lunes, 9 de marzo de 2009

LA INDUSTRIA DE LA FELICIDAD


VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA

“Felices los felices”, decía el metafísico escritor argentino Jorge Luis Borges en sus bienaventuranzas. Los políticos nos dicen que trabajan para nuestra felicidad, aunque nadie les haya dado permiso. Y con esta idea se sienten autorizados a cruzar a menudo la frontera que separa lo público de lo privado. Por nuestro bien, por supuesto. Y con nuestra resignada aceptación, porque ¿Quién se resiste a ser feliz? Desde los medios de comunicación se apela a una visión positiva de las cosas. A los comunicadores se piden buenas noticias, porque la gente quiere ser feliz. Y las actitudes críticas, que un día parecían casi condición de estilo del debate público, son rechazadas como resentimientos de mentes anticuadas que no saben ser positivas. Se ofrecen manuales de salvación que ponen la felicidad al alcance de cualquier espíritu con tal de que sea suficiente sumiso y tenga suficiente capacidad de creencia. Los libros de autoayuda sustituyen o refuerzan a la religión en la tarea de conseguir lo que se llama “crecimiento personal”. Y franquicias de religiones nos traen las promesas de felicidad y de reconciliación consigo mismo. Las farmacias están llenas de remedios para la mejora del cuerpo y de rebote del espíritu, con la promesa implícita de alejar a la muerte de nuestras vidas. Del gimnasio a los rigores de las dietas alimenticias, toda la industria del cuerpo y del espíritu consigue grandes ganancias con la promesa de una felicidad que a menudo se concreta en el aumento de la esperanza de vida como fantasía de inmortalidad. 

Quizá tenga yo razón cuando afirmo “que ésta es la primera sociedad que ha hecho a la gente infeliz por ser feliz”. Estamos sumergidos en una cultura y en una economía de la felicidad que nos invita a sustituir el placer por la ganancia, haciéndonos esclavos de una absurda contabilidad del deseo. Cada día se nos ofrece felicidad entre las mercancías de consumo. Adquirida una nueva mercancía ya se nos ofrece otra. De modo que la felicidad acaba siendo un ejercicio de sufrimiento permanente para conseguirla. 

La felicidad como premio al esfuerzo bien orientado. Nada nuevo, al final de todos los sistemas de valores acaba apareciendo siempre la sospecha de que la constancia tiene premio. Y sin embargo, nada de esos tiene que ver con la felicidad. Porque la felicidad es un arte de lo indirecto, que como ya sabían los clásicos tiene que ver con la virtud pero también con la suerte. Aristóteles se preguntaba “si la felicidad es algo que puede adquirirse por el estudio o por la costumbre o por algún otro ejercicio, o si sobreviene por algún destino divino o incluso la suerte”. En el cristianismo la felicidad es la gracia y la gracia se distribuye al capricho de Dios.

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