domingo, 6 de junio de 2010

SOMOS LA ESENCIA SUPREMA DEL UNIVERSO


VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA
Al igual que el cuerpo representa el nivel inferior de las actividades del pensamiento, el espíritu es aquello en lo que la forma toma su impulso inicial a partir del canal de energía que nos proporciona las fuerzas que mueven el universo. Es el ser inmortal y real, en el que radican todos los potenciales. La atmósfera de los pensamientos es algo real, que cuenta con sustancia y contiene en sí misma todo lo que da forma al cuerpo. Por ello son muchos los que consideran insustancial todo aquello que no pueden ver; y aunque se les dice que no pueden ocultarse a sí mismos, no dejan de creer que son capaces de hacerlo. Es bueno saber que llevamos con nosotros el libro abierto de nuestras vidas, en el que todos podemos leer, nos demos cuenta o no de ellos. Algunos son buenos lectores, mientras que otros están menos dotados; pero todos pueden leer en nosotros y, por ello, nos resulta imposible ocultarnos. 

Además nuestra atmósfera de pensamiento precipita de manera constante las palabras lentamente enfriadas sobre nuestros cuerpos, algo que ven todas las personas. Con un poco de práctica podemos sentir la fuerza de los pensamientos, de la atmósfera que nos rodea y, de manera gradual, su existencia, tan real como el mundo exterior.
Al igual que el humano puede tocar la tierra con los pies, también , ayudado por la inspiración, puede ascender hasta las alturas celestiales, y así puede recorrer tierras, hablar con las divinidades, y cuanto más lo hace, más difícil le resulta discernir dónde finaliza la vida universal y donde empieza la existencia individual. Cuando el ser humano sella una alianza con el poder universal a través del entendimiento universal, la línea divisoria entre el universo y el humano desaparece. Cuando se llega a este punto, el humano entiende que él es el centro del universo, ya que no habrá conocimiento más elevado o que reporte más satisfacción que el conocimiento de su propio ser. Si no llegamos a conocer nuestro auténtico ser, no podremos descubrir las posibilidades latentes, los poderes ocultos, las facultades dormidas. ¿Qué sentido tiene que el humano gane el mundo entero y pierda su alma? Nuestra alma es nuestro ser espiritual, y si de verdad descubrimos el ser espiritual, podremos alcanzar todo un mundo para servir a nuestros semejantes.
Debemos aprender que alcanzando el objetivo supremo sondearemos las profundidades de nuestro auténtico ser, donde hallaremos la plenitud del bien. Por eso siempre debemos tener conciencia que somos una triada en unidad, compuesta de espíritu, alma y cuerpo. Pero cuando nos hallamos en un estado de ignorancia espiritual, tenemos la tendencia a pensar desde el nivel más bajo de nuestra naturaleza, que es el físico. En general la gran masa humana echa mano del cuerpo para lograr todo tipo de placer momentáneo y llega un momento en el que, a través de los sentidos, le llegan todos los dolores que puede soportar. Lo que no hemos aprendido a través de la sabiduría, debemos aprender a través de las dificultades y, tras repetidas experiencias y acabará dándose cuenta de que el mejor camino es el de la sabiduría.
El pensamiento que opera en el plano intelectual, eleva las vibraciones del cuerpo hasta el punto que se corresponde con el estado líquido. En ese plano, el pensamiento no es enteramente material ni espiritual. Oscila, como un péndulo entre la materialidad y la espiritualidad, pero llega un momento en que hay que elegir a quien sirve. Si opta por la materialidad, le espera un mundo de caos y confusión. Puede elegir potencializar el espíritu y, si es así, puede ascender hasta la cúpula del templo de la mente cósmica en el ser humano. Este nivel de pensamiento puede compararse con el estado gaseoso en la materia, que es elástico y tiende a expandirse de manera imprecisa. Así este orden universal permite que sea el ser humano quien decida si debe controlar su flujo de pensamiento para ponerlo en la dirección de la iluminación cuya luz refleja la sabiduría infinita y la felicidad inefable, cuya elevación permite eliminar los miedos, enfermedades, temores, dudas.
Al pensar el humano como una triada de espíritu, mente y cuerpo, lo consideramos desde el punto de vista de mente o alma y veremos que ocupa una posición entre los dos grandes extremos de la actividad mental. El más bajo, el cuerpo y el más elevado, el espíritu. La mente es el eslabón entre los visible y lo invisible. Operando en el plano de los sentidos, la mente se convierte en el recipiente de todos los apetitos, pasiones y apegos, allí es donde el que busca la elevación de conciencia y mente tiene que superar las falsas percepciones sensoriales. Al hallarse entre el espíritu y el cuerpo, aunque separado de ambos, el alma o mente puede pensar de un modo más bajo que la materia bruta; o puede entrar en unión consciente con el espíritu puro, allí donde existe abundancia de paz, pureza y conocimiento absoluto.
Cuando el humano que se supera espiritualmente se eleva hasta la esfera por encima de las falacias del terreno físico, piensa y actúa en el plano de la inteligencia pura. En este estado puede discriminar entre los instintos que comparte con el resto de los animales y las intuiciones de esa mente del conocimiento superior. Entra en un mundo de la sana satisfacción y de una urgencia cada vez mayor proveniente del alma que el empuja a alcanzar esferas más elevadas. Deja de ver las imágenes de tranquilidad y pasa a morar en la tierra de la tranquilidad, rodeada de belleza perpetua. Ha vislumbrado lo interior y, para él, eso se ha convertido en el todo; lo externo se ha transformado en lo interno. Vive en un mundo de causas, cuando antes lo hacía en un mundo de efectos.
El espíritu del ser humano es pura inteligencia; es una región del ser donde ni las opiniones humanas ni el testimonio de los sentidos puede contradecir la verdad atestiguada por la inmensa fuente que tiene la vida misma, la historia humana, cuyo descubrimiento le conduce a eliminar las dudas y los desalientos. Desde ese pináculo de su ser, el hombre observa todas las cosas con la clara visión del alma educada. Contempla más cosas del universo en su conjunto que cualquier filosofía pudiera soñar. Cuando aprende que no es un cuerpo con una mente dirigida tanto desde dentro como desde fuera pueden convertirse en obedientes sirvientes de su auténtico ser espiritual, entonces manifiesta el dominio otorgado por el universo que originalmente le pertenece.
Como conclusión, puedo decir que el espíritu es la esencia suprema del ser. Es el hálito del conocimiento superior, que le otorga una nueva visión y dirige sus actividades con justa autoridad de todas las cosas subordinadas a él. Y al amanecer a esta nueva era, engalanada con ropajes de un día cercano, muy pronto volverá a resplandecer desde el corazón virginal el espíritu cuya fuente es el universo en constante expansión y orden. Así que la puerta está lista para abrirse para aquellos que lo deseen entrar a una vida más grande y plena, joven y vibrante, dotada de una juventud, esperanza y un empeño perenne.
El alma del ser humano se halla en este umbral de cambio, más gloriosa que cualquiera que haya podido iluminar desde el amanecer de la creación que está situada a miles de millones de años y que su luz sigue alumbrando el corazón de todos los humanos.

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