sábado, 16 de agosto de 2008

EL COMUNICADOR


VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA

Si se ejerce con ética profesional, la comunicación sociales uno de los trabajos más apasionados que puede realizar el ser humano. No consiste sólo en la mera transmisión de noticias, sino que abarca un conjunto de “intereses” que envuelven las actividades de una sociedad. Así, el comunicador se convierte en el sujeto que capta tales actividades y que, al transmitirlas a la comunidad, influye en ella en una forma notoria. Es necesario hacer una evaluación de la influencia que los medios de comunicación masiva tienen, sobre la sociedad. Ya Marshall Mc.Luhan lo puntualizó al dar a conocer su famosa tesis de que “el medio es el mensaje”, y ello con independencia de contenido.

Desde tal enfoque, las sociedades se conforman en virtud de la extensión de sus medios comunicativos; es decir, éstos, como la luz eléctrica, llevan implícito el contenido. Sin estar completamente de acuerdo con tesis tan radical, se puede concluir que ésta parte de un a priori: precisamente el de la poderosa influencia de los medios sobre la comunidad. “Todo romano estaba rodeado de esclavos. El esclavo y su psicología inundaron Italia antigua y todo romano se convirtió por dentro y sin saberlo, por supuesto en un esclavo. Debido a que vivía constantemente en un ambiente de esclavos llegó, por conducto de su inconsciencia, a infectarse con la psicología de ellos. Nadie puede escudarse contra una influencia parecida”. (Contribución Analítica de la Psicología, Londres) La cita que hace Mc. Luhan sobre la influencia de los esclavos en la visión de las cosas de sus amos, según Jung, resulta perfecta para percatarse de la que a su vez, tiene la radio, prensa, cine, televisión, revistas, libros, etc. sobre nuestra vida contemporánea. 

 El comunicador es un generador de noticias y, al mismo tiempo, un moldeador o hacedor de opinión pública. Por eso su responsabilidad es enorme. El comunicador con ética sabe que su labor no es un pasatiempo, sino una profesión que implica muchas horas de trabajo. Es consciente que el manejo de espacios periodísticos implica solvencia moral sin que importe el área o el medio en que se ejerza. El comunicador tiene que tener la claridad absoluta que su mensaje está contribuyendo a configurar una sociedad mejor. La vida del comunicador puede resultar tan apasionante como su profesión: tiene oportunidad de conocer a personas que se desenvuelven en diferentes áreas de la actividad humana; de estar en el lugar de los hechos, y llevar una existencia enriquecedora. Quizá porque muchas personas se están percatando de esos beneficios, ha ido en aumento el deseo de consagrarse a la comunicación social. Sin embargo, abundan los mediocres; pero también existen aquellos de vocación e interés por la comunicación, que manejan adecuadamente las herramientas de su profesión con solvencia y moral. La aldea global es una realidad. 

El uso de los medios de comunicación sin previo análisis de que lo que son y lo que significan para la vida del hombre actual, resulta negativo. Nuestros antepasados inmediatos vivían en mundos tan escasos de información, tan solitarios y marginados. Su problema era la soledad y la escasez informativa. Hoy la información es abundante y uno de los más graves problemas de ese caudal es la falta de jerarquización para poner a cada información en su nivel, evitando confusión y destinando a obtener mayor beneficio en la “comunicación de masas”.

(Artículo escrito en octubre de 1985, diario La Verdad)

miércoles, 13 de agosto de 2008

APLICACION DE NUESTRAS VIRTUDES

VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA

El arte del guerrero, cualquiera que sea su religión, no consiste en agredir al otro, sino en cultivar la tradición de la valentía que permite luchar eficazmente contra la angustia y las dificultades. En este sentido, todos podemos cabalgar por la vida sin miedo y sacar a flote lo mejor de nosotros mismos.
Lo que pasa es que la gran mayoría no sabe como. Todo el mundo tiene la capacidad, pero, muchas veces, ni siquiera sabe que la puede explotar. Pues bien, la enseñanza del Shambhala, inspirada en la sabiduría oriental sigue estos objetivos.

El nombre de Shambhala viene del Himalaya legendario. En occidente casi no se conoce, pero se comienza a interesar a todos aquellos a quienes les apasiona el tema del control mental. Las enseñanzas del Shambhala tienen características laicas; es decir no tiene referencia alguna con religión y además, utilizan el lenguaje cotidiano.





En 1975, Chogyan Trungpa, discípulo del Dalai Lama fue llamado a los Estados Unidos para que enseñara el budismo. Cuando éste descubrió el ritmo de vida de los norteamericanos comprendió que, antes de todo, debía enseñarles a tomar la vida con calma. Para ello puso en práctica este tipo de meditación. Les dijo: “Siéntense en un cojín muy cómodo como lo haría un rey en su trono. Todo está bajo control; nada viene de afuera. Así que saquen a flote todas sus fuerzas positivas”. Es un trabajo interior formidable que, bien utilizado, permite a cada uno sacar lo mejor de sí mismo; es decir, que favorece el encuentro de las virtudes guerreras: el valor, la ternura, la preocupación por los demás, la sensibilidad y la fuerza. La meditación libera el alma de todo lo que la perturba. Se apoya en ejercicios respiratorios que buscan apaciguar el espíritu. Así, las cosas parecen más sencillas y las soluciones se encuentran más fácilmente.

Estas enseñanzas no se dirigen al intelecto, sino al corazón y a la intuición y, por eso se dice que las mujeres son más receptivas. El aprendizaje del Shambhala requiere de un ciclo en donde los participantes se inician en el conocimiento de la bondad, el control al miedo, la sincronización del cuerpo y alma y la aceptación de las dificultades para aprender a superarlas. Es un método estructurado en diferentes etapas. En cada una de ellas, uno se acerca más a la verdadera comprensión de sí mismo.

El Shambhala nos sumerge en la autenticidad liberada de razonamientos y nos ayuda a comunicarnos sin sentir temor hacia el mundo. Los adeptos a esta práctica son muy entusiastas y no dudan en invitar a todo el mundo a unirse a ellos. La persona realiza un viaje por su interior, descubre sus potencialidades y aprende a vivir en paz sin ceder a las presiones externas.


