lunes, 2 de marzo de 2009

PROLONGACIONES DE NUESTRO YO


VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA
5769
Gracias al invento de la fotografía, podría decirse que que no morimos del todo. Gracias a ella nuestra imagen perdura en unos papeles o cartones, más o menos resistentes o en el disco duro resultado de la cámara digital, que con el paso del tiempo permiten reconstruir nuestra peripecie personal. Según las ocasiones, aparecemos en blanco y negro o en color, con cara de ángel o de delincuente común, aniñados o envejecidos. Alguien escribió que los mejores y más objetivos biógrafos son los álbumes de fotografía familiar. Por lo demás, dichos álbumes, según sea nuestra edad cronológica, podrían calificarse de activos cementerios, puesto que la mayoría de las personas que figuran en ellos han desaparecido. Su ventaja consiste en que nos permiten reencontrar, tal y como fueron, a nuestros padres, a nuestros abuelos, a nuestros bisabuelos. Los ahora chicos pueden retroceder más aún y establecer toda suerte de paralelismos en torno a los caprichos y los saltos de la genética. Un amigo mío descubrió hace poco que con sólo dejarse crecer el bigote y la barba era la viva estampa de uno de sus antepasados maternos, muy famoso en la política liberal de antaño en nuestro país. 

El cine, por su parte -y lo mismo cabe decir de la televisión- introducen en otra dimensión. Ahí ya no se trata de la fotografía estática, sino del ser humano en movimiento, con sus características posturales. Hasta un determinado momento, el cine servía para perpetuar la imagen de los artistas que aparecían en él; de un tiempo a esta parte proliferan por doquier los cámaras domésticas, donde gracias a ellas nosotros morimos menos aún. 

A mayor abundamiento, la radio, los discos, las cintas magnetofónicas, los CD perpetúan nuestra voz. realidades, todas ellas, que denotan consciente, aspira a pellizcar la inmortalidad aunque él mismo no pueda ser testigo del hecho. “nos prolongamos en nuestros hijos y en nuestras obras”, se decía antaño. he aquí que el ingenio humano ha encontado fórmulas menos alegóricas, más eficaces: lo que se prolonga es nuestra propia identidad. Ojalá hubieran existido la fotografía, el cine y video en la época de los patriarcas bíblicos, de los filósofos griegos, de los conquistadores romanos o en nuestro caso los Incas, Mayas o Aztecas. En la época de Buda, de Confucio, de Cristo, de Mahoma. De los compositores como Bach y Mozart, de los artistas como Miguel Angel o el Greco. Las esculturas y el pincel nos han legado el rostro o el cuerpo entero de esos prohombres que marcaron una época o cambiaron el ritmo de la historia; pero de la mayoría de ellos no tenemos el menor apunte válido. A lo sumo, contamos con alguna que otra descripción escrita, más o menos aduladora o hagiográfica, sin la menor garantía de veracidad. Y, por supuesto, sus movimientos los están vedados, así como el color y el brillo de la mirada. ¡La mirada! Dato básico fundamental. ¿Como era los ojos de Jesús? ¿Qué rayos despedían los ojos de Calígula, de Galileo Galilei? También son fundamentales la manera de asombrarse y la manera de caminar. En cierto sentido podríamos afirmar que la auténtica historia de los grandes personajes empieza con la aparición de la fotografía y del cine.

Lo anterior es oscurantismo, especulación. Nadie puede asegurarnos que la piedra, o Herodoto no deformaron la realidad de los acontecimientos. Nadie puede demostrar la realidad de los acontecimientos. Nadie puede demostrar siquiera que quienes protagonizaron las antiguas hazañas existieron verdaderamente; podría muy bien tratarse de legendarias encarnaciones llevadas a cabo por el pueblo llano o por los jefes tribales del momento. La fotografía y el cine son fenómenos capitales, que lo mismo nos acercan a lo infinitamente grande que a lo infinitamente pequeño. Gracias a una y otro sabemos algo de la piel de las serpientes o del plumaje de las aves, y al propio tiempo de las manchas del sol o de la superficie de Venus. Y de nuestro mundo intestinal. De todo lo dicho podría inferirse que, desde que se inventaron la fotografía y el cine, no sólo no morimos del todo, sino que vivimos un tanto desnudos y a merced del oportunista de turno. Por fortuna, las ventajas compensan con creces. 

Tales inventos, al permitirnos como antes dije, reconstruir nuestra peripecia personal, nos prestan un señalado servicio. Son espejos de carácter retroactivo. Podemos vernos con pañales; vestidos de primera comunión; en el colegio, haciendo el servicio militar; embobados con nuestro primer amor, recibiéndonos de profesionales; entrando en la etapa de los serios o luego después al volante de nuestro primer vehículo, nuestra mesa de trabajo y de nuestra primera secretaria. Todo un mundo de recuerdos -propios y ajenos- que a lo mejor se habrían perdido para siempre.

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