miércoles, 15 de abril de 2009

LA FRATERNIDAD DE LOS MAGOS


VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA
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“Darío, rey de los reyes, soberano de los países donde se hablan todos los idiomas, hijo de Histaspe, Aqueménida, construyó esta casa”. Esta es la inscripción que aun se lee en la puerta que da acceso a las ruinas de Persépolis, el palacio de los sasánidas, la ruina más venerable que nos ha legado la antigüedad. En efecto, Persia, es pueblo de los iranios, donde florecieron los Cambises y los Ciros, había de dejar huellas de su grandeza, superior a la de Egipto y a la de toda aquella serie de civilizaciones que tuvieron su cuna y su esfera en el Oriente. Persia, pues, es la verdadera maestra y guía de la humanidad en el terreno de las tradiciones y de las concepciones religiosas. 

La fraternidad más antigua de este pueblo, es la de los Magos. Se daba este nombre a los sacerdotes, los cuales formaban no solamente una secta o religión, sino también una especie de entidad gubernativa, aludiendo a la soberanía de la ciencia, la cual, daba cabida al hombre culto entre la verdadera aristocracia. Su reinado, según algunos autores es anterior a las dinastías de Asiria Media. Aristóteles afirma que fue anterior a la fundación del imperio de Egipto.


Su fundador, Zoroastro, fue gran filósofo, cuyas doctrinas demuestran que fue un reformador religioso de Irán, que vivió hacia el año 2000 o 2200 antes de Jesucristo, hijo de una familia sacerdotal que ejercía al mismo tiempo las funciones de la judicatura. Su patria fue Bactriana, y allí fue donde se declaró enemigo de los falsos dioses y resolvió reformar la religión irania. De ésta conservó los genios o espíritus buenos y procuró espiritualizar y transformar todos los antiguos dioses en malos espíritus. Sus enseñanzas son el resultado de un profundo estudio y meditación. 
Según Zoroastro, todo cuanto se ofrece a la observación del hombre debe referirse a dos fuerzas originarias que en calidad de no producidas se oponen a todo lo demás producido, pero que, desde el punto de vista de la actividad, son diametralmente opuestas la una a la otra: son el ser y el no ser, el principio y el fin. El ser es la vida (ahu), la realidad, la verdad (asha) y el bien; el no ser es la muerte, la falsedad (drukhs) y el mal. El principio del bien es Ormuz, mientras que el principio del mal es Ahrimán. Siendo estos los personales más importantes del zoroastrismo, religión que tiene también los nombres de parsismo y magismo. 
Para los seguidores de Zoroastro, la creación del mundo debió empezar por medio de la emanación: la primera emanación de lo Eterno fue la luz, de donde salió el rey de la luz, Ormuz; por medio de la palabra Ormuz crió el puro mundo, del cual es conservador y juez. Ormuz es un ser sagrado y celestial, el conocimiento y la inteligencia personificados. Ormuz, el primogénito del tiempo sin límites, empezó criando a su imagen y semejanza seis genios o espíritus llamados amshaspands, que rodean su trono y son sus mensajeros para los espíritus interiores y los hombres, siendo para los mismos los modelos y ejemplares de pureza y perfección. La segunda serie de las creaciones de Ormuz fue la de los veintidós izads, espíritus que velan por la inocencia, la felicidad y conservación del mundo son modelos de virtud y los intérpretes de las plegarias de los hombres. La tercera hueste de puros espíritus es más numerosa y formada por los farohars, los pensamientos de Ormuz, o las ideas concebidas por él antes de proceder a la creación de las cosas. No, solamente los farohars de los hombres santos y de los infantes inocentes están delante de Ormuz, sino que éste tienen también su farohar, o sea la personificación de su sabiduría y de su idea bienhechora, su razón y su verbo. La triple creación de los espíritus buenos fue consecuencia necesaria del simultáneo desarrollo del principio del mal. El hijo segundo del Eterno, Ahrimán, emanó como Ormuz a la luz primitiva y fue puro como él, pero por su ambición y soberbia concibió la pasión de la envidia y, para castigarle, el Ser Supremo le condenó a vivir durante doce mil años en la región de las tinieblas, el tiempo suficiente para que se libre la batalla y se adjudique el triunfo entre el bien y el mal; pero Ahrimán creó a su vez un sinnúmero de espíritus malos, los cuales llenan la tierra de miseria, malestar y el pecado. Los malos espíritus son la impureza, la violencia, la codicia y la crueldad; los demonios del frio, del hambre, de la pobreza, de la esterilidad e ignorancia y el más perezoso de todos Petash, el demonio de la calumnia. 
