miércoles, 28 de noviembre de 2007

CREES EN LA SUERTE




VÍCTOR MANUEL GUZMÁN VILLENA


Con suerte nos encontramos en una situación en la que el resultado de todos nuestros intentos y propósitos depende de la casualidad. Por ejemplo, el ladrón de bancos, que es reconocido por un guardia de seguridad que casualmente es nuevo en el puesto, y que conocía ya a este ladrón porque lo había visto actuar previamente en otra sucursal, no tiene suerte. Mientras que la buena suerte tiene normalmente que ver con que los acontecimientos nos sean favorables (o adversos si fracasan) de forma inopinada, “por casualidad”, no tiene por qué necesariamente ser “probable”. A veces la gente tiene suerte
incluso cuando cuentan con ventaja. En mi juventud jugué a la ruleta rusa y estoy vivo para contarles. Tuve suerte a pesar de que únicamente una de las seis recámaras del revolver estaba cargada de forma que las probabilidades favorecían mi supervivencia. Fue sólo “por casualidad” que el juego me saliera bien. Alguien que sale ileso de un accidente serio tiene suerte, incluso si en el accidente estaban involucradas más personas, y la mayoría de ellas consiguieron sobrevivir (por ejemplo, en este caso sobrevivir era probable). Decimos que ha tenido suerte puesto que fue solamente por casualidad que nuestro superviviente estuvo entre los afortunados y no entre los desafortunados. Es más, cuando el número de probabilidades es muy elevado y el lugar que le queda a la casualidad es mínimo, sería más preciso hablar de fortuna más que de suerte. (El que gana a la lotería tiene suerte, el que pierde no es que no la tenga, sino que ha sido desafortunado) La suerte interrumpe el devenir normal de los acontecimientos. En consecuencia, no tenemos ciertamente derecho a esperar que “la suerte nos sonría”. Es precisamente porque vivimos en un mundo en el que las cosas no salen normalmente así por lo que tendemos a pensar que cuando los acontecimientos nos son favorables es algo extraordinario, y por ello decimos que “hemos tenido un golpe de suerte”. Tener “una racha de buena suerte” es más inusual y por lo tanto, merece la pena que se celebre. Tenemos suerte sobre todo siempre que los acontecimientos nos sean favorables inesperadamente y sin haber planeado nada al respecto, y lo somos muy especialmente cuando nos ocurre en contra de todo pronóstico. Si pierdes una aguja en un pajar y la encuentras en el primer montón de hierba en el que buscas, has tenido suerte. Para hablar de suerte un acontecimiento tiene que ocurrir en contra de todo pronóstico digno de confianza. 

El que gana el bingo tiene suerte, pero el que pierde, sabiendo la baja probabilidad de ganar, no tiene ningún derecho a decir que ha tenido mala suerte, a pesar de que en cierto sentido haya sido desafortunado. “Tendría que haberlo visto venir” puesto que se trataba de algo altamente probable; era de esperar y no le debería haber sorprendido en absoluto. Según las estadísticas, habría que volar diariamente durante 4.000 años en un vuelo regular para esperar que ocurriese un accidente (e incluso en este caso uno tendría posibilidades de sobrevivir). Así que no podemos hablar de suerte si llegamos a nuestro destino sanos y salvos, aunque eso sí, por supuesto que tendríamos mala suerte si sufriéramos un contratiempo. Según esto, la suerte implica la imposibilidad de la predicción.
Pero un análisis que determine cuándo un acontecimiento se puede calificar de afortunado debe elegir entre una de las siguientes alternativas: (1) que sea racionalmente impredecible, (2) que sea de hecho inesperado para los sujetos afectados, y (3) en circunstancias normales, que sea racionalmente impredecible para los beneficiarios, aunque en principio puede ser predecible por otros en su nombre. No vamos a optar aquí por la primera opción, porque inoportunamente excluye de tener suerte al sujeto desconocido al que su tío rico le da una buena sorpresa en su cumpleaños. Queda también descartada la opción segunda porque excluye al loco esperanzado que gana a la lotería porque tenía una confianza ciega (aunque absurda) en ello. La compleja combinación que funciona en el tercer caso muestra el camino correcto a seguir en esas circunstancias. Una decisión unida a la habilidad, el talento, la intuición y el esfuerzo apartan a la suerte de la escena. Las cosas que salen mal dada la falta de diligencia, esfuerzo y habilidad, o las que salen bien gracias al ejercicio de éstas no pueden achacarse propiamente a la mala suerte. Aquella persona que le sale todo mal por ser un incompetente es desafortunada, pero no se puede decir que no tenga suerte ya que el resultado de sus acciones es absolutamente “el esperado”. Pero si consideramos el caso del presidente al que le ocurre una catástrofe de la que no es responsable, tendremos que admitir que este hombre no tuvo suerte. No obstante, hay que tener en cuenta que se dan también casos más complejos. El conductor temerario que tiene un accidente en circunstancias en las que normalmente no ocurre nada, además de no tener suerte es desafortunado. Incluso en el caso de asuntos arriesgados, en los que las cosas salen bien de forman puramente accidental, dado lo inadecuado de la información que se maneja, todavía se puede decir que has tenido suerte. El hecho de atribuirse la suerte puede resultar inapropiado al demostrar que no hay nada de importancia en juego, (que el resultado de los acontecimientos no es ni bueno ni malo, sino absolutamente indiferente), o bien al demostrar que lo que aparentemente era impredecible no era real en el sentido de que el beneficiario en cuestión tenía buenas
razones para esperar un resultado determinado (por ejemplo, por ser el resultado lógico tras haber realizado determinados esfuerzos). La buena suerte exige que el resultado favorable no sea fruto del curso normal de las cosas, ni fruto de un plan o una previsión, sino “por equivocación”, por causas totalmente ajenas a nosotros o como dice el Lexicon Philosophicum de Goclenius de 1613 “que no sean resultado de la laboriosidad, la intuición, o la sagacidad de un hombre, sino de causas totalmente ocultas”. De tal forma que el concurso de la suerte hace depender el resultado de lo que ocurre de forma casual y no de lo que ha sido previamente planeado. Siempre que hablemos de suerte, entra en juego el riesgo, lo imprevisible, dejando un hueco a la sorpresa. Siendo razonables no podemos esperar recoger peras de un olmo. Siempre que los acontecimientos nos sean favorables y sean fruto del esfuerzo, y que nos sean adversos por causa de errores, culpas o fallos, es decir, cuando la casualidad no intervenga, no podemos hablar de suerte. 


La persona que permite que un individuo en el que confía termine con los ahorros de toda una vida es desgraciada, pero hablando con propiedad, no podemos decir que no tenga suerte. Sí que podríamos hablar de suerte, sin embargo, si perdiera todos estos ahorros en una aventura financiera prometedora. (En el caso de que el individuo en cuestión hubiera elegido a su víctima entre un grupo al azar, sí se podría decir que además de desgraciada, tuvo también mala suerte).



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