miércoles, 28 de noviembre de 2007

EVOLUCION DE NUESTRO SER


VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA


La evolución significa el desarrollo progresivo de la complejidad organizativa. Esta definición es expresión de la idea de que el organismo más capaz de controlar el medio y a todos los organismos que lo habitan es el más desarrollado. “La supervivencia de los más aptos” significa que el organismo más evolucionado en un medio dado es aquel que se encuentra situado en la cumbre de la cadena alimentaría en ese medio. Por tanto, y según esa definición, el organismo más capaz de asegurarse su propia supervivencia es el más evolucionado. Nuestro profundo entendimiento nos dice que un ser auténticamente evolucionado es aquel que valora a sí mismo, y que valora el amor más de lo que valora el mundo físico. 

Ahora debemos conseguir que nuestra comprensión de la evolución si corresponda con este profundo entendimiento. Es importante que lo logremos, puesto que nuestra comprensión habitual de la evolución refleja la fase de ésta que estamos abandonando precisamente ahora. Si realizamos un examen de esta comprensión, podemos percibir hasta que punto hemos evolucionado, y qué es lo que estamos a punto de dejar atrás. Al reflejar una comprensión de la evolución nueva y en expansión, aquella que acepta nuestras verdades más profundas, podemos comprobar hacia donde vamos evolucionando, y lo que eso significa para nuestra experiencia, nuestros valores y la manera en que actuamos.

 Este camino de la evolución nos permitirá comprender los principios básicos del universo de manera concreta. Gracias a nuestros sentidos, sabemos que cada acción es una causa que provoca un efecto, y que cada efecto posee una causa. Sabemos los resultados de nuestras intenciones. Sabemos que la cólera mata. Sabemos que la bondad nos nutre. Además experimentamos nuestras habilidades para mejorar el conocimiento. Por ejemplo comprobamos que un palo puede servir de herramienta y podemos averiguar los efectos cuando la elegimos para utilizarla. Las manos que fabrican bombas pueden construir escuelas. Comprobamos también que cuando las actividades de la vida se encuentran infundidas de respeto, se llenan de sentido y obtienen buenos resultados. Vemos asimismo que cuando ese respeto es ajeno a las actividades vitales, el resultado es otro que la crueldad, la violencia y la soledad. El ruedo físico es un medio de aprendizaje magnífico. Se trata de una escuela gracias a la cual, y a través de la experiencia, llegamos a entender qué provoca que lleguemos a expansionarnos o a contraernos, qué es lo que hace que crezcamos o, por el contrario, que nos encojamos, qué alimenta nuestras almas y qué las agota, qué funciona y qué no. Cuando se contempla el medio sólo a través de los cinco sentidos, la supervivencia física se nos muestra como el único criterio de evolución, puesto que no se puede detectar ningún otro. Así, la supervivencia de los más aptos se nos presenta como sinónimo de evolución y el dominio físico constituye, aparentemente, la principal característica del avance evolutivo. La necesidad de dominación física produce una clase de competencia que afecta a cada aspecto de nuestras vidas. Influye en las relaciones entre amantes y entre superpotencias, entre parientes y entre razas, entre clases sociales y entre sexos. Quiebra la tendencia natural hacia la armonía. El poder de controlar el medio y a quienes se encuentran en él es un poder sobre el que todos hemos sentido, probado, visto o escuchado. Se trata de un poder externo que puede ganarse y perderse, comprarse o venderse, transferirse o heredarse. Se piensa en él como algo que puede arrebatarse o encontrarse en algún lugar. Percibimos el aumento de poder de una persona al tiempo que otra lo pierde.

La violencia y la destrucción son los resultados de contemplar el poder de esta forma. Todas nuestras instituciones, sean políticas, económicas, sociales reflejan esta manera de entender el poder. Las familias como las culturas son patriarcales o matriarcales, algo que los niños aprenden muy pronto y marcan sus vidas. Los policías y militares son producto de la percepción del poder como algo externo. Las condecoraciones, las botas, uniformes, rangos, implementos de comunicación y las armas son símbolos de miedo.