Los estudios del Shambhala se componen de cinco niveles de estudio que recorren varios aspectos interesantes:

1) La magia cotidiana que consiste en ver desde una perspectiva diferente las cosas cotidianas;
2) El nacimiento del guerrero, aquí se aprende a conectarse con sus emociones sin sentir miedo;
3) Calma y paz donde se dan conceptos claves para relacionarse con el mundo exterior sin perder el control;
4) El despertar donde se intenta liberar a las personas de los puntos de vista radicales para ampliar su campo de visión; y,
5) Cielo abierto donde se enseña los mecanismos que ayudan a encontrar su propia razón de ser y, en esa medida alcanzar la autenticidad. Con esto logramos explorar nuestro interior y descubrir todas las fuerzas positivas que llevamos dentro.

jueves, 7 de agosto de 2008

-EL SUFRIR ES RELATIVO



VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA

Todo cambia. Nada permanece inmóvil, todo está en constante vibración expresa la filosofía hermética, la cual nos ha llegado desde el antiguo Egipto. Si todo está en movimiento y nada permanece en reposo entonces para qué angustiarse. De lo dicho: si perdemos al ser más querido, ese día será muy doloroso y se surge ante nosotros un abismo por la muerte del familiar. Pasan los días y nuestra alma sufre su ausencia. Pasan los meses y se comienza a tranquilizar. Pasa un año, y el recuerdo del ser querido comenzó a esfumarse. Después de unos tres años, todo ha desaparecido, la ausencia, pena, recuerdos, todo se desvaneció. Lo que significa que todo es relativo.



Otro ejemplo, tú eres una persona descollante. Existe la impresión de que eres insustituible en el ámbito familiar, en el espacio púbico. Y te llegó la hora de partir de este mundo. La gente repite la consabida frase: una pérdida irreparable. A las pocas semanas, todos los vacíos que dejaste están cubiertos. Todo sigue funcionando como si nada hubiera sucedido.

Cuando amanece y llega el periódico, tú abres y quedas abrumado por las noticias de los sucesos de tu ciudad, país y del mundo. Al día siguiente, de nuevo te sientes estremecido por la serie de noticias fatalistas. Las noticias del día anterior ya no te impactan. Al tercer día, la prensa da cuenta de nuevos horrores que vuelven a impactarte profundamente. Las noticias de los dos días anteriores ya se esfumaron. Nadie se acuerda de ellas. Y así día tras día. Todo fluye, como las aguas de un río; que pasan y no vuelve.

En síntesis, aquí no queda nada, porque todo pasa. Absolutamente los acontecimientos de cada día, de cada instante; pero comprobamos una y otra vez que todo es tan relativo. Por tanto ¿Qué sentido tiene sufrir hoy por algo que mañana no será? La gente sufre a causa de su miopía, o mejor aún, porque están dormidos.


Aplica esta reflexión a tu vida familiar, y veremos que aquella tremenda crisis familiar del mes pasado ya pertenece a la historia; y el susto que hoy te domina, un mes después sólo será un recuerdo.

Sentados frente al televisor nos deprimimos por los sucesos políticos, los campeonatos, competencias, la crónica roja y la desinformación. Mientras vamos mirando el noticiero nuestro estado de ánimo sube o baja como si en cada momento se jugara nuestro destino eterno. Pero no hay tal: todo es efímero como el rocío de la mañana. Nada permanece, todo pasa, entonces ¿Para qué angustiarse? Todo es inconsciente, pasajero. Por tanto el secreto es reducirlo todo a su dimensión objetiva.

Todo lo que sucede en el mundo y nuestro alrededor está marcado con el signo de la transitoriedad. En la historia, toda parece, resplandece y desparece, nace y muere, viene y se va. Las ilusiones del “yo” y los sentidos exteriores nos ofrecen como real, lo que en realidad es ficticio. Es necesario salir del error y de la tristeza: el error de creer que la apariencia es la verdad, y de la tristeza que el humano experimenta al palpar y comprobar que lo que creía no era sino una sombra vacía.

Hay que tomar conciencia de la relatividad y así ahorrar energías para tomar vuelo y elevarse por encima de las emergencias atemorizantes, e instalarse en el fondo inmutable de la presencia de sí, del autocontrol y la serenidad; y, desde esta posición, balancear el peso doloroso de la existencia, las ligaduras del tiempo y el espacio, la amenaza de la muerte, los impactos que le vienen al humano desde lejos o desde cerca.

La vida es movimiento y combate y las armas son la paz y la pasión para luchar contra la angustia. Y el humano para que pueda disponer de la pasión y la paz necesarias para levantar un mundo de amor debe estar libre de tensiones y bañada de serenidad. Así que siempre que estés dominado por las angustias, pongamos a funcionar este resorte: relativizar.

¿QUE ES RELATIVIZAR?



Es una palabra ambigua. Muchos tienen la idea de que, al relativizar, estuviéramos encubriendo o disfrazando algo. Creen que es como ponerse unos anteojos de azul para ver en azul. Justamente se trata de hacer todo lo contrario: de quitarse los anteojos y las caretas para ver las cosas tal como son, para reducirlas a sus exactas dimensiones y aceptarlas como son; en suma relativizar vale tanto como objetivar; y es uno de los medios más eficaces para aliviar el sufrimiento.

Y este sufrimiento es porque la mente humana tiene la tendencia de revestir de valor absoluto a cuanto nos sucede en el momento, debido a la naturaleza de la mente humana, y por la manera de experimentar la realidad.

La manera de experimentar las cosas es la siguiente: Sentir una emoción, al “vivir” un hecho es tal la identificación que se da entre esa vivencia y la persona, que aquella absorbe a ésta de tal manera que la persona tiene la impresión de que en este momento no hubiera más realidad que esa vivencia.



