VICTOR
MANUEL GUZMAN VILLENA
Desde
la más remota antiguedad las hermandades, fraternidades, gremios y
religiones se concentraban en una actividad que manifieste el poder
del conocimiento, la influencia en las creencias a través de las
manifestaciones arquitectónicas, que se buscaban y buscan de esta
manera influir a través de sus edificaciones ciertas manifestaciones
o fuerzas de la evolución cósmica y geológica de la tierra con
las condiciones del origen, la composición química y física y la
evolución de la materia viva así como de las organismos que estas
constituye.
El
mundo es una gran vitrina de estos estilos de arquitectura, donde la
audacia de las lineas, las monumentales estructuras cargadas de
simbolos e inundadas de luz permiten que afloren el sentimiento de
recogimiento, donde la contemplación es plegarias de piedra.
Muchos
se especializaron en la maestria de la construcción, agrupados en
cofradias y dirigidos por un Maestro. Sentían orgullo de su
contribución, al levantar monumentos que conmuevan la elocuencia de
la palabra, que guarden los más valiosos tesoros artísticos y sea
un sitio de recogimiento espiritual, para que la alquimia efectue las
transformaciones del plomo en oro, donde pocos logran ese cambio y
muchos pese a su esfuerzo siguen siendo una piedra bruta en constante
espera de pulir sus aristas y deficiencias.
Todas
estas construcciones apuntan al sol naciente y poniente, donde el
arte simbólico se manifiesta para interpretar la simbología de los
saberes, muchos hoy perdidos, pero todos han copiado el modelo
faraónico en la medida de sus posibilidades y así podemos expresar
que todas las fraternidades y religiones utilizan en sus monumentos
una especie de sello o marca que distinge y reconoce a sus adeptos
según su grado de aprendizaje. Estos mensajes hay que descifrarlos,
interpretarlos y adaptarlos como una filosofía de vida.
Generalmente
se ingreso a un gremio como aprendiz, y tras un periódo de
formación, es ascendido previo examen al siguiente grado de
compañero y asi sucesivamente con el transcurrir del tiempo y una
formación sólida llegará a ser Maestro de Obra y luego a las más
altas instancias del gremio. Y en este peregrinaje que dura toda la
vida, va en pos de nuevos conocimientos adquiridos mendiante el
estudio de la obra, teniendo en cuenta el saber de la simbología, la
alquimia, los conocimientos cabalísticos aplicados al mundo. Por
tanto ser miembrode estos gremios es más que un modus vivendi, es
toda una filosofía, donde la obra debe quedar inmortalizada para que
las nuevas generaciones aporten luz a la oscuridad.

Jung
establece que aparece lo espiritual en la psiquis como instinto, es
un principio sui géneris. Platón por su parte, en el Timeo,
especifica la idea de que el alma es extranjera a la tierra,
desciende del universo inespacial e intemporal y desarrolla un
proceso de crecimiento y vitalización que corresponde al período de
la involución a la salvación. En un momento dado se produce la
inversión de ese movimiento descedente y penetrante, el alma
recuerda que su origen está fuera del espacio y del tiempo, fuera de
las criaturas y del mundo del objeto, incluso más allá de las
imágenes; entonces tiende a la destrucción de lo corporal y la
ascensión de retorno. Esto es un principio del alma superior a toda
la naturaleza, por lo cual podemos elevarnos por encima del orden y
de todos los sistemas del mundo. Cuando el alma se separa, entonces,
de todas las naturalezas subordinadas, cambia esta vida por otra, y
abandona el orden de las cosas para ligarse y mezclarse a otros. Esta
idea de rotación es la clave y meta de la mayor parte de los
simbolos trascedentales como la rueda de las transmutaciones
budistas, el ciclo zodiacal, el mito del génesis, el opus de los
alquimistas, la idea del mundo como laberinto, de la vida como
peregrinación, todo esto conduce a la idea del centro como simbolo
de la finalidad absoluta del humano. Con esta proyección se
construyen grande y bellas edificaciones como motor de representación
e identidad de los valores del conocimiento, con componentes místicos
y químicos que simbolizan el anhelo positivo de la busqueda de las
verdades espirituales mediante el trabajo y la virtud. El material
utilizado en las construcciones de estos templos invisibles deben ser
de la mejor calidad, es decir la fuente de las vivencias
intelectuales y espirituales que son simbolos vividos basados en la
teoría del universo y del destino del alma.
Cuando
sintamos los cambios dentro de nuestro templo interno,
contemplemos sus elementos, decoraciones, colores, sonidos y nos
harán recordar de los Maestros Constructores donde sus palabras lo
expresaron en imagenes, donde la supraconciencia entra en contacto
con la esfera del espíritu para enseñarnos la esencia, en la cual
se fusiona el mundo material y el sobrenatural mediante el
conocimiento normativo de la matería simbólica.
Este
lenguaje de imágenes y emociones, basado en una condensación
expresiva y precisa que habla de las verdades trascedentales
exteriores al hombre (orden cósmico) e interiores (pensamiento,
orden moral, evolución anímica, destino del alma) presenta una
condición que le confiere un carácter dramático a la esencia del
simbolo que consiste en poder exponer simultáneamente varios
aspectos de la idea que se expresa. Esta virtud de interpretar recibe
su verdadera significación cuando sirve de soporte para elevarnos al
conocimiento de las verdades sobrenaturales o metafísicas, en el
propio y verdadero sentido de la palabra, lo cual es precisamente la
función del simbolismo. El simbolo debe ser inferior siempre a la
cosa simbolizada y esta idea ratifica que lo superior no puede nunca
simbolizar lo inferior sino inversamente, lo superior nos recuerda lo
inferior, atribuyendo al simbolo la misión de abolir los límites de
ese fragmento que es el humano para integrarlo en unidades más
amplias como es la sociedad, la cultura y el universo. Esta
unificación no equivale a una confusión, más bien permite la
circulación de un nivel a otro, integrando todos esos niveles y
planos sin destruir sino ordenando en un sistema perfecto. Así un
arbol puede ser sagrado sin dejar de ser árbol, en virtud del poder
que manifiesta el hombre ante el elemento, y allí explico la
relación intrinseca que consiste en el parentezco esencial de un
proceso que por la aceptación de la gente se convierte en realidad y
que conecta el mundo exterior al mundo interior.