Ormuz después de un reinado de tres mil años, creo el mundo material o físico en seis períodos de tiempo, dando seis existencia primero a la luz terrenal, al agua, a la tierra, a las plantas, a los animales y al hombre. Ahrimán asistió a la creación de la tierra y el agua, porque las tinieblas tenían estos elementos invadidos; tomó también parte activa en la creación y subsiguiente corrupción y destrucción del hombre, al que Ormuz creara por un simple acto de voluntad y por su palabra. Además, de la semilla de este ser, Ormuz sacó también a la luz de la existencia la primera pareja humana, Meshia y Meshiana, pero Ahrimán sedujo a la mujer y después al varón, llevándolos al mal, sobre todo haciéndoles comer de ciertos frutos, con lo cual no sólo pervirtió la naturaleza del hombre, sino también la de los animales como los insectos, la serpiente, los lobos, etc., los cuales de innocuos que eran, se volvieron nocivos, propagando así la corrupción por toda la superficie de la tierra. En castigo de su iniquidad, Ahrimán y sus perversos espíritus fueron vencidos y arrojados de todas partes, en la cual no tienen nada que temer los hombres justos y prudentes porque, según dice Zoroastro, el trabajo es el exterminador del mal, y el hombre bueno obedece siempre al justo juez, el cual cultiva asiduamente la tierra y le hace producir buenas cosechas y árboles frutales en abundancia. Transcurridos los doce mil años , cuando ya la tierra se vea libre de los males espíritus saldrán tres profetas que estarán al lado de los hombres ayudándoles con su poder y su ciencia, devolviendo a la tierra su primitiva belleza, juzgando el bien y el mal y dando a cada uno su merecido: los espíritus buenos volarán a la región de los bienes ternos e inmutables, mientras que Ahrimán con todos sus demonios y los hombres que le hayan seguido serán echados a un mar de metal derretido y en estado de putrefacción y la ley de Ormuz reinará por doquiera.
Zoroastro enseña que la luz fue la primera emanación de la vida o Ser Eterno, por lo cual en los escritos de Parsi, la luz, la perenne llama, es el símbolo de la divinidad o vida increada; de aquí que los magos parsis se les llamará adoradores del fuego. A esta ciencia del fuego, que era el gran arcano de los magos, se refieren casi todos los símbolos asirios; en todas partes se encuentra al encantador que hiere al león y juega con las serpientes: el león es el fuego celeste, las serpientes son las corrientes eléctricas y magnéticas de la tierra. Patricius, en su magie philosophique publicó recogiéndolos de los libros de los platónicos y de otros, los oráculos de Zoroastro que son la fórmula característica del dogma del fuego. En todos ellos se ve la gran fuerza espiritual que se atribuye al fuego o a la luz e identificada con la fuerza de la voluntad humana. 
En el fuego tenía su fundamento la iniciación mágica. El adepto habiendo puesto su voluntad en comunicación con este elemento, sabía dirigirlo y manejarlo, con la misma destreza que el guerrero con su arma. 
Aquella fuerza está representada por el león celeste. Esto es lo que representaba las grandes figuras asirias que llevan debajo del brazo leones domados; tal es la luz astral representada por gigantescas esfinges con cuerpo de león y cabeza de mago: es la fuerza del espíritu, la sugestión, el imperio de la voluntad ajena. Por lo dicho podemos observar una íntima relación que existe entre la religión de Zoroastro y el magismo. 
Ceremonias 
Los magistas formaban una casta aparte. Eran los encargados del culto, de los sacrificios y de la conservación de los libros sagrados. Los actos principales del culto mazdeano eran tres: la conservación del fuego sagrado, las preces e invocaciones, las purificaciones y penitencias. El fuego sagrado se conservaba en altares, en los cuales el elemento
sagrado ardía sobre una inmensa urna de piedra o cobre, sirviendo para alimentar sus llamas, maderas de las más preciosas. Era un crimen levantar la voz, y en las ceremonias religiosas se esparcían suaves perfumes. Muchas eran las invocaciones prescritas por el ritual mazdeano: los sacerdotes las cantaban junto con los himnos sagrados en determinadas horas del día, dedicándolas a los varios espíritus celestes. Durante la recitación el sacerdote debía levantar en alto su mano izquierda un haz, estrechamente apretado, de ramas de palma, de granado o de tamarindo: estas ramas habían de ser cortadas y atadas por un mazdeano inmaculado: fuera del instante del rito, el haz reposaba sobre un morillo cuyas ramas terminaban en forma de luna creciente. 
Los sacrificios consistían en inmolaciones sangrientas, hecatombes en las cuales sucumbían de una sola vez cien caballos, mil bueyes o diez mil cabezas de ganado, pero la ley mazdeana prohibía que se consumiese toda víctima, partiendo del principio de que a los dioses pertenecía sólo la cabeza de las reses inmoladas, y aun únicamente su ojo derecho y su lengua. 
Las ofrendas consistían en panes, carne, granos, flores, frutos, perfumes y vestidos para los sacerdotes: una de las ofrendas más características eran las ramas del árbol llamado hôma, planta de tallo nudoso y flor amarilla, que crece en los montes de irán; su jugo, extraído de la manera que prescribían las ceremonias de la ley, constituía la ofrenda más agradable que se podía dedicar a los espíritus celestes, para renovar sus fuerzas y proporcionarles una mayor felicidad. 