Y como la persona carece de distancia o perspectiva para apreciar objetivamente la dimensión de lo que está viviendo, porque la vivencia es demasiado inmediata y le envuelve completamente, y por eso la absolutiza, tiene la sensación de que lo que está sucediendo en este momento, tiene la entidad desmesurada, a causa de su proximidad, y de la falta de términos de comparación, de que el mundo se redujere a esto y que siempre será así. Por eso la persona se inunda de angustia sintiéndose dominada enteramente por esa sensación. Por tanto hay que relativizar, ya que nada es absoluto y permanente, sino que se transforma.

miércoles, 30 de julio de 2008

EL MANDIL MASONICO



VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA

El mandil es una prenda de vestir que siempre ha estado ligado a todas las escuelas iniciáticas, desde la más remota antigüedad y llega hasta nuestros días. En el antiguo Egipto, el mandil era triangular con la cúspide para arriba, el ceñidor era su más importante característica, estaba intensamente magnetizada y dispuesto de modo que abarcase un disco de materia etérea a fin de separar la parte sutil del cuerpo físico de la parte densa del mismo.

En la economía levítica de los israelitas, los sacerdotes llevaban siempre puesto el “abnet” o delantal blanco, el cual formaba parte de las ropas ceremoniales de los sacerdotes y significaba emblema de santidad y pureza, siempre caracterizada en la divina naturaleza y el culto digno a su Dios.
En los misterios persas de Mitra se investía al candidato con un cíngulo, una corona o mitra, una túnica de púrpura y, por último un mandil blanco, en cuanto había recibido la luz tan solicitada.


En las ceremonias iniciáticas practicadas en la India, se investía a los candidatos con el “sash” o “zennaar” sagrado, compuesto de nueve hilos que terminanaban en un nudo, y que pendía desde el hombro izquierdo a la cadera derecha, semejante a la banda masónica.

La secta de los esenios, que por su organización es la institución secreta de la antigüedad más inmediata a la masonería, investía siempre a sus candidatos con el ropaje blanco.

En los ritos escandinavos, en que el genio militar de este pueblo creó una iniciación guerrera, se entregaba al candidato un escudo blanco en vez de mandil, cuya ceremonia iba acompañada de ciertas enseñanzas simbólicas, no muy diferentes de las que se dan al entregar el mandil masónico al iniciado.

En todas estas clases de investiduras e independientemente del material y de su forma, se trataba de expresar la idea de pureza. La adopción del mandil en la masonería se debe indudablemente a la que los albañiles empleaban en la Edad Media, como prenda necesaria para su trabajo. Ellos los antiguos operarios nos han dejado como legado, su nombre, su lenguaje técnico, su prenda de vestir, con la cual protegían sus vestidos de las manchas que producía su trabajo.


Para los masones especulativos el recibir el mandil es un distintivo de la Masonería y la más honrosa de todas las condecoraciones humanas, porque simboliza el trabajo, que es la única fuente de salud, de la virtud y de la riqueza. Y eso da derecho a sentarse entre hermanos. Su blancura es el emblema de la inocencia y del candor y da entender que así debe reinar en nuestros corazones. Por eso siempre se instruye que no debe mancharse, sino mantenerse limpio con las virtudes que el masón debe aplicar en todas sus actividades de la vida. Y si en caso manche se impedirá que vuelva a usarlo.
EL MANDIL DE VOLTAIRE

El material con que se debe ser confeccionado es de piel de cordero, que es el animal sagrado escogido por los antiguos sabios e iniciados para significa, al igual que el color blanco, la inocencia y la pureza; por tanto el color como el material simboliza el estado del alma en evolución, como la de un niño, que mientras progresa ésta va tomando colores más brillantes hasta llegar a las vestiduras donde se concentra todos los colores.

El mandil del aprendiz lleva la baveta levantada formando una figura de cinco puntas, símbolo del hombre quíntuple. Esta forma de utilizar el mandil sirve para que el aprendiz se cubra el plexo solar, una de las partes más sensitivas que tiene el cuerpo psíquico del humano. Sirve de protección ante todos los ataques del mundo profano y de todos sus peligros. Además de cubrirse de las energías negativas, da confianza de estar a salvo así sea en el lugar más peligroso donde se encuentre. En los grados superiores se deja caída la baveta, porque el alma ya está en el cuerpo y por su medio actúa.

Sin el mandil no se puede asistir a los trabajos, ya que simbolizando la nueva piel que recubre y le ayuda a superar todos los obstáculos que se le presenten al, ya que es un manto de pureza e inocencia que deja aflorar la conciencia individual para que pueda trabajar y desarrollar en completa paz y armonía sin que el mundo profano perturbe la tranquilidad del pensamiento y del espíritu y no pueda romper la armonía reinante cuando estamos a cubierto y se abren los trabajos.

Es la pureza e inocencia de los actos que realiza todo masón dentro y fuera del taller de la honradez, con imparcialidad y sobre todo con la verdad, y la libertad de pensar y actuar.

domingo, 27 de julio de 2008

EMPATIA COSMICA


VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA


En cartas anteriores habíamos tratado el tema de la supresión de las obsesiones, del personalismo y de la figuración fatua, del Yo. Esperando que hayamos conseguido liberarnos vamos a cristalizar en el amor y la unidad. La única muralla de separación entre el otro y yo es el “yo”. Al afirmarse en sí mismo y por sí mismo, el “yo” se siente distinto y, de alguna manera, opuesto a lo que no es él. De esta oposición nace una suerte de tensión o dialéctica, acompañada de un cierto sentimiento de inquietud. En definitiva, se produce algo parecido a un conflicto dualista, cosa que desaparece en cuanto es derribada esa muralla.



En cuanto el humano se siente ligado y abrazado a sí mismo, diferente y opuesto a los demás, le nace automáticamente la inseguridad, por el hecho de encontrarse solitario; y, a la inversa, al desligarse de sí mismo y dejarse arrastrar por la corriente universal, se siente inmerso en la unidad con todos los seres, encontrando seguridad y armonía.

Ya no existen el sujeto y el objeto como polos opuestos; desaparece también la dicotomía yo-tú, yo-mundo. Y en este momento, al perder los seres vivos (sobre todo el hombre) sus perfiles diferenciales, el hombre se siente emparentado con todos los seres en su realidad última y acaba por instalarse en una común-unidad con todos en la más entrañable fraternidad. Es una experiencia de la unidad universal. Que sean uno.