 Quienes los llevan temen enfrentarse sin defensas al mundo. Los demás temen el poder que representan. La policía y los militares, de la misma manera que las familias y las culturas patriarcales o matriarcales, no tienen origen en la percepción del poder como algo externo. Son reflejos de la manera en que nosotros, en tanto que especie y como individuos, hemos llegado a contemplar el poder. La percepción del poder como algo externo ha marcado también los sistemas económicos, cuyo control está concentrado en muy pocas manos. Hemos creado los sindicatos y asociaciones para proteger a los trabajadores de estas personas. Con el fin de salvaguardar los intereses de los pobres hemos organizado sistemas de defensa. Todo esto es un perfecto reflejo de cómo hemos llegado a percibir el poder: como una posesión perteneciente a una minoría, al tiempo que la mayoría cumple el rol de víctimas. El dinero es un símbolo de poder. Quienes poseen más riquezas tienen mayor capacidad para controlar su medio y a quienes hay en él, mientras que los que carecen de ello tienen menor control del medio y de quienes en él están. El dinero se adquiere pero también se pierde, se roba, se hereda y se lucha por él. La educación, la posesión social, la fama y los objetos que somos propietarios son símbolos de poder externo. Pero en realidad es un incremento de nuestra vulnerabilidad. Y esto es consecuencia de contemplar el poder como elemento externo. A partir de esta percepción, aquellos que se encuentran en la cúspide nos parecen los más poderosos y, por lo tanto, los más valiosos y los menos vulnerables. En el centro de la consecución del poder se ubica la violencia. El beneficio secundario se halla detrás de los conflictos regionales, ideológicos, religiosos o personales. Esta percepción de poder hace pedazos la psique, tanto si se trata de la del individuo como de la comunidad, nación o región. No hay diferencia entre una esquizofrenia aguda y un mundo en guerra, entre la agonía de una alma destrozada y una nación devastada. Una pareja se enfrentan al poder originan idéntica dinámica que cuando los seres humanos de una raza temen a otra. Partiendo de este tipo de dinámicas, hemos ido formando nuestra comprensión actual de la evolución como un proceso de capacidad siempre en aumento para dominar el medio y a todos los que se encuentra en él. Pero nuestro entendimiento más profundo nos conduce a buscar otra clase de poder. Un poder que ama la vida en cualquiera de sus formas, que no juzga pero que percibe su significado y las intenciones hasta el más íntimo detalle sobre la tierra. Al sintonizar nuestros pensamientos y acciones con la parte más elevada de nosotros mismos, nos llenamos de entusiasmo, de objetivos y de significado. La vida es rica y plena; dejamos de tener pensamientos rencorosos y recuerdos de miedo. Nos hallamos alegres y comprometidos con nuestro mundo. Esta es la experiencia del verdadero poder.

Este poder auténtico hunde sus raíces en la fuente más profunda de nuestro ser. El verdadero poder no puede comprarse, heredarse o acumularse. Una persona verdaderamente poderosa es incapaz de convertir a otra en víctima; es tan fuerte -tiene tal poder- que no acepta la idea de utilizar la fuerza contra otros seres.

Una comprensión de la evolución no es adecuada cuando no se tiene como núcleo el hecho de que nos encontramos realizando un viaje hacia el auténtico poder, y que éste es el fin de nuestro proceso evolutivo y el objetivo de nuestro ser. Evolucionamos desde una especie que persigue el poder exterior hacia otra que busca el poder auténtico, y en este camino dejamos atrás la exploración del mundo físico como único medio de evolución y rechazamos el conocimiento que es fruto de la conciencia limitada a la modalidad penta sensorial. Estos ya no son los métodos adecuados para el mundo que estamos obligados a configurar.

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