martes, 10 de junio de 2008

VACIAR NUESTRO EGO


VICTOR MANUEL GUZAN VILLENA
M.·.M.·.
Año 5767
R.E.A.A. 

La persona es una realidad conjunta y un conjunto de realidades. La persona tiene una constitución fisiológica, una capacidad intelectual, una estructura temperamental, un equipo instintivo. Todo ese conjunto está precedido y compenetrado por una conciencia que, como dueña, integra todas esas partes.
Ahora bien: esa conciencia proyecta para sí misma una imagen de toda la persona. Aquí podemos analizar lo que una persona es, y a eso lo llamamos realidad, y otra cosa la imagen que se forma de esa realidad. 

Si la realidad y la imagen se identifican, hemos llegado a la sabiduría u objetividad. Pero generalmente la conciencia comienza a distanciarse de la apreciación objetiva de sí mismo en un doble juego. 

Primero, no acepta, sino que rechaza su realidad; en segundo lugar, le nace el complejo de omnipotencia: desea y sueña con una imagen “omnipotente”, de desear ser así pasa insensiblemente a imaginar ser así: una imagen ilusoria e inflada que se llama el yo. 



Después pasa a confundir e identificar lo que soy con lo que quisiera ser , y en este proceso de falsificación, el humano se adhiere emocionalmente y a veces morbosamente, a esa imagen aureolada e ilusoria de sí mismo, en una completa simbiosis mental entre la persona y la imagen. 

Aquí no estamos hablando del verdadero yo que es la conciencia objetiva de la propia identidad, sino de su falsificación o apariencia, que es la que, normalmente prevalece en el ser humano y que se llama YO.

En definitiva, el yo es pues, una ilusión. Es una red concéntrica tejida de deseos, temores, ansiedades y obsesiones. Es un centro imaginario al que acoplamos y atribuimos, agregamos y nos referimos en todas las vivencias sean sensaciones o impresiones, recuerdos o proyectos. 

Este centro imaginario nace, crece y se alimenta con los deseos y, a su vez, los engendra, tal como el aceite alimenta una llama de una lámpara. Consumido el aceite se extingue la llama. Anulado el yo cesan los deseos y viceversa, apagados los deseos se extingue el yo. Esto llamaremos la liberación absoluta.
El yo no existe como entidad estable, como sustancia permanente. Es mudable. El yo consta de una serie de yoes que se renuevan incesantemente y se suceden unos a otros. Es tan sólo un proceso mental que está constantemente en curso de destrucción y construcción. 

El yo no existe. Es una ilusión imaginaria. Es una ficción que nos seduce y nos obliga a doblar las rodillas y extender los brazos para adherirnos a ella con todos los deseos. Es como abrazarse a la sombra. No es esencia sino pasión encendida por los deseos, temores y ansiedades. 

En definitiva vivimos una mentira. Y esa mentira ejerce sobre las personas una tiranía obsesiva. Están tristes porque sienten que su imagen perdió color. Día y noche sueñan y se afanan por agregar un poco más de brillo a su figura. Caminan de sobresalto en sobresalto, danzando alucinados en torno a un fuego fatuo, y en ese ritmo, esa danza general, los recuerdos le amargan, las sombras le entristecen, las ansiedades los turban y las inquietudes los punzan. Y así el yo les roba la paz del corazón y la alegría de ser felices en el vivir. 

El yo levanta murallas. Su lema es: todo para mí, nada para ti. Ataca, hiere y mata a quien brille más que él. Detrás de todas las batallas que el yo prepara, dirige y lucha, siempre pretende flamear la bandera y la imagen del yo. Es un parto nocturno que da incesantemente a luz los amargos frutos de las envidias, las venganzas, rencillas y divisiones que asesinan el amor y siembran por doquiera dolor y muerte. 

El amor propio no quiere perdonar; prefiere la satisfacción de la venganza: una locura, porque sólo él se quema. A las personas no les importa tanto tener como el aparecer; les interesa todo lo que pueda resaltar la vana mentira de su figura social. Por eso se mueren por automóviles, mansiones, vestidos, relumbrantes fiestas de sociedad, aparecer en las páginas de los periódicos, en las pantallas de televisión, entrevistas; por todo aquello, en fin, que sea apariencia. Es un mundo artificial que gira y gira en torno de esa seductora y vana vida. 

En suma, el yo es una loca quimera, es una vibración inútil que persigue y obsesiona. Es un flujo continuo e impermanente de sensaciones e imprecisiones, acopladas a un centro imaginario. 

LIBERACION

La tranquilidad mental es un estado en el que el humano deja de referirse y agarrarse a esa imagen ilusoria. La liberación consiste en extinguir la llama de la vanidad del yo y tomar conciencia de que están abrazados a una sombra. 

La tarea de liberación consiste, pues, en vaciarse mentalmente, para convencerse de que el supuesto yo no existe. Así como el origen de todo dolor está en el error de considerar la imagen del yo como entidad real, la liberación del sufrimiento consiste en salir de ese error. 

 
Y desde ese momento, como caído el árbol, caen las ramas, así como consumido el aceite se extingue la llama de la lámpara, de la misma manera yugulado el yo, quedan cercenados los sentimientos que estaban adheridos al centro imaginario.

Extinguido el yo, se apagan también aquellas emociones que eran, al mismo tiempo, madres e hijas del yo; temores, deseos, ansiedades, obsesiones, prevenciones, angustias. Y, apagadas las llamas nace en el interior un profundo descanso, una gran serenidad. 



Muere el yo con sus adherencias, y nace la libertad, y para ello uno tiene que pasar a través de la oscuridad para poder llegar a la luz.

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