Es más que amor. En el amor, una persona ama a otra persona. Pero en esta experiencia los dos sujetos acaban por sentirse uno como parte del otro, formando una empatía cósmica, hasta llegar a sentir las cosas del otro como suyas propias. Es obvio que en este contexto no caben rivalidades ni envidias.
Cuando el hombre ha detenido la actividad de la conciencia ordinaria, no se produce un vacío “hueco”, sino que la conciencia se hace presente en sí misma. Se trata de una presencia vital de la mente que se transparenta a sí misma. Es decir mi realidad esta toda en sí y toda en el universo.

Por eso el sabio respeta todo, venera todo, de tal manera que en su interior no da curso libre a actitudes posesivas ni agresivas. Es sensible hasta sentir como suyos los problemas ajenos. No juzga, no presupone, nunca invade el santuario de las intenciones. Sus entrañas están tejidas de fibras delicadas, y su estilo es siempre de alta cortesía. En suma, es capaz de tratar a los demás con la misma reverencia y comprensión con que se trata a sí mismo. Ama al prójimo como así mismo.

Es capaz, además, de cargar a hombros con el dolor de la humanidad. Sufre como suyas las llagas de los dolientes. Habiendo apagado la pasión del “yo”, ha pasado definitivamente a la compasión con el mundo.


¿Cómo lograr?

Para conseguir esta liberación se necesita, en primer lugar, una práctica intensiva y constante de mente vacía.



En segundo lugar, es necesario que vivas despierto, atento a ti mismo. Mediante una constante introspección-meditación-intuición tienes que descubrir que el “yo” (el falso yo) es la raíz de todas las desventuras, y debes convencerte de la falacia e inexistencia de esa imagen ilusoria de ti mismo.
No le des satisfacciones a esa fiera hambrienta del falso yo. Cuanto más alimentas, más tiranía ejercerá sobre ti. Si hablan mal de ti, no te defiendas; deja que sangre hasta morir el amor propio. No te justifiques si tus proyectos no salieron a la medida de tus deseos. No des paso a la autocompasión que es el bocado más apetecido por el “yo”. No busques elogios en forma abierta ni solapadamente. Rehúye sistemáticamente los aplausos. No saborees el éxito. Ahuyenta en tu intimidad los recuerdos halagüeños, que también son bocados exquisitos para el “yo”.



Si le vas retirando el aceite a tu lámpara acabará apagándose. Esta es la batalla de la libertad.

Recuerda que pasará un tiempo para saborear la deliciosa fruta de la liberación; aunque en el camino habrá vacilaciones, retrocesos y desalientos.
Asi es la naturaleza humana. Comienza por aceptarla tal como es.

viernes, 11 de julio de 2008

EL YO POR EL NOSOTROS CON SABIDURA

El sabio puede sentarse en un hormiguero,pero sólo el necio se queda sentado en él. (Proverbio chino)

VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA


LO PRIMERO EL EJERCICIO

Escoge un lugar tranquilo. Siéntate en una posición cómoda. El tronco y la cabeza deber permanecer erectos, las manos colocadas sobre las rodillas, a ser posible como las palmas hacia arriba. Mantengamos los ojos abiertos y fijos, pero no tensos, sino relajados en un punto que esté ubicado frente a ti, a una distancia menor de un metro. Suelta todo el cuerpo varias veces, hasta que lo sientas equilibrado .

Concéntrate en tu respiración. A ser posible, haz la respiración abdominal. Recuerda que toda respiración consta de inhalación (absorción de aire) y exhalación (expulsión del aire). Respira por la nariz y inhalando tanto aire cuanto puedas, suavemente. Luego exhala tranquila y lentamente, expulsado el aire hasta vaciar los pulmones. Al exhalar pronuncia suavemente (mental o verbalmente) la palabra “nada”; sintiendo la sensación de nada, que todo tú ser se vacíe, al tiempo y de la misma manera que se vacían de aire los pulmones.


Vuelve a inhalar, y vuelve a exhalar pronunciando “nada”, sintiendo que todo tu ser se relaja que tu cerebro, brazos, estómago, piernas, quedan vacíos. Lo decisivo es permanecer el mayor tiempo posible con la sensación de mente vacía.

Al principio, tu mente no se vaciará tan fácilmente; al contrario, las imágenes rebeldes te acompañarán. Es normal. No trates de expulsar por la fuerza los pensamientos, no les des importancia, déjalos, suéltalos. Y vuelve a sentir el vacío al pronunciar “nada” durante la exhalación. Paulatinamente irás consiguiendo esa sensación sedante de serenidad en todo tu ser, como, si la nada te cubriera de la cabeza a los pies y te penetrara. Es un descanso profundo.



Puedes hacerlo durante unos diez minutos después de levantarte y diez minutos antes de acostarte. Puedes hacerlo también durante el día, cuando te sientas tenso o cansado. Cuanto más tiempo nos dediquemos a este ejercicio, mejor. Si al hacer este ejercicio te sientes soñoliento o demasiado rígido, déjalo para otro día.

El secreto de conseguir nuestro fin, vaciar la mente, está en la práctica tenaz y perseverante, sin impaciencias y tranquila y armónicamente, así avanzaremos paso a paso. La clave está en repetir y repetir el ejercicio, mejorando cada un vez un poco más los efectos. De pronto comenzaremos a percibir que las obsesiones ya no nos dominan como antes, las tensiones se sueltan, las ansiedades desaparecen, que duermes mejor, que eres más paciente y que estás recuperando el gusto de vivir. Hay que continuar y continuar incasablemente en la práctica diaria.

Ahora el que ha dominado el vacío mental y que se ha vaciado de sí mismo es un sabio.Si logramos vaciar por completo volveríamos a la infancia de la humanidad. Aquí desaparecen los adjetivos posesivos “mío”, “tuyo”, así como los verbos “pertenecer”, “poseer”, verbos que son fuente de fricciones y conflictos en todos los sentidos de la vida, porque es el “yo” el que tiende con sus brazos largos las cadenas apropiadoras de las cosas, hechos y personas.



