miércoles, 28 de noviembre de 2007

NUESTRO SER MISTICO

 
VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA


En las leyendas que componen las diferentes corrientes de los pueblos del mundo, uno de los motivos más concurrentes más interesantes y misteriosos es la imagen de la puerta o portal que introducen al personaje central del relato en "otro mundo", en un mundo mágico o en una diferente dimensión del ser y la conciencia. Un ejemplo típico el simbolismo del tarot, este portal es representado por la carta llamada La Sacerdotisa; y en los naipes de Waite, por la entrada a un templo, oculta por un velo, tras el cual se sienta la sacerdotisa
con los rollos de la Torá entre las manos. En la mayoría de las grandes religiones universales se hace referencia a este "portal místico"; Cristo hizo alusión a él en el Sermón de la Montaña cuando dijo: "Entrad por la entrada estrecha, porque ancha es la entrada y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la entrada y qué angosto el camino que lleva a la vida! y pocos son los que encuentran." El gran misterio que rodea a esta entrada mística es de qué manera lleva a un mundo mágico en el que rige una dimensión distinta del ser. ¿Dónde reside el secreto de ese "¡ábrete Sésamo!" A fin de comprender mejor lo que significa esta puerta mística, es preciso definir la índole de lo masculino y lo femenino, los opuestos primordiales, ya que lo que abre es el misterio de una relación andrógina. 

Pero para apreciar los opuestos primordiales en su expresión más arquetípica, es necesario estudiar sus manifestaciones. Todo se manifiesta bajo la forma de dualidad, una relación de tensión entre el alma y dios; o entre maestro y discípulo, entre amante y amado, según sus creencias. Esta dualidad básica de los opuestos primordiales -ya sea que la consideremos como la dualidad de creador y creación, de espíritu y materia, de tiempo y espacio, cielo y tierra o tinieblas y luz- está muy próxima al corazón mismo de la existencia. Dichos opuestos cobran numerosas formas sin dejar de ser en esencia los mismos. Debemos repasar esas formas para comprender mejor su naturaleza esencial; y para ello lo mejor será considerar el papel que cumplen ante todo, en el gran macrocosmos de la naturaleza y luego dentro del microcosmos individual. 


En la mayoría de las escuelas iniciáticas, religiones y sociedades secretas aparece una pauta subyacente similar, expresada en lo que Carl Jung denominó los arquetipos, procedente de un fundamento psicológico colectivo. Uno de los temas preponderantes vinculado con la creación y la estructura de su cosmología, es decir de la separación de los procreadores del mundo. Por lo general esta separación en dos opuestos de lo que originalmente era una unidad se expresa en la separación entre cielo y tierra. Cielo y tierra son, la primera expresión de los opuestos primordiales. En la mitología griega asumieron la forma de Gaia o madre tierra y Urano, el cielo coronado de estrellas. Por tanto los primeros progenitores del mundo no son solamente el cielo y la tierra, sino el padre-cielo y la madre-tierra, opuestos arquetípicos de los principios creativo y receptivo que se expresan como padre y madre, macho y hembra. Charles Ponce, en su obra Alquimia: ensayos para una metafísica extrema, menciona dos mitos griegos que lo ilustran. El primero es el nacimiento de Atena o Atenea, que hace las veces del misterio griego del despertar. Este despertar místico se produce cuando la semilla de la vida es germinada por el relámpago que estalla entre la pituitaria y la pineal. Este destello sacude el aspecto receptivo y reflexivo de la mente consciente, constantemente pensante y creativa, y como tal representa la parte de la ecuación andrógina en que “lo masculino se vuelve femenino”. Esta imagen de lo reflexivo femenino y aprisionado por lo masculino, absorbido y limitado por el yo, se nos da en uno de los mitos de Zeus. Advertido de que la hija de Océano, Metis, a quien había tomado como amante, un día daría a luz un hijo (o alguno otra cosa) más poderoso que sus relámpagos, Zeus, deseoso de escapar a este destino, se tragó a Metis para encerrarla en su estómago. Pero ignoraba que ella estaba embarazada, y la presión que el fruto de su unión hacía por nacer le produjo a Zeus unos dolores espantosos en la cabeza. Para procurarse alivio se partió el cráneo con una enorme hacha, y del interior nació Atena, con la armadura resplandeciente como miles de soles. Ponce sugiere que este nacimiento de Atena representa “la consumación de una conciencia andrógina”; yo creo, más bien, que se trata sólo de su inicio, del primer paso en el logro de dicha conciencia. La partición del cráneo de Zeus con el hacha y la posterior liberación de Atena, lo “reflexivo femenino”, de la prisión del yo, es la experiencia del destello interior, y equivale a correr el velo de la existencia negativa, lo que confiere al sujeto la percepción de la vida eterna. En los pueblos de Mesopotamia la potencia productiva de la tierra había dado origen, a una divinidad en la que predominaba el elemento femenino. Cuando en las comunidades agrícolas como la del valle del Tigris y del Eufrates el culto al nacimiento se vinculó con el ciclo de las estaciones y el ritual de la vegetación, se concibió a la diosa tierra como el poder generador de la naturaleza en su conjunto; pasó a ser el causante de la renovación periódica de la vida. Asumió entonces la forma multifacética de madre y novia a la vez. La madre-tierra mesopotámica era fuente inagotable de una nueva vida. Consecuentemente el poder manifestado en la fertilidad, bajo todas las formas de personificó en esta diosa. Igualmente ocurrió con las culturas indoamericanas, donde la simbología de las fiestas solsticiales trasunta en el sol misterioso representa el papel masculino como fuente de luz, de calor y vida. El sol (ser fecundador padre) alumbra la tierra (ser receptivo madre), la fecunda y vivifica. Por eso lo consideraban rey de la creación, como el mejor de sus dioses. 

