio. Aquí no hay lugar para contrarios, todo permanece en la unidad elemental. Sin embargo, si nos desviamos hacia una de las laderas, dejamos el fondo del valle y comenzamos a subir hacia la montaña. Nos desviamos del camino y creamos un desequilibrio, porque así se desequilibra él mismo, así que inmediatamente surge un contra-estado y se vuelve a la situación inicial. A causa de nuestra desviación, surgirá una desviación de igual magnitud, pero en el otro lado del valle. Habremos creado un par de contrarios. Pero el equilibrio resultante no será el equilibrio primario sino un remedio. El camino, por sí mismo, no puede manifestar contrarios porque éstos subsisten en él en identidad. Sólo el caminante puede crearlos desviándose del sendero medio. Por tanto sólo existen para él, no tienen naturaleza verdadera.

El Buda cuando llega a la otra orilla y vuelve la vista atrás, se da cuenta de que todo ha desaparecido, más bien, que nada existía realmente; ni esta orilla ni la otra, ni el río ni la barca, ni el bien ni el mal, ni el sufrimiento ni la felicidad, ni el samsara ni el nirnava. Sólo el Vacio (por darle algún nombre) es. Sólo él puede ser capaz de reconocer la verdad e integrarla-integración de sí mismo pero la transmisión se hace de corazón a corazón. La verdad fluye y si dejamos que nos impregne, le habremos integrado en nosotros, o más bien, ella nos habrá acogido. Debe ser una transmisión de corazón a corazón porque el saber que vamos a alcanzar no es intelectual no se puede explicar con palabras; es intuitivo, inconsciente, tiene que ser sentido. Por ello, es “una transmisión que está más allá de la doctrina” y “ni siquiera un maestro sabría transmitir la verdad”. Toda enseñanza queda limitada a indicar, a orientar hacia aquello que ya está en uno mismo, sin que lo sepa. Todos llevamos el germen del vacío en nosotros.

Debemos recorrer el camino para reunir nuestra pequeña gota de agua con el océano y dejar que su fluir nos muestre que somos uno, el universo, la gran soledad. Descubrir nuestra esencia es “mirar en el propio ser”. Y ese será el Gran Despertar, cual es pisar la otra orilla y mirar atrás. El enfermo de espíritu humano vive en un estado mental involuntario de ignorancia; no se da cuenta de que se mueve en un mundo de meras convenciones que determinan sus sentimientos. Vive en la ilusión de que sus ideas acerca de las cosas constituyen la realidad última de las mismas.

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