El que se vacía de sí mismo experimenta la misma sensación lenitiva que cuando desaparece la una fiebre alta: descanso y refrigerio, justamente porque el “yo” es llama, fuego, fiebre, deseo, pasión.

Todos sabemos que el interior del humano es frecuente morada del dolor. El que ha visto cómo el temor surge de la pasión, sabe que la tranquilidad de la mente se adquiere apagando la pasión. Basta despertar, abrir los ojos, levantar la cabeza y tomar conciencia de que está en un error, que estamos suponiendo que era real lo que en verdad era irreal.

Lo que importa es detener la actividad de la conciencia ordinaria, porque ella es una actividad centrada en el “yo”. Cuando la mente actúa, lo hace necesariamente alentando y engendrando el “yo” egoísta; el cual, a su vez, extiende sus brazos apropiadores (que son los deseos de poseer, la codicia, la sed de gloria) sobre objetivos – sucesos – personas, naciendo de esta apropiación los temores y sobresaltos. Al anular el curso de la actividad mental, desaparece este proceso.


EL MUNDO NUEVO

El vacío de la mente instala al hombre en un mundo nuevo, en el mundo de la realidad última, diverso del mundo de las apariencias en que normalmente nos movemos. Nada desde afuera, nada desde adentro logrará remecer la serenidad del sabio. Lo mismo que un huracán deja inmutable el acantilado, así los disgustos dejan impasible al sabio. Y de esta manera se situará más allá de los vaivenes de las emociones y de las pasiones.


La presencia de sí es perturbada normalmente por los delirios del “yo”. Pero, una vez eliminado el “yo”, el sabio adquiere plena presencia de sí, y va controlando cuando ejecuta, al hablar, al reaccionar, al caminar.
Por este sincero y espontáneo abandono de sí mismo y de las cosas, el verdadero sabio, una vez libre de todas las ataduras apropiadoras del “yo”, se lanza sin impedimento en el seno profundo de la libertad. Por eso, una vez que ha conseguido experimentar el vacío mental, llega a vivir libre de todo temor y permanece en la estabilidad de quien está más allá de todo cambio. Así al sentir desligado de si mismo, va entrando lentamente en las aguas tibias de la serenidad, humildad, objetividad, benignidad, compasión y paz. En cambio el hombre artificial, esto es, el que está sometido a la tiranía del “yo”, está siempre vuelto hacia afuera, obsesionado por quedar bien, por causar buena impresión, preocupado por el “qué piensan de mí”, “qué dicen de mí”; y el vaivén de los avatares, sufre, teme, se estremece. La vanidad y el egoísmo atan al humano a la existencia dolorosa, haciéndolo esclavo de los caprichos del “yo”.

La persona sabia, en cambio, es un ser esencialmente vuelto hacia dentro: como ya se libró de la obsesión de la imagen, porque se convenció de que el “yo” no existe, le tiene absolutamente sin cuidado todo lo que se piense o se diga en referencia a un “yo” que sabe que no existe; vive desconectado de las preocupaciones artificiales, en una gozosa anterioridad, silencioso, profundo y fecundo.

Se mueve en el mundo de las cosas y los acontecimientos, pero su morada está en el reino de la serenidad. Desarrolla actividades exteriores, pero en su intimidad está instalada en aquel fondo inmutable que, sin posibilidad de cambio, da origen a toda su actividad.

Si logramos vencer y vaciar nuestra mente la cobra podría inyectarle su veneno, pero el sabio no tendrá fiebre. Pero… es imposible, la cobra, que es el cólera, no puede atacar al sabio. Sus fuentes profundas están purificadas, y el agua que brota desde ellas no puede menos de ser pura. Sin poder ni propiedades, el sabio hace camino mirándolo con ternura y tratando a todos con respeto y veneración. La túnica que lo envuelve es la paciencia, y sus aguas nunca serán agitadas.

lunes, 30 de junio de 2008

LA PACIENCIA DE APRENDER A VIVIR


VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA M.·.M.·.

A las pocas semanas de nacer, los pájaros vuelan, los patos nadan, los gatos salen a cazar. A los quince minutos de haber salido a la luz, el ternero ya se pone de pie y comienza a caminar detrás de su madre. No necesitan aprender a caminar, volar, nadar, cazar. Por el mero hecho de existir, disponen de todos los resortes necesarios para defenderse y sobrevivir. Se podría decir que todas las técnicas vienen elaboradas en las entradas de su organismo; las traen aprendidas sin necesidad de entrenamientos: es el equipo instintivo que los conduce certeramente por los manimos de la supervivencia. 

No sucede así con el humano. Una vez nacida, la criatura humana es el ser más desvalido de la creación. Todo tiene que aprender; con la particularidad de que el instinto funciona espontáneamente, casi mecánicamente; y, en cambio, el uso de la inteligencia presupone riesgos, porque obliga al hombre a realizar un complejo proceso de análisis, comparación, exclusión, opción, todo lo cual involucra grandes incertidumbres e impredecibles emergencias. Y por este camino le llega al hombre un desabrido visitante, que, como sombra nunca más se apartará de su lado: La ansiedad.

El aprendizaje del arte de vivir no se termina cuando el humano alcanza su mayoría de edad, o al conseguir un título académico para ejercer una profesión y ser autónomo. Porque vivir no consiste en ganarse el sustento cotidiano o en formar un hogar. ¿Qué consigue el hombre al haber asegurado una sólida situación económica o con haberse educado o formar un hogar, si su corazón sigue agonizando en una tristeza mortal? 

Vivir es el arte de ser feliz. Y ser feliz es liberarse, en mayor o menor grado, de aquella ansiedad que, de todas formas, seguirá porfiadamente los pasos humanos hasta la frontera final. 
El arte de vivir consistirá, pues, en una progresiva superación del sufrimiento humano, y, por este camino, es una paulatina conquista de la tranquilidad de la mente, la serenidad de los nervios y la paz del alma. 