Los libros litúrgicos para la aplicación de sus ceremonias eran el Vispered, el Yacna y los Jeshts. De éstos, el más interesante era el segundo que forma la parte principal del Avesta, y era el que servía para las ceremonias más importantes, dividiéndose en tres secciones: la primera, comprendía el ritual del sacrificio mazdeano; la segunda, contenía los Gäthas, cantos antiguos que son la mejor exposición de las ideas zoroástricas y constituyen monumentos de un filosofismo bastante elevado para aquella época. La tercera contenía fragmentos dispersos, cuyo objetivo no aparece muy claro. 
Iniciación 
El candidato, antes de iniciarse en la fraternidad, era sometido a numerosas purificaciones con fuego, agua y miel; la serie de probaciones por las que pasaba era verdaderamente larga y terminaba con un ayuno de 50 días seguidos. 
Estas pruebas las sufría el candidato en cuevas subterráneas en las que estaba condenado a un perpetuo silencio y a una completa soledad. El que correspondía a las exigencias fijadas por la fraternidad tenía opción a los más elevados honores.
Transcurrida la época probatoria, se introducía al candidato en la cueva de los iniciados, en donde era armado con un arnés o coraza por su guía, el cual era una representación de Simorgh, monstruoso grifo e importante actor de las manipulaciones de la mitología persa, y provisto de talismanes para hacer frente a todos los encuentros con los horrorosos monstruos y malos espíritus que quisieran poner a su paso. Introducido en un departamento interior, era purificado con fuego y agua y pasado por los siete grados de la iniciación. Lo primero que a sus ojos se ofrecía era una profunda y espantable caverna abovedada, al pie de la cual se veía un enorme precipicio a donde había de caer al menor paso que diera en falso, hundiéndose en el “abismo de la espantosa indigencia”. Luego, avanzando por entre laberintos de la sombría caverna, percibía el fuego sagrado, cuyas llamas se avivaban a intervalos alumbrando mortecinamente su camino; al propio tiempo oía el distante alarido de bestias feroces hambrientos, el rugido del león, el aullido del lobo, el feroz y terrible ladrido del mastín. Su acompañante, guardando un profundo silencio, empujaba hacia el sitio de donde venían los sonidos y cuando menos se percataba abríase la puerta de la guarida y hallábase el iniciado en medio de los animales, casi a oscuras, con sólo la débil luz de la lámpara. Inmediatamente era agredido por los iniciados que vestidos como leones, tigres, lobos y otros monstruosos animales, se echaban sobre él, escapando difícilmente de sus garras sano y salvo. Pasaba de allí a otra caverna tenebrosa, en donde atronaba sus oídos el terrible fragor del trueno y hería sus ojos el continuo vibrar del rayo, del relámpago, a cuyos siniestros resplandores distinguía los visajes de los espíritus vengadores que celebraban con macabra muestra de satisfacción la llegada del iniciado a sus antros inhospitalarios. Para aliviar en alguna manera el cansancio del profano, se le conducía a otro lugar, en donde su oído era recreado por melodiosos acordes de música y su olfato con el aroma de los más exquisitos perfumes. Para dar a entender, poco después, su disposición a practicar las restantes ceremonias, hacía su guía una señal y comparecían tres sacerdotes, uno de los cuales arrojaba a su pecho una serpiente viva, símbolo de la regeneración, y abriéndose una puerta entraba por ella una verdadera ola de sonidos y gritos guturales así como lamentos y aullidos que aturdían el espíritu del neófito y le sumían en un nuevo estado de indescriptible terror. Al volver su vista hacia el sitio de donde se originaba los gritos procedían a presentarle una desgarradora escena de los tormentos que sufren los condenados en el Averno. Luego se le sacaba por entre laberintos y ramificaciones de siete espaciosas bóvedas enlazadas con tortuosas galerías, cada una de las cuales daba vista, por medio de un menguado portillo de piedra, a una escena de peligrosas aventuras, hasta que llegaba el iniciado al sacellum (capilla) o Santa Santorum, que estaba brillantemente iluminado y cuyas paredes y techos despedían los reflejos del oro más acendrado y las más ricas piedras preciosas.
Allí estaba el archimago o Supremo Maestro de la Fraternidad, sentado en la parte del oriente, en un trono de oro, coronado su cabeza con rica diadema entrelazada de ramas de mirto, vestido con una túnica de un azul resplandeciente, rodeado de una asamblea de ministros y dispensadores de los sagrados misterios. Estos recibían al neófito con grandes agasajos, y después de tomarle los consiguientes juramentos para guardar el secreto sobre los ritos de Zoroastro, se le confiaba las sagradas palabras. La primera y más importante era el Tetractys o el nombre de Dios. El Tetractys de Pitágoras era análogo al Teatragramaton judaico o el nombre de Dios en cinco letras. El número cuatro era tenido por el más perfecto, porque en las cuatro propiedades de la naturaleza se comprende todo lo demás; además, los cuatro primeros números sumados entre si forma la década (1+2+3+4= 10), después de la cual todo es simple repetición. 
Hoy día queda en Irán solo reminiscencias de esta antigua orden mazdeana.

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