No sólo en la mitología griega, mesopotámica e Indo americana se expresaron estos opuestos sino en todas las culturas que han poblado en planeta. Se puede interpretar que cuando la mente normalmente creativa aprende a ser su opuesto receptivo, y la “diosa dormida” normalmente receptiva de Kundalini aprende a ser su opuesto creativo, se vivencia el misterio del andrógino divino, guía del peregrino una vez que transpone el Portal Místico e ingresa al templo interior. En este sentido podemos ver "con otros ojos" la representación más celebre de este Portal, el símbolo tradicional del Tao, el círculo dividido en una zona blanca y otra negra. El blanco y el negro representan los dos opuestos primordiales de la naturaleza, el yin y el yang, El Yin principio femenino receptivo y el yang principio masculino creativo. Pero importa observar que dentro de cada uno de estos principios está contenido su opuesto, figurado por los pequeños círculos de color opuesto: la semilla blanca dentro del yin negro y la semilla negra dentro del yang blanco. Estas “semillas” simbolizan de cada opuesto primordial. Cuando estas semillas fructifican, cuando el yang creativo se convierte en lo “femenino liberado” en el sentido receptivo, y el yin receptivo se convierte en lo “masculino resurrecto” en el sentido creativo, nace el andrógino divino, se abre el Portal Místico y el peregrino puede ingresar en el misterio “otro mundo” interior del alma. Y este principio del yin y el yang está representado en el pavimento de mosaico de los templos masónicos, interpretado por cuadrados negros y blancos que significa la dualidad y los opuestos como su aceptación a través de la tolerancia y el libre albedrío. Este pavimento está constituido por los pares de opuestos que se encuentran como caras de una moneda, el uno junto al otro como el día y la noche, el sueño y la vigilia, el dolor y el placer, la honra y la calumnia, el éxito y el fracaso, la dicha y la desdicha, el egoísmo y el altruismo de concebir lo positivo y lo negativo. Pero a pesar de existir el principio inamovible de la dualidad cabe agregar que no existen aquellos principios rígidos, pues el hombre es una
mezcla de positivo y negativo, que no hay el hombre totalmente bueno y que no hay hombre completo mal. Entonces lo que existe es la polaridad, son tendencias o aproximaciones hacia lo positivo o hacia lo negativo, lo que hace que una persona se incline más hacia una virtud positiva o hacia un defecto negativo, pero sin que esto quiera decir que lo positivo excluye a lo negativo o viceversa. Pero importa observar que todos los misterios tienen como principal finalidad esta experiencia iniciática, el despertar del andrógino divino, llevadas a cabo por vía de la iniciación mágica, de abrir hacia el interior los ojos inmortales del hombre, exaltando su poder de percepción hasta que fueran capaces de recibir el mensaje de un grado más alto de realidad. 

 El Portal conduce al santuario del ser interior. Es la entrada a “un lugar sagrado”, donde “se pisa tierra santa”; la entrada a un templo no construido por manos ni por herramientas humanas; la entrada al “jardín cerrado” donde se da el oculto y secreto encuentro entre el espíritu y el ser externo. Es también el comienzo del gran viaje que atraviesa el arco iris, llega a la tierra mágica de Oz, que sale en busca del Grial, deja atrás la ciudad de la destrucción y transponiendo el umbral del portal inicia su peregrinación hacia una ciudad celestial. Una vez abierto el Portal, se extiende recto y claro el antiguo camino delante del indagador. Desde adentro lo convoca la admonición: “Entrad por la entrada estrecha...” Y pocos son los que encuentran.



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