Pero no hay que creer que esta felicidad se puede conseguir por arte de magia o como un regalo de navidad. Si para obtener un título universitario o montar una empresa próspera el humano ha necesitado largos años de esfuerzo, constancia, disciplina, metodología y sobre todo tenacidad a toda prueba, que nadie sueñe con doblarse la mano de ansiedad o en ganar la batalla del sufrimiento, llegando así a aquel anhelado descanso de la mente, con un trabajo esporádico y superficial. 
Cuando decimos paciencia, significa esfuerzo, orden y dedicación en la práctica del autocontrol, relajación, meditación. 
No vamos a conseguir nada con solo leer esta Carta o abrigar dentro de nosotros buenas intenciones; es imprescindible que los deseos se transformen en convicciones, y las convicciones en decisiones. Las decisiones, a su vez, tienen que conducirnos de la mano a reordenar un programa de actividades para dar sentido a nuestra vida. 
Este sentido de la vida es un valor que da valor a los demás valores como son: las palabras, actitudes, reacciones, revestidos de un color y brillo tan particular como es la alegría que es la sensación de plenitud que, en el otoño de nuestros años volverán nuestras miradas hacia atrás para exclamar que valió la pena esta venturosa aventura. 
El objetivo central de una vida no se conseguirá sin una dedicación metódica y ordenada. Para poder ahuyentar las sombras y dar lugar a la alegría es imprescindible someterse a un ejercicio de autocontrol y meditación a lo largo de su vida.
No hay que olvidar que la vida misma es un misterio general e imponderable; es un ejercicio ejecutado en momentos diferentes produce resultados diferentes en una misma persona. La vida es esencialmente ilógica, porque es esencialmente movimiento: movimiento oscilante de altibajos, sin vislumbrarse, con frecuencia, las causas que originan tan desconcertante vaivén. 


Cuando el ser humano tendría motivos más que suficientes para saltar de alegría, está abatido. De pronto, en los días azules, su alma está nublada; y en los días nublados, su alma está en azul. No hay lógica.
La persona deseó ardientemente conquistar aquella meta soñada, y, alcanzado el sueño, se queda insatisfecha, con un amago de decepción. De repente cuando los negocios iban viento en popa, su estado de ánimo está por los suelos; y cuando, a su alrededor, todo es desastre y ruina, no se sabe que don interior lo estimula para seguir luchando. 
Paciencia, es el arte de saber, significa tomar conciencia de que la naturaleza humana es así. Hay que comenzar por aceptarla tal cual es, para no asustarse cuando los resultados no sean proporcionales a los esfuerzos o cuando los efectos hayan sido extrañamente imprevisibles.

martes, 10 de junio de 2008

VACIAR NUESTRO EGO


VICTOR MANUEL GUZAN VILLENA
M.·.M.·.
Año 5767
R.E.A.A. 

La persona es una realidad conjunta y un conjunto de realidades. La persona tiene una constitución fisiológica, una capacidad intelectual, una estructura temperamental, un equipo instintivo. Todo ese conjunto está precedido y compenetrado por una conciencia que, como dueña, integra todas esas partes.
Ahora bien: esa conciencia proyecta para sí misma una imagen de toda la persona. Aquí podemos analizar lo que una persona es, y a eso lo llamamos realidad, y otra cosa la imagen que se forma de esa realidad. 

Si la realidad y la imagen se identifican, hemos llegado a la sabiduría u objetividad. Pero generalmente la conciencia comienza a distanciarse de la apreciación objetiva de sí mismo en un doble juego. 

Primero, no acepta, sino que rechaza su realidad; en segundo lugar, le nace el complejo de omnipotencia: desea y sueña con una imagen “omnipotente”, de desear ser así pasa insensiblemente a imaginar ser así: una imagen ilusoria e inflada que se llama el yo. 



Después pasa a confundir e identificar lo que soy con lo que quisiera ser , y en este proceso de falsificación, el humano se adhiere emocionalmente y a veces morbosamente, a esa imagen aureolada e ilusoria de sí mismo, en una completa simbiosis mental entre la persona y la imagen. 

Aquí no estamos hablando del verdadero yo que es la conciencia objetiva de la propia identidad, sino de su falsificación o apariencia, que es la que, normalmente prevalece en el ser humano y que se llama YO.

En definitiva, el yo es pues, una ilusión. Es una red concéntrica tejida de deseos, temores, ansiedades y obsesiones. Es un centro imaginario al que acoplamos y atribuimos, agregamos y nos referimos en todas las vivencias sean sensaciones o impresiones, recuerdos o proyectos. 

Este centro imaginario nace, crece y se alimenta con los deseos y, a su vez, los engendra, tal como el aceite alimenta una llama de una lámpara. Consumido el aceite se extingue la llama. Anulado el yo cesan los deseos y viceversa, apagados los deseos se extingue el yo. Esto llamaremos la liberación absoluta.
El yo no existe como entidad estable, como sustancia permanente. Es mudable. El yo consta de una serie de yoes que se renuevan incesantemente y se suceden unos a otros. Es tan sólo un proceso mental que está constantemente en curso de destrucción y construcción. 

El yo no existe. Es una ilusión imaginaria. Es una ficción que nos seduce y nos obliga a doblar las rodillas y extender los brazos para adherirnos a ella con todos los deseos. Es como abrazarse a la sombra. No es esencia sino pasión encendida por los deseos, temores y ansiedades. 

En definitiva vivimos una mentira. Y esa mentira ejerce sobre las personas una tiranía obsesiva. Están tristes porque sienten que su imagen perdió color. Día y noche sueñan y se afanan por agregar un poco más de brillo a su figura. Caminan de sobresalto en sobresalto, danzando alucinados en torno a un fuego fatuo, y en ese ritmo, esa danza general, los recuerdos le amargan, las sombras le entristecen, las ansiedades los turban y las inquietudes los punzan. Y así el yo les roba la paz del corazón y la alegría de ser felices en el vivir. 

