sábado, 22 de diciembre de 2007

TEMPLO DE SALOMON II PARTE


VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA
M.·.M.·.

Las historias genéricas y las especiales asignan a la institución masónica la antigüedad remota del Templo de Salomón. La magnitud para entonces colosal de la obra que la soberbia o el miedo del apodado Rey Sabio, hizo dedicar al dios de aquellas épocas, al terrible y colérico, al vengativo y sanguinario, al dúctil y caprichoso Adonaí, hubo de exigir el concurso de obreros y artífices de diversos países o regiones. El trabajo era lento, dificultoso, pesado; con pocas o imperfectas herramientas todavía para facilitarlo, y menos al tratarse de lo que habría de superar en magnificencia, riqueza y novedad a lo conocido entonces. 

Falanges, multitudes de operarios acampaban en este vasto campo; y fue preciso ordenar los grupos, metodizar los obrajes, dividir las faenas, disciplinar las gentes e imponer el régimen de los expertos, de los peritos, de los maestros, de los artistas sobre los braceros o simples cooperantes. La leyenda de Babel estaba fresca en la memoria, y el templo al miedo era éste que se levantaba, como el miedo fue quien elevó la Torre de la Ignorancia, la Babel simbólica, la perdurable Babel que siempre abatida y reedificada se perpetúa a través de las edades y las razas, mientras el miedo y la ignorancia nos traigan en la voluntaria confusión de la única lengua simplícisima e ingrediente que dios el verdadero, el padre bueno, infundió en la humanidad con su primer soplo de vida: Ama a dios como causa, y a tu prójimo como a ti mismo. Había pues, que evitar la confusión natural en esta nueva Babel. Sus ciclópeos muros se alzaban ya; laberintos, encrucijadas, vericuetos, subterráneos, andamiajes, talleres, estrépitos obstáculos hacinamientos, voceríos, nubes de polvo, diversidad de lenguas y de métodos, de caracteres y de índoles en ese pequeño pueblo en locura de trabajo. Años transcurrían y el tiempo iba haciendo nacer en ese campo al par que el colosal monumento, las malezas que son consecuencia en donde la humana raza se agrupa para convivir; las secreciones morales que como físicas, dejan los racionales doquiera que se aglomeran; adulación, intriga, bajeza, lucro, explotación, agiotaje, envidia, odio y rencores, celadas, infamias, tiranías. Ya eso era una ciudad, una nación en pequeño; la vida civil en su paradójica expresión.
 
Los más contra los menos, los malos contra los mejores, los fortalecidos contra los débiles, los arteros contra los ingenuos. Era, pues, preciso oponer fuerza contra fuerza, lucha contra lucha, derecho contra usurpación, libertad contra monopolio, secreto contra secreto, unión contra confabulación, igualdad contra usurpaciones, y he allí cómo (éste es el símbolo) desde los toscos muros del viejo Templo de Salomón quedaron escritas las tres sublimes palabras que muchos siglos más tarde, el Pueblo-Luz habría de sacar refulgentes y triunfantes para encabezar el Código de Derechos del Hombre.
Esas tres palabras que toda la humanidad puede leer con sólo alzar sus ojos hacia el firmamento en donde están escritas con signos diamantinos y verberantes; esas tres palabras simples pero inefables que sin confundir a las lenguas se puede contemplar y asimilar de cualquier punto del globo, toda raza, todo ser que sienta en sí el hálito del poder de lo equitativo y bueno, y que no tenga la necedad de creerse Rey de Pelotas de Barro que lo sustenta, sino ciudadano de la patria inmensa y única en donde no hay miserias ni limites: Libertad, Igualdad y Fraternidad.

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