El yo levanta murallas. Su lema es: todo para mí, nada para ti. Ataca, hiere y mata a quien brille más que él. Detrás de todas las batallas que el yo prepara, dirige y lucha, siempre pretende flamear la bandera y la imagen del yo. Es un parto nocturno que da incesantemente a luz los amargos frutos de las envidias, las venganzas, rencillas y divisiones que asesinan el amor y siembran por doquiera dolor y muerte. 

El amor propio no quiere perdonar; prefiere la satisfacción de la venganza: una locura, porque sólo él se quema. A las personas no les importa tanto tener como el aparecer; les interesa todo lo que pueda resaltar la vana mentira de su figura social. Por eso se mueren por automóviles, mansiones, vestidos, relumbrantes fiestas de sociedad, aparecer en las páginas de los periódicos, en las pantallas de televisión, entrevistas; por todo aquello, en fin, que sea apariencia. Es un mundo artificial que gira y gira en torno de esa seductora y vana vida. 

En suma, el yo es una loca quimera, es una vibración inútil que persigue y obsesiona. Es un flujo continuo e impermanente de sensaciones e imprecisiones, acopladas a un centro imaginario. 

LIBERACION

La tranquilidad mental es un estado en el que el humano deja de referirse y agarrarse a esa imagen ilusoria. La liberación consiste en extinguir la llama de la vanidad del yo y tomar conciencia de que están abrazados a una sombra. 

La tarea de liberación consiste, pues, en vaciarse mentalmente, para convencerse de que el supuesto yo no existe. Así como el origen de todo dolor está en el error de considerar la imagen del yo como entidad real, la liberación del sufrimiento consiste en salir de ese error. 

 
Y desde ese momento, como caído el árbol, caen las ramas, así como consumido el aceite se extingue la llama de la lámpara, de la misma manera yugulado el yo, quedan cercenados los sentimientos que estaban adheridos al centro imaginario.

Extinguido el yo, se apagan también aquellas emociones que eran, al mismo tiempo, madres e hijas del yo; temores, deseos, ansiedades, obsesiones, prevenciones, angustias. Y, apagadas las llamas nace en el interior un profundo descanso, una gran serenidad. 



Muere el yo con sus adherencias, y nace la libertad, y para ello uno tiene que pasar a través de la oscuridad para poder llegar a la luz.

domingo, 1 de junio de 2008

BUSCANDO LA FELICIDAD

VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA M.·.M.·.

Año 5.767
R.E.A.A.



Desde antes de ver la luz, el humano trae escrita en sus entrañas la historia de su vida, y si no la historia misma, al menos los rasgos generales. Efectivamente: marcadas y selladas, allá, en las últimas unidades vivientes llamadas genes, trae el humano escritas claves cifradas las tendencias fundamentales que conforman el entramado de una personalidad: inclinaciones hacia la sensibilidad, sensualidad, timidez, impaciencia, generosidad, nobleza, mezquindad. A esto le llamamos los códigos genéticos.


Esta estructura no cambia. Se muere como se nace. Podemos, eso sí, mejorar, como también empeorar, pero siempre a partir de la estructura básica. No hay que hacerse ilusiones: un tipo orgulloso, rencoroso, por ejemplo, nunca se transformará en un ser apacible, humilde corazón. 

Quienes nacieron encantadores, encantadores morirán. Estructuras personales fuertemente inclinadas a la melancolía, por ejemplo, o negativamente conformadas, no serán esencialmente alteradas, aunque sí podrán ser mejoradas. 

Pero esta mejoría lleva un ritmo lento y desigual. Y esta mejoría se puede observar, y observar aprendiendo a controlar los nervios, sufre menos que antes, se encuentra más relajado, eso es una señal que va bien, que avanza.

Los sufrimientos provenientes de un modo de ser nunca desaparecen totalmente; pero pueden suavizarse hasta tan punto que el sujeto se siente más aliviado, casi feliz. 

 
Por tanto siempre es válido hacer el esfuerzo y la lucha para canalizar las energías para una ordenada puesta en práctica de la liberación. Es necesario despertar una y otra vez y tomar conciencia de que la vida es corta y que esta vida no se repetirá, y que tampoco podemos regresar a la infancia para reiniciar esta aventura. Los años no perdonan. La mayor desdicha humana consiste en experimentar que la existencia se nos escurre entre las manos sin haber saboreado la miel de vivir. Vale la pena dedicar todos los esfuerzos a la tarea de las tareas, que es alejar de nuestras fronteras a los enemigos de nuestra vida el sufrimiento ya tristeza. Y para alcanzar la cima de esta cumbre siempre debe acompañarnos la paciencia. 


Nosotros seres de la sociedad de la tecnología nos hemos acostumbrado a solucionar nuestros problemas buscando y esperando la salvación, poco menos que mágicamente, de los consultorios y medicamentos. 
Eso es una vana ilusión y una peligrosa dependencia. Lo menos que puede suceder es que acabamos perdiendo la fe y al confianza en nosotros mismo, descuidando todo nuestro esfuerzo y abandonándole en un rincón a la paciencia y, sobre todo, olvidándonos el hecho de que llevamos en nuestras manos armas poderosas para salvarnos a si mismo, para ello hay que armarse de paciencia y ceñirse de coraje.
 

viernes, 23 de mayo de 2008

QUE ES EL DESPERTAR

VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA
M.·.M.·.

Año 5.767 R.E.A.A.
La conciencia es como una minúscula isla, situada en medio de un océano de profundidades insondables y horizontales casi infinitas. Este océano se llama el subconsciente. A la vista nada se advierte. Todo está en calma. Pero en lo profundo todo es movimiento y amenaza. Hay volcanes dormidos que, de pronto, pueden entrar en erupción, energías ocultas que guardan retenida el alma de un huracán, fuerzas propulsoras que encierran gérmenes de vida o de muerte.
El humano, por lo general es un sonámbulo que camina, se mueve, actúa, pero está dormido. Se inclina en una dirección y con frecuencia no sabe por qué. Irrumpe aquí, grita allá, corre, más tarde se detiene; acoge, rechaza; llora, ríe, canta; ahora triste, después contento; son, generalmente, actos reflejos y no plenamente conscientes. Da la impresión de ser un títere movido por hilos misteriosos e invisibles.
En el mar profundo del hombre, el lado irracional y desconocido, mediante mecanismos que parecerían sortilegios, lo van llevando en direcciones inesperadas y, en ocasiones por rumbos disparatados.


Es allí cuando nos planteamos ¿Qué se hizo de la brújula? ¿Funciona la libertad? Cuántas veces el humano no entiende nada y sufre. Sufre porque está dormido. No se da cuenta de que el sufrimiento es puramente subjetivo. 
La mente es capaz de dar a luz fantasmas alucinantes, que luego atormentarán sin piedad a quien lo engendró. Los miedos son, generalmente sombras fantasmagóricas sin fundamento ni base en la realidad. Por eso está dormido. Y dormir significa estar fuera de la objetividad. Dormir es sacar las cosas de su dimensión exacta. Dormir es proyectar mundos subjetivos sobre los sucesos exteriores. Las inseguridades y temores son, por lo general, hijos de una obsesión.
El miedo, insisto, engendra y distingue fantasmas por todas partes; éste no me quiere, aquél está en contra mía, ese proyecto está destinado a fracasar, todos se han conjurado en contra mía, están tramando desplazarme de mi trabajo, aquellos otros me han retirado su confianza, aquélla ya no me mira bien, aquella otra no me saluda como antes, ¿qué le habrán contado acerca de mi?, la otra se muestra ahora fría y distante conmigo, ¿Qué habrá pasado?... 
Y todo no es sino un engaño, o al menos, una espantosa magnificación o suposición. No hay nada de eso, o muy poco. Está dormido. Muchas personas viven del susto y alucinaciones en pleno día, con el mismo realismo con que se vive las pesadillas a media noche. Los fantasmas narcisistas pueblan el alma de ansiedades y no pueden darse cuenta de que todo es materia subjetiva, de que están dormidos. De tanto dar vueltas a sucesos infelices, acaban magnificándolos, y no se dan cuenta de que están soñando. 


Les sucede lo mismo que a las bolas de nieve: cuantas más vueltas dan, más grandes se hacen. De pronto se sienten amenazados por el terror, sin caer en la cuenta de que solo se trata de una manía persecutoria, una alucinación que inventa y dibuja sombras siniestras, cuando, en realidad nada de eso existe; están dormidos. Hechos intrascendentes los transforman en dramas, y pericias ridículas las revisten con ropajes de tragedia. Están dormidos. 
La toma de conciencia


Es preciso despertar. Y despertar es salvarse; es economizar altas cuotas de sufrimiento.

¿Qué es, pues, despertar?

Es el arte de ver la naturaleza de las cosas, en uno mismo y en los demás, con objetividad, y no a través del prisma de los deseos y temores.
Despertar es tomar conciencia de tus posibilidades e imposibilidades. 
Las posibilidades para abordarlas, y las imposibilidades para dejarles a un lado; darte cuenta de si un determinado hecho tiene remedio o no; si lo tiene, para encontrarle solución; si no lo tiene, para olvidarlo, tomar conciencia de que los hechos consumados, consumados están, y es inútil darse cabeza contra ellos.
Despertar es darte a ti mismo un toque de atención para caer en cuenta de que te estás torturando con pesadillas que son pura fantasía, de que lo que te espanta no es real; darte cuenta de que estás exagerando, sobredimensionando cosas insignificantes y que las suposiciones de tu cabeza estás revistiendo con visos de veracidad.
No te das cuenta de que tus pretensiones son sueños y nada más; y tus temores puras quimeras. Déjalas a un lado, porque son meros abortos de tu mente. Saber que los sueños, sueños son; saber donde comienza la ilusión y dónde la realidad. Saber que todo pasará, pero aquí no queda nada, que todo es transitorio, precario, efímero. Que las penas suceden a las alegrías, y las alegrías, a las penas; saber que aquí nada hay absoluto; que todo es relativo, y lo relativo no tiene importancia o tiene una importancia relativa. 
Despertar, en suma, es saber que estabas durmiendo. 


Despertar
Basta despertar y se deja de sufrir. En la oscuridad de la noche, estás cubierta de tinieblas. Amaneces y la pregunta es ¿Dónde se escondieron las tinieblas? No se escondieron en ninguna parte. Sencillamente, no eran nada. Y al salir a la luz se ha comprobado que no era nada. De la misma manera, cuando tú estás dormido, tu mente está poblada de sombras e inquietudes infundadas, te embarga la tristeza. 
Amanece, despiertas; y ahora ves que tus temores y tristezas no eran nada. Y al despertar se esfuma el sufrimiento, como se esfumaron las tinieblas al amanecer. 
Despertar y dejar de sufrir
 
Siempre que te sorprendas a ti mismo, en cualquier momento del día o de la noche, agobiado por la angustia o el temor, piensa que estás dormido o soñando; haz una nueva y correcta evaluación de los hechos, rectifica tus juicios, y verás que estabas exagerando, presuponiendo, imaginando. Dedícate asiduamente al ejercicio de despertar. 
Siempre que te encuentres turbado, levanta la cabeza y sacúdete, abre los ojos y despierta. Muchas tinieblas de tu mente desaparecerán, y grandes dosis de sufrimiento se esfumarán. Para ello adoptemos un estilo de vida más reflexivo para no hacernos daño nosotros mismos por nuestra falta de crecimiento personal. 
Conocernos y fortalecernos nos ayuda a desarrollar nuestro poder interior. Tenemos que hacer el esfuerzo de acceder a la sabiduría viva interna que nos permita vivir mejor contando con nosotros, ya que la información más valiosa para nuestro crecimiento personal está dentro de nosotros mismos. Si aprendemos algo más de nosotros mismos desarrollaremos una identidad llena de valores y aspiraciones. 


Y para vivir en plenitud tomemos en cuenta que en nuestras vidas no existe una respuesta correcta. Todo es relativo. No hay nada absoluto. Todo es como un juego de magia donde podemos aprender que uno puede pasar de la oscuridad al poder de la luz mediante un corazón abierto, una mente adquisitiva y una práctica diaria de conciencia basada en la ética, la meditación y la sabiduría. 

